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Debate Cepeda-Uribe: una visión positiva

Escrito por Andrés Dávila

El debate sobre paramilitarismo en el Congreso puso de relieve la profunda división de las élites sobre el pasado, el presente y el futuro. Pero también demostró que puede haber espacios de confrontación sobre temas difíciles y sin usar la violencia.

Andrés Dávila L. *

Debate con rating

El pasado 17 de septiembre se adelantó el debate sobre el paramilitarismo en el Senado, una experiencia que Colombia no vivía desde hacía mucho tiempo. Aunque ya se han difundido innumerables comentarios sobre lo sucedido, cabe intentar una mirada distinta y distante de lo que pasó ese día.

Para empezar, el debate concitó una atención excepcional. Puede decirse que tuvo alguna similitud con la reciente copa mundial de futbol o – en lo político-, con las decisiones de la Corte Constitucional sobre los dos proyectos de reforma para la reelección del propio presidente Uribe.

El debate concitó una atención excepcional. 

En muchos lugares públicos, en oficinas y en casas, los colombianos estuvieron pendientes del debate y de las participaciones de sus figuras preferidas. La izquierda y los anti-uribistas estuvieron atentos a Iván Cepeda y a los desplantes de Uribe, pero también a Antonio Navarro, Claudia López, Carlos Fernando Galán, Rodrigo Lara y hasta Horacio Serpa. La derecha y los pro-uribistas estuvieron pendientes de las palabras del ahora senador y sus leales subalternos (José Obdulio Gaviria y Paloma Valencia, entre otros).  

Pero más allá de interpretaciones y preferencias, hubo un hecho indudable: el Senado volvió a ser el recinto del debate político, y esto congregó la atención de los colombianos. Además el Congreso por una vez se ocupó de una asunto realmente decisivo: paramilitarismo, narcotráfico y política.


El Senador Iván Cepeda.
Foto: Congreso de la República

Antes y después

Inicialmente, el debate atrajo la atención del país por dos razones: la posibilidad y la conveniencia de llevarlo a cabo.  Por lo primero se discutió ampliamente la posibilidad jurídica de adelantar el debate, y aquí pasamos de la negativa inicial en la plenaria del Senado a la ridícula intención de prohibir la mención del senador implicado. Acerca de su conveniencia se expresaron muy distintas  opiniones: las que resaltaban la importancia de que el Congreso debatiera los asuntos  centrales para la sociedad; las que veían en el debate una encerrona al expresidente y a su séquito; y las que señalaban el riesgo de que, so pretexto de control político, se abriera la puerta para que los congresistas citen a debate a otros congresistas.  

Después de realizado, aparecieron nuevos argumentos a favor y en contra del debate:

– Unos dijeron que él se redujo a “refritar” hechos conocidos y a darle nuevos aires al senador Cepeda;

– Otros aseguraron que la excesiva personalización -con la amenaza de acciones judiciales casi en cada discurso- impidió debatir el asunto de fondo.

– También se dijo que el evento confirmó la poca legitimidad del Congreso y de sus miembros, que este recinto no era el escenario adecuado o que, al contrario, sí lo era y debería seguir siéndolo.

– No menos, en opinión de muchos, el resultado fue polarizar (aún más) las posiciones, basadas en simpatías o antipatías personales, y ahondar la división entre las élites cercanas al gobierno y las cercanas al expresidente (aunque la citación no provino del gobierno sino de un senador de la izquierda minoritaria).

Lo positivo

Con independencia de los detalles, es importante rescatar el hecho de que el Congreso y, en particular, el  Senado con su actual composición, hubiera cumplido tres papeles importantes de manera simultánea:

– Ser el lugar natural del debate político, con todas sus implicaciones, riesgos y consecuencias;

– Controvertir los grandes temas y desafíos del país, concitando la atención de los medios y la opinión pública, más allá de la formalista y reglamentaria noción de control político, y 

– Ser el mecanismo para canalizar lo que parece ser una singular y significativa ruptura entre dos élites hoy vigentes y con particular protagonismo en la arena política.

Con lo anterior no pretendo por supuesto sugerir que de hoy en adelante el Congreso o los congresistas serán los protagonistas de la democracia deliberativa, pero sí que en el Congreso actual, como está constituido, es posible adelantar este tipo de debates.

Aún con la exaltación de algunos parlamentarios, ya es un logro que las diferencias se tramiten por esta vía y no por medio de las armas, dentro o fuera del recinto.

Aún con la exaltación de algunos parlamentarios, ya es un logro que las diferencias se tramiten por esta vía y no por medio de las armas​.

En términos del sistema político (y sin obstar las múltiples reformas que  hoy se discuten), esta recuperación de los temas centrales lleva a pensar que el Congreso puede recuperar la imagen de un espacio de deliberación con figuras que debaten y no solo negocian. Un Congreso que sea más que el espacio para ratificar la agenda del Gobierno durante sus primeros años y de desaprobación para negociar nuevas prebendas en los años finales de cada presidente.

Y además en un recinto donde esta vez tenemos personas con argumentos y con voz, no nada más con votos, aunque en algunos momentos el debate haya tomado  el camino de las acusaciones personales.  

Es cierto que abundaron las posiciones y acusaciones personalizadas, pero se tramitaron a través de las bancadas partidistas. Esta es otra novedad: ahora las reglas son, incluso, de excesiva disciplina para los parlamentarios: y esto afecta las formas y los fondos. Al menos en las formas, hoy hay bancadas y hay voceros, a quienes tienen que someterse incluso los parlamentarios más aparatosos.

Con todo y sus defectos, estamos pues ante otra forma de tramitar las diferencias.


El Senador Álvaro Uribe Vélez.
Foto: Congreso de la República de Colombia

Un nuevo tipo de conflicto

Aunque hay más cambios en las formas que en los fondos, el debate alcanzó a delinear un  contrapunteo entre izquierda y derecha, que antes peleaban por fuera y con armas indebidas.

Es también interesante que la izquierda minoritaria y relativamente marginal pueda lograr  el respaldo y la mediación de la enorme coalición de centro-derecha, para confrontar a la derecha radical (minoritaria también), que, paradójicamente, constituye la principal oposición.

Sobre los discursos de ese día hay opiniones de todo tipo, muchas de ellas mediadas por preferencias y aprobaciones o desaprobaciones previamente establecidas. Para no sumar una más, habría que decir que los protagonistas cumplieron su papel desde sus fortalezas, y, claro, convencieron a sus respectivos simpatizantes. Muchos otros ocuparon posiciones intermedias.

Para efectos históricos, no sobra anotar que dos expresidentes de la Constituyente de 1991 se refirieron al necesario reconocimiento de responsabilidades, a bajar los ánimos alterados y a seguir adelante.

En un país con un conflicto armado de más de 50 años, degradado y con actores varios y regionalmente diversos, donde se han reconocido 6 millones de desplazados y 7 millones de víctimas, se hizo visible que el nuestro es un Congreso de víctimas, y que allí se tramitan heridas que aún están abiertas. Cabe preguntar por la importancia y el significado de este auto-reconocimiento.

En cierto sentido, lo que se vivió el 17 de septiembre fue una institucionalidad funcionando en las formas aunque en el fondo no logre el nivel esperado, donde se bosquejó una profunda ruptura de elites, de modelos de país, y de concepciones sobre la sociedad y el Estado.

¿Cómo procesar tal ruptura? ¿Será esta otra fuente de violencia? Porque todo indica que “las conversaciones de caballeros” en este caso no están funcionando.

Y todo esto justamente cuando se necesita que ese mismo Congreso sea el lugar a donde  accedan los sectores que hoy están por dar el paso clave para cerrar un ciclo de violencia degradada.

 

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

 

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