El irresistible encanto de la ignorancia en la política
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El irresistible encanto de la ignorancia en la política

Escrito por Marcela Anzola

La ignorancia en la política se ha convertido en una virtud, que tiende a confundirse con la honestidad. Un discurso ingenuo que se acerca más a la gente del común y se desliga del poder tradicional y del elitismo intelectual.  Se presenta como una forma de rebelión contra el uso del conocimiento en la actividad política, y como respuesta a la pérdida de confianza en la tecnocracia. Tanto que algunos políticos se enorgullecen de lo poco que saben. Paradójicamente, ser ignorante en la actualidad puede dar buenos réditos en términos electorales. Para Donald Trump, por ejemplo, la ignorancia ha sido una ventaja. Muchos de sus partidarios se identifican con él por su falta de conocimiento y su  poca vergüenza al respecto.

Es cierto, como señalaba el filósofo francés Michel Foucault que existe una interrelación entre el poder y el conocimiento, y que ésta puede llevar a resultados poco deseados. Para este autor, el poder se basa en el conocimiento y hace uso del conocimiento; pero también, el poder reproduce el conocimiento y lo moldea de acuerdo con sus intenciones anónimas. Desde esta perspectiva, consideran algunos, el conocimiento se torna en una herramienta para el ejercicio del poder opresor y la perpetuación de desigualdades.  Esta visión, aunque valedera en muchos casos, deja de lado el peligro que encarna ejercer el poder sin tener en cuenta el conocimiento. Este riesgo se ve muy claro, por ejemplo, en decisiones con contenido económico, donde es muy fácil proponer soluciones “creativas”, pero la mayor parte de las veces problemáticas o inejecutables.

Es por esto último, también, que el encanto que suele acompañar a esta nueva ola de candidatos “ignorantes”, desligados del elitismo intelectual, se desvanece cuando una vez elegidos deben gobernar. Bien porque tienen que plegarse y apoyarse en una tecnocracia ya establecida y que sabe gobernar, o porque deciden hacerlo por sí mismos.  En el primer caso, corren el riesgo de caer en una especie de continuismo, que los alejaría de la esencia de su discurso electoral y por ende de sus electores. Por eso lo evitan a toda costa. En el segundo, y es la vía por la que generalmente optan, se ven abocados a una improvisación, que, en la mayoría de los casos, los lleva a proponer soluciones que caen en lugares comunes, son irrealizables o están plagadas de errores.

Hay que reconocer que la ignorancia en ciertos temas puede impulsar la creatividad y la innovación, y que  las personas que no están limitadas por las convenciones y el conocimiento establecido a menudo pueden ver soluciones originales y desarrollar nuevas ideas.  El problema, sin embargo, de los líderes como Trump y similares, que alardean con estar desligados del elitismo intelectual, es que, en realidad, ellos mismos no se consideran ignorantes.  La ignorancia, es más bien una posición electoral.  Consideran que cuentan con un grado de inteligencia tal, que les permite tomar decisiones brillantes sin tener que acudir a las elites intelectuales o apoyarse en los tecnócratas. Como resultado, sobreestiman sus conocimientos y habilidades, y a la vez subestiman su propia ignorancia. Por eso pueden proponer tan fácilmente soluciones aparentemente “creativas”, pero difícilmente entienden las debilidades de estas.

Se olvidan de que una cosa es cometer un error, darse cuenta de este y rectificar, y otra muy diferente, no darse cuenta  del error y seguir creyendo que nunca se cometió. Es lo que se ha llamado en psicología el efecto Dunning-Kruger: personas que creen saber más de lo que en realidad saben. Entre menos conocen del tema más seguras parecen estar en sus declaraciones.  Es, por ejemplo, la diferencia que existe entre los novatos que creen que lo tienen todo resuelto, y aquellos más experimentados que entienden que nada se sabe con certeza. Un fenómeno bastante común en las redes sociales, donde, por ejemplo, fácilmente un usuario puede pasar en cuestión de horas de ser experto en el conflicto entre Ucrania y Rusia, a ser un avezado conocedor del conflicto Israel-Palestina, y al día siguiente quizás opinar con pretendida autoridad sobre física nuclear, con una  seguridad tal que supera la de cualquier experto en el tema.

No se trata, sin embargo, de caer en el otro extremo de la balanza y abogar por una tecnocracia o un gobierno de sabios como proponía Platón, pero algo de conocimiento si debería ser exigible en el ejercicio del poder. Cuando la ignorancia es apreciada como un ideal entre los que están en el poder, estamos condenados a repetir una y otra vez los mismos errores. Lamentablemente, como acertadamente señaló Bertrand Russell: “El problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.

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