Bad Bunny en el Super Bowl: Poder cultural y controversia simbólica

Bad Bunny en el Super Bowl: identidad, poder cultural y controversia simbólica

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Cuando el puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como  Bad Bunny, subió al escenario del medio tiempo del Super Bowl, no solo ofreció un concierto de 13 minutos, sino que también intervino en uno de los rituales más poderosos de Estados Unidos. 

El Super Bowl no es únicamente la final de la National Football League; es una ceremonia que combina deporte, patriotismo, espectáculo comercial y una narrativa nacional. Es un “ritual de integración”: millones de personas asisten simultáneamente al mismo evento y comparten símbolos, emociones y códigos. El himno, la bandera, la espectacularidad tecnológica y la narrativa del “mejor contra mejor” reproducen valores asociados al imaginario estadounidense: competencia, mérito, excepcionalismo. 

En ese escenario, cada gesto adquiere una dimensión política, incluso cuando el artista no lo enuncia explícitamente. Lejos de ser un intermedio de relleno, el espectáculo se ha convertido cada vez más  en una plataforma cultural estratégica. A partir de 1993, cuando Michael Jackson ofreció una actuación llena de espectacularidad, con coreografías precisas y efectos visuales innovadores, se convirtió en un evento cultural de primer nivel en el que los artistas pueden transmitir mensajes y ejercer influencia simbólica, más allá del entretenimiento. Allí han pasado artistas que no solo venden discos: representan imaginarios.

Pero también ha sido un terreno de controversia. El caso paradigmático fue el “wardrobe malfunction” de Janet Jackson y Justin Timberlake en 2004. Durante la coreografía final, Timberlake cantó la frase “I’m gonna have you naked by the end of this song” y, sincronizado con la música, arrancó parte del vestido de Jackson, dejando expuesto por un segundo su pecho derecho, cubierto momentáneamente por una joya. La reacción fue inmediata: numerosas quejas del público, debates sobre la moralidad televisiva y sanciones de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos. 

El espectáculo de Shakira y Jennifer López en 2020 suscitó debates sobre la latinidad, la sexualidad y la representación cultural. El problema surgió porque algunos sectores consideraron que la puesta en escena resultó demasiado sensual para una audiencia familiar. Además, la presencia de símbolos latinos y mensajes de empoderamiento femenino fue interpretada por algunos como inapropiada para el contexto del evento. 

En la edición de 2022, Eminem se arrodilló durante el espectáculo de medio tiempo, evocando la famosa protesta de Colin Kaepernick y demostrando cómo este escenario puede transformarse en un espacio de memoria y de reivindicación política. 

El Super Bowl no es ideológicamente neutro. Es un espejo en el que se proyectan las tensiones culturales del país, y así ocurrió nuevamente este año. 

Bad Bunny, reconocido como uno de los músicos más destacados y premiados de la actualidad, con varios Grammys en su haber, realizó una actuación que trascendió el espectáculo: fue una declaración vibrante de la identidad latina y caribeña, posicionándola en el corazón de la cultura popular estadounidense.

La selección de canciones no fue casual. Su repertorio combinó fiesta, memoria y crítica social.

  • Tití Me Preguntó” y “Safaera” representaron la dimensión festiva del reguetón, desafiando la idea de que la cultura latina es periférica.
  • Yo Perreo Sola” introdujo un discurso de autonomía femenina en un género históricamente masculinizado.
  • El Apagón” funcionó como una crítica implícita a la precariedad energética y a la situación estructural de Puerto Rico.
  • Debí Tirar Más Fotos” añadió una capa nostálgica: memoria, diáspora, identidad.

El elemento central fue la puertorriqueñidad. Puerto Rico tiene en EE.UU. una posición ambigua: es territorio estadounidense, pero no un estado; y los puertorriqueños, aunque son ciudadanos estadounidenses, no tienen plena representación política. 

Bad Bunny no pronunció un discurso explícitamente político. No necesitaba hacerlo. Su sola presencia —cantando en español, reivindicando Puerto Rico, mezclando la crítica social con la fiesta— fue política en el sentido más amplio.

Que un artista puertorriqueño actuara mayoritariamente en español en el mayor escenario televisivo del país tiene una carga simbólica evidente: es la periferia cultural hablándole al centro. Esto puede leerse como un acto de “soft power latino”, en el que, sin confrontación directa, se busca una normalización cultural. 

El público estadounidense, sin embargo, no reaccionó de forma homogénea. Mientras en ciertos sectores conservadores hubo molestia por el predominio del español en un evento considerado “símbolo nacional”, en otros—especialmente entre jóvenes y comunidades latinas— la presentación fue celebrada como histórica. Reflejaba una realidad demográfica innegable: Estados Unidos es cada vez más bilingüe y multicultural.

Aquí se revela la dimensión cultural del conflicto: ¿qué significa ser americano? ¿Una lengua? ¿Un origen étnico? ¿O un proyecto político plural?

Si el Super Bowl es el espejo de Estados Unidos, el reflejo actual muestra un país en transición: demográficamente diverso, culturalmente híbrido y simbólicamente controvertido.

Y quizás esa sea la verdadera importancia del espectáculo, no fue solo reguetón en el estadio, fue la constatación de que la identidad estadounidense del siglo XXI ya no puede narrarse sin el español, sin el Caribe y sin sus diásporas.

En un país donde el espectáculo y la política se entrelazan constantemente, Bad Bunny no solo cantó. Redefinió —aunque fuera durante 13 minutos— el centro simbólico de la cultura americana.

Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co |  + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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