Navidad y felicidad imperfecta: una reflexión ética para Colombia en 2025

Navidad y felicidad imperfecta: una reflexión ética para Colombia en 2025

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Diciembre llega a Colombia con una mezcla reconocible de alivio y cansancio. Alivio porque el año termina; cansancio porque, una vez más, pareciera que las promesas colectivas quedaron a medio camino. El 2025 no fue un año fácil: polarización política persistente, debates públicos cada vez más ásperos, desconfianza institucional y una sensación generalizada de inseguridad y de fragilidad económica y social. En medio de ese panorama, hablar de felicidad puede sonar ingenuo. Pero quizá sea, precisamente ahora, cuando más sentido tiene hacerlo.

Desde Aristóteles, la filosofía entendió la felicidad —la eudaimonía— no como placer pasajero ni como éxito individual, sino como una vida lograda, orientada por la virtud y vivida en comunidad. Siglos después, Tomás de Aquino retomó esa idea y la llevó un paso más allá al hablar de la felicidad imperfecta: aquella que es posible en esta vida, real pero limitada, siempre incompleta y expuesta a la fragilidad humana. No es una felicidad falsa; es la única honestamente alcanzable en un mundo marcado por la incertidumbre.

Esa distinción resulta especialmente pertinente para pensar el momento colombiano. Durante 2025, volvimos a comprobar que el bienestar no se decreta ni se agota en los indicadores macroeconómicos. Un país puede crecer y, al mismo tiempo, sentirse estancado; puede tener instituciones formales y carecer de confianza; puede hablar de reformas estructurales mientras amplios sectores viven en una incertidumbre cotidiana que no aparece en las estadísticas. El malestar colombiano no es solo material: también es moral, relacional y profundamente político.

Aquí la noción de felicidad imperfecta ofrece una clave útil para el debate público. Ningún gobierno —ni este ni ninguno— puede prometer plenitud, armonía total o consenso permanente. Pretenderlo solo alimenta frustraciones. Pero sí puede, y debe, trabajar por algo más modesto y exigente: crear condiciones para una vida común razonablemente buena. Eso implica reducir desigualdades evitables, fortalecer la confianza, garantizar derechos efectivos y reconstruir los mínimos de respeto en la deliberación democrática. No es la felicidad perfecta, pero es la única forma posible de felicidad pública en una democracia plural.

Colombia arrastra una vieja tentación: la de esperar soluciones redentoras. Líderes providenciales, reformas milagrosas o giros abruptos que nos liberen del trabajo lento de construir confianza. El 2025 mostró, una vez más, los límites de esa expectativa. El bienestar no surge de la confrontación permanente ni del desencanto cínico, sino de acuerdos básicos que permitan convivir con la diferencia. La política del bienestar no consiste en prometer lo imposible, sino en evitar la infelicidad evitable: la exclusión, la arbitrariedad, la desigualdad extrema y el miedo como forma de gobierno.

Pensar la felicidad desde lo público exige, además, reconocer su dimensión compartida. La eudaimonía aristotélica y la felicidad imperfecta tomista coinciden en algo esencial: nadie se realiza por completo por sí solo. La calidad de nuestra vida depende, en buena medida, de la calidad de los vínculos, de las reglas comunes y de la confianza mínima en que el otro no es un enemigo permanente. Cuando esas bases se erosionan, como ocurrió en distintos momentos de este año, el malestar se expande incluso allí donde hay crecimiento o estabilidad relativa.

Es aquí donde la Navidad introduce una lección incómoda pero necesaria. En su núcleo, el mensaje navideño no es el de la perfección ni el del triunfo, sino el de la fragilidad asumida como punto de partida. No celebra el poder, sino la vulnerabilidad; no promete un mundo sin conflictos, sino la posibilidad de sentido en medio de ellos. Incluso para quienes no se reconocen creyentes, la Navidad funciona como un recordatorio cultural de que lo humano se construye en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo compartido.

Cerrar el año no debería llevarnos a exigir una felicidad imposible, sino a preguntarnos cómo distribuir mejor esa felicidad imperfecta que sí está a nuestro alcance. Tal vez el reto para 2026 no sea “ser un país feliz”, sino ser un país un poco más justo, un poco más cuidadoso con los demás y un poco más consciente de sus límites. La esperanza, en este contexto, no es ingenuidad: es una decisión ética.

En Navidad, cuando el país baja el volumen por unos días y las diferencias parecen menos estridentes, convendría recordar que la felicidad perfecta no está en nuestras manos. Pero la imperfecta —esa que se construye con virtud cívica, cuidado mutuo y sentido de lo común— sí depende, en parte, de nosotros. Y tal vez ese sea el mejor deseo para el año que comienza. ¡Feliz Navidad!!!

Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co |  + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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