La magia de las predicciones | Fundación Razón Pública

La magia de las predicciones

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“Solo se pueden predecir las cosas después
de que hayan sucedido” Eugene Ionesco

Cada fin de año es común reflexionar sobre lo que ha pasado y tratar de pronosticar lo que traerá el próximo. Por eso las últimas semanas de diciembre se caracterizan por la proliferación de predicciones sobre lo que ocurrirá en la política, la economía, los deportes, la moda, la farándula, y cualquier otro tema de interés. Estos pronósticos nos sirven de inspiración para establecer metas y perseguir nuevos sueños. Y a pesar de que sabemos por experiencia, que rara vez se cumplen, cada año repetimos el proceso y, lo que es más interesante, seguimos creyendo en ellos. Pero ¿Por qué? ¿Qué los hace tan atractivos? Y, ¿Por qué es tan difícil hacer un pronóstico medianamente acertado?

El arte de pronosticar el futuro no es nuevo. Desde el oráculo de Delfos, pasando por Nostradamus, hasta los actuales modelos predictivos, no son otra cosa que una expresión de ese deseo inquebrantablemente humano de huir de la incertidumbre y la ambigüedad, pero también del anhelo por un futuro mejor, una especie de optimismo esperanzador.  Tanto más grande sea este anhelo, mayor será la disposición de las personas a creer en las predicciones, especialmente si éstas pronostican cambios o un mundo mejor.

Y es precisamente ese conjunto de deseos y anhelos los que también en buena parte explican porque las predicciones suelen fallar con tanta frecuencia. Incluso aquellas que se basan en datos y estadísticas confiables.

La incertidumbre, y la ansiedad que ésta ocasiona, nos hace bastante propensos a conclusiones parcializadas y muchas veces absurdas. Un buen ejemplo de esto fue lo que ocurrió con las predicciones sobre el comportamiento del dólar frente al peso colombiano cuando fue elegido presidente Gustavo Petro.  Se dijo, sin mayor rigor analítico, que el dólar iba a pasar la barrera de los $5000 pesos, y aunque en algunos momentos esto ha ocurrido, hoy en día está por debajo de los $4000. Con base en estas predicciones, y fundados en el temor, las personas tomaron decisiones financieras inmediatas. Hoy, es posible adivinar que están arrepentidas.

Situaciones como esta, se explican en buena parte porque los humanos estamos acostumbrados a prestar poca atención a los datos, no entendemos muy bien las tendencias estadísticas ni los cambios en el largo plazo. Pero también, porque en la mayor parte de los casos preferimos tomar decisiones basados en nuestras creencias y temores. Estamos convencidos de que la falta de humanidad de las cifras y los  algoritmos les impide hacer pronósticos acertados, y por eso es necesario incluir esa pizca de humanidad, que no es otra cosa que la expresión de nuestras creencias, sentimientos, ideologías y prejuicios.  Las encuestas y pronósticos electorales son un buen ejemplo de esta forma de hacer predicciones, y de sus constantes equivocaciones.

Un problema adicional que tienen las predicciones, incluidas las que se basan en sofisticados  modelos predictivos, es que usualmente dependen de patrones históricos. Si bien el conocimiento de la historia sirve para entender el presente y posiblemente hacer algunos pronósticos sobre el futuro, puede llevar a inexactitudes por la tendencia que tiene la gente de sacar las lecciones que quiere de la historia.

En el caso particular de los modelos predictivos este problema persiste a pesar de su rigor. Esto se explica porque se basan en algoritmos diseñados para prever eventos futuros basándose en patrones identificados en datos históricos. Suponen que la historia se repite, si no exactamente, si de una manera lo suficientemente parecida como para que estudiando el pasado sea posible tomar decisiones mejores en el futuro. La esencia de su funcionamiento radica en la identificación de correlaciones y patrones en los datos, permitiendo proyectar resultados futuros. Sin embargo, esto no es siempre tan fácil. Tomemos, por ejemplo, el caso de un modelo para predecir las ventas del próximo año.  Probablemente partirá de un análisis de las ventas de este año y las de años anteriores con el objeto de establecer las tendencias. No obstante, los patrones pueden ser difíciles de calcular. Si las ventas aumentaron o disminuyeron en un punto determinado, por ejemplo, ¿forma esto parte de un ciclo estacional que se repetirá cada año? o ¿se explica por un suceso excepcional?

Cuando se usan en la toma decisiones políticas y económicas, los desafíos son mayores.  Estos modelos tienen la capacidad para procesar grandes cantidades de datos y prever tendencias, lo cual ofrece una ventaja estratégica significativa en la toma de  decisiones. Sin embargo, no están exentos de sesgos ideológicos y al depender de datos históricos, refuerzan los patrones y solidifican los sesgos existentes. A lo que se suma el hecho de que difícilmente reflejan los rápidos cambios tecnológicos, políticos y sociales que caracterizan nuestro tiempo.

En conclusión, si aún insistimos en un pronóstico del  futuro, debemos asegurarnos de que este sea lo más acertado posible. Para lograr esto, será necesario reconocer nuestros sesgos y aceptar los límites de los algoritmos. O, simplemente, podemos optar por aprender a disfrutar la incertidumbre y sorprendernos cada día por lo que nos depare el futuro. ¡Cualquiera que sea la decisión, solo resta desearles un muy feliz 2024!

Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co | + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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