La nueva derecha colombiana: más allá de la ideología

La nueva derecha colombiana: más allá de la ideología

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En los últimos meses se ha vuelto común afirmar que Colombia está girando hacia la derecha. La expresión aparece en columnas de opinión, análisis electorales y debates públicos. Sin embargo, rara vez se aclara con precisión qué significa ese supuesto giro. ¿Se trata de una derecha conservadora? ¿De una reacción religiosa? ¿De una versión colombiana del trumpismo o del fenómeno Milei o Bukele? ¿O simplemente una reacción contra el gobierno actual? 

Todas esas preguntas contienen algo de verdad, pero las posibles respuestas no alcanzan a explicar lo esencial.  La llamada «derecha colombiana» no encaja fácilmente en ninguna de las categorías tradicionales empleadas para describir los movimientos conservadores contemporáneos. Aunque comparte algunos rasgos con experiencias observadas en Europa, Estados Unidos o América Latina, posee características propias que reflejan la historia particular del país. Partir de esta singularidad resulta indispensable para comprender la política colombiana actual y, probablemente, la que dominará durante la próxima década.

Durante años se dijo que Colombia era un país excepcional. Mientras gran parte de América Latina giraba entre populismos, crisis económicas y experimentos ideológicos, Colombia parecía mantenerse en relativa estabilidad institucional. Hoy, sin embargo, mientras buena parte de Occidente discute la identidad, la inmigración o las guerras culturales, Colombia parece estar dando lugar a una derecha completamente distinta. 

No se trata de una derecha que nazca del temor abstracto al comunismo o de la preocupación moral ante los cambios culturales.

Explicar el fenómeno a través del viejo anticomunismo no basta. Es cierto que Venezuela ha dejado una huella profunda en la opinión pública colombiana. Millones de ciudadanos observan al vecino país como una advertencia de lo que puede ocurrir cuando colapsan las instituciones, la economía y los mecanismos de control democrático. Pero la mayoría de quienes hoy respaldan discursos de derecha no leen a Hayek ni discuten los errores teóricos del marxismo. Lo que rechazan no es una doctrina, sino una trayectoria. Venezuela opera menos como un enemigo ideológico y más bien como una imagen del deterioro.

Algo similar ocurre con la religión. Aunque las iglesias continúan siendo actores relevantes y, en muchos casos, son objeto de instrumentalización, ya no parecen constituir el núcleo principal de la movilización política. Los estudios de opinión muestran que los ciudadanos están más preocupados por la seguridad, el empleo, la inflación, la corrupción o la salud que por los debates sobre la moral sexual o la educación religiosa. La religión sigue presente, pero la ansiedad colectiva está en otra parte.

La derecha en Colombia nace de la sensación persistente de que el Estado no controla plenamente el territorio, no garantiza la seguridad ni impone reglas estables en la vida cotidiana. Surge en una sociedad que nunca ha podido superar el conflicto. Mientras otras democracias debatían sobre la diversidad, el neoliberalismo o la globalización, Colombia continuó conviviendo con guerrillas, disidencias, bandas criminales, minería ilegal, narcotráfico y economías armadas.

En Colombia, la pregunta fundamental no es quiénes somos, sino quién manda.  ¿Quién gobierna las carreteras del Cauca? ¿Quién controla los corredores del narcotráfico en Nariño? ¿Quién impone las reglas en el Catatumbo? ¿Quién cobra impuestos de facto en algunas regiones? ¿Quién ejerce realmente el monopolio de la fuerza? Por eso aquí la inseguridad no es una percepción mediática. Es una experiencia histórica.

Quizás por eso la comparación con Bukele resulta tan atractiva. Lo que muchos colombianos admiran del presidente salvadoreño no es necesariamente su estilo personal ni su concentración de poder. Lo que admiran es algo mucho más simple, la percepción de haber logrado hacer algo. Después de años de diagnósticos, mesas de trabajo, planes integrales y promesas incumplidas, la eficacia se ha convertido en un valor político en sí mismo.

Sin embargo, se olvidan de que Colombia no es El Salvador. El Salvador enfrentaba principalmente pandillas urbanas. Colombia enfrenta simultáneamente narcotráfico transnacional, guerrillas, disidencias, minería ilegal, contrabando, corrupción territorial y fragmentación institucional. El problema colombiano no es solo de seguridad. Es de construcción estatal.

Y allí se encuentra la verdadera prueba para la nueva derecha. Hasta ahora ha sido eficaz para identificar los síntomas. Ha interpretado correctamente el cansancio del ciudadano ante la inseguridad y la incertidumbre. Ha comprendido que amplios sectores sociales desean orden, previsibilidad y autoridad. Pero gobernar exige algo más que diagnosticar.

Exige responder preguntas para las que aún no existe una propuesta clara: ¿Cómo recuperar el control territorial sin erosionar las instituciones democráticas? ¿Cómo aumentar la productividad? ¿Cómo enfrentar el envejecimiento poblacional? ¿Cómo adaptarse a la transición tecnológica? ¿Cómo competir en una economía global basada en la innovación y el conocimiento? 

La respuesta a estas preguntas determinará si estamos ante una alternativa de gobierno o simplemente ante una reacción política. Porque el verdadero adversario de esta nueva derecha no es la izquierda. Tampoco el progresismo. Ni siquiera el llamado castrochavismo.  Su verdadero adversario es la incertidumbre producida por un Estado que sigue siendo incompleto.

La derecha colombiana del siglo XXI no es la derecha de la tradición ni la de la identidad. Es la derecha de una sociedad que todavía espera que el Estado llegue plenamente adonde nunca ha llegado. Y el desafío histórico consiste en demostrar que la demanda de orden puede transformarse en capacidad estatal sin convertirse, al mismo tiempo, en una tentación autoritaria. Ese será el examen decisivo, no solo para la derecha, sino también para la democracia colombiana.

Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co | + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

Escrito por:

Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

2 comentarios de “La nueva derecha colombiana: más allá de la ideología”

  1. La derecha nunca es nueva. Es otra, sí, pero no hay nada nuevo en el exterminio, en impedir que la gente menos favorecida logre algo más para su vida, en ponerse de acuerdo para concentrar poder y censurar, perseguir y controlar a quienes no lo tienen; en seducir a la gente maltratada para que prefiera el maltrato, en hacer costumbre ser siempre lo mismo y no algo mejor para sí misma, en autodespreciarse y buscar la aceptación del dueño del pueblo, de la finca, del jefe; en callar a todo el mundo, en celebrar la muerte de los otros, de los contradictores. Eso sí, es otra derecha, una peor, porque no es ni siquiera criolla: es la derecha gringa, la de los dueños de las tecnologías nuevas IAS, la de los drones, la de los ultras y los racistas. Pero si usted se fija, son formas de enfatizar, son tecnologías nuevas para seguir haciendo lo mismo; entonces, no es nueva, es otra cara, una peor mas consciente de su capacidad de confundir, distorsionar, sobornar y mentir.

  2. DARÍO ÁLVAREZ MORANTES.

    No soy ni de derecha ni de izquierda, soy un ciudadano colombiano que respeta los derechos y libertades de la gente y la leyes de Colombia, por eso veo con preocupación la gestión del nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella, minado de odio y radicalismo hacia el pueblo colombiano estigmatizando irresponsablemente a la oposición que es mas dela mitad de la población del país, solo por pensar diferente. En estas condiciones y con un libreto de extrema derecha a seguir al pie de la letra, con la influencia directa de Estados Unidos, veremos los peores acciones contra la democracia, la separación de podres, la políticas de producción, distribución y competitividad de bienes y servicios en el mercado, el manejo de los recursos naturales y el medio ambiente y el respeto a los derechos humanos. No ha completado un mes este gobernante y ya muestra su perfil dictatorial de amenazas y abusos, con vulneraciones a la constitución nacional, a la función del congreso, al derecho internacional humanitario, a la libertad de prensa y a los derechos humanos, secundado por su equipo de trabajo, donde la mayoría tienen serios cuestionamientos en su hoja de vida.de modo que en mi opinión sin ser exagerado, no le auguro un buen desempeño al sonado tigre ni un buen futuro a nuestro bello país.

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