Therians: la política silenciosa de la identidad sin límites

Therians: la política silenciosa de la identidad sin límites

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En TikTok abundan los videos de jóvenes que corren a cuatro patas por parques, bosques o incluso por pasillos escolares. Algunos llevan máscaras de zorro; otros, colas de lobo. Se presentan como therians —personas que afirman identificarse, en un plano psicológico o espiritual, con un animal no humano— y el fenómeno ha comenzado a suscitar curiosidad, burla y alarma.

Según la propia comunidad, un therian es alguien que experimenta una conexión interna persistente con un animal específico —su “teriotipo”— como parte de su identidad subjetiva. La mayoría no sostiene que se transforme físicamente ni afirma ser literalmente un animal en términos biológicos. Para muchos therians, la experiencia se vive como algo íntimo, incluso involuntario, más cercano a una autopercepción que a un juego de rol. Esto los distingue de fenómenos cercanos como el fandom furry, que es sobre todo creativo y lúdico.

¿Estamos ante un trastorno? La teriantropía no está reconocida como trastorno en los manuales diagnósticos psiquiátricos, y la literatura clínica distingue entre experiencias identitarias no clínicas —la mayoría— y casos raros con creencias delirantes. Reducir todo el fenómeno a la patología sería intelectualmente pobre, pero la conclusión contraria —que no hay nada que analizar— también lo sería. 

Como suele ocurrir en la era digital, la reacción pública ha sido más rápida que la comprensión y  ha oscilado entre dos extremos previsibles. Por un lado, la ridiculización automática: la tentación de despachar el fenómeno como una simple extravagancia. Por otro lado, la validación acrítica con el fin de evitar cualquier pregunta incómoda. Ninguna de las dos posturas ayuda a entender lo que está ocurriendo.

La historia reciente está llena de subculturas juveniles —emos, otakus, incluso gamers en sus inicios— que atravesaron ciclos de alarma pública antes de normalizarse como fenómenos minoritarios. Es perfectamente posible que algo parecido ocurra aquí y que estemos simplemente ante otra subcultura juvenil de nicho. Y, en parte, lo es. Pero detenerse ahí sería perder de vista lo más revelador. El therianismo, más que una rareza cultural, puede funcionar como un espejo de la época en la que habitamos. 

Aunque hoy parezca nacido en TikTok, el therianismo tiene antecedentes en foros de internet de los años noventa en Estados Unidos, donde los usuarios comenzaron a compartir experiencias de identidad animal. Lo que ha cambiado no es tanto la existencia del fenómeno como su escala de visibilidad.

Las plataformas digitales han creado el ecosistema perfecto para que las identidades de nicho se vuelvan virales. El contenido therian combina varios elementos que los algoritmos premian: corporalidad llamativa, estética reconocible y narrativa identitaria. El resultado es una amplificación que puede hacer parecer masivo lo que, en realidad, sigue siendo minoritario. Pero el tamaño del fenómeno no es lo más importante. Lo importante es lo que revela: la individualidad posmoderna en estado puro

Vivimos en una época en la que la identidad ha dejado de ser, en buena medida, un dato heredado para convertirse en un proyecto personal. Esta frase captura una de las transformaciones centrales de la modernidad tardía.

Durante décadas, sociólogos como Ulrich Beck, Zygmunt Bauman o Charles Taylor advirtieron que las sociedades modernas avanzaban hacia una creciente individualización del yo. En ese marco, las personas pasan de ocupar identidades relativamente estables a gestionarlas activamente.

Su auge reciente también tiene un trasfondo social más amplio. Tras la pandemia, múltiples estudios han documentado niveles más altos de soledad y de socialización digital entre adolescentes. En ese contexto, las comunidades de nicho ofrecen algo profundamente humano: reconocimiento y pertenencia. 

Aquí aparece una paradoja interesante. El therianismo puede interpretarse simultáneamente como una radicalización de la individualidad y como una búsqueda intensa de comunidad. No es una contradicción. Es, más bien, una característica típica de la cultura digital contemporánea: identidades muy personalizadas que, al mismo tiempo, buscan la validación colectiva en microcomunidades. 

Por ahora, los therians no tienen agenda pública, ni liderazgo, ni reivindicaciones institucionales claras. Pero eso no significa que el fenómeno sea políticamente neutro. Más bien funciona como un caso límite del paradigma contemporáneo del reconocimiento identitario, como lo son, por ejemplo, el género o la raza. 

En las últimas décadas, buena parte de las disputas públicas se ha desplazado de la redistribución económica al reconocimiento identitario. En ese terreno, cada nueva forma de autodefinición empuja —aunque sea marginalmente— las fronteras de lo que las sociedades deben procesar. Por eso, más que una curiosidad excéntrica, el fenómeno funciona como un pequeño laboratorio de la subjetividad contemporánea.

Probablemente el boom viral se desinfle —muchas tendencias juveniles lo hacen—. Pero incluso si la etiqueta “therian” pierde visibilidad, las fuerzas culturales que la impulsan seguirán ahí. Porque el punto de fondo es sociológico.

La pregunta verdaderamente relevante es si nuestras categorías sociales, educativas y políticas están preparadas para una generación que concibe la identidad como un territorio infinitamente maleable.

Cuando miremos hacia atrás, es posible que los therians no aparezcan como una rareza. Sino como una señal temprana —y bastante elocuente— de hacia dónde se estaba moviendo la cultura.

Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co |  + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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