Peñalosa alcalde de Bogotá: ¿algo nuevo bajo el sol? - Razón Pública
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Peñalosa alcalde de Bogotá: ¿algo nuevo bajo el sol?

Escrito por Andrés Dávila
Andres Davila

Andrés DávilaUn repaso al talante, a la carrera política, a su primera alcaldía y a la campaña que acaba de culminar permite hacer algunas predicciones sobre la gestión del próximo alcalde de la capital: ¿Qué podemos esperar los bogotanos?

Andrés Dávila *

 

El Alcalde electo Enrique Peñalosa.

Ganó la perseverancia

Con poco más de 900 mil votos, que representan el 33 por ciento del total depositado, Enrique Peñalosa consiguió por segunda vez su elección como Alcalde Mayor de Bogotá.

Con el apoyo de múltiples partidos y sectores, el elegido puso fin al dominio que la izquierda había ejercido durante doce años en la ciudad capital. Se cumple así el anhelo de este político inclasificable (aunque por herencia de su padre tuviese en un principio alguna filiación con el Partido Liberal). También se cumple el anhelo de los varios sectores políticos, económicos y sociales que habían visto frustrado su sueño de verlo triunfar en dos elecciones previas para alcalde y otras tantas para la Presidencia.

En su biografía habría que hacer un compendio de claroscuros que resultan sin duda interesantes. Desde su primera derrota ante Antanas Mockus, en 1994, mostró un rasgo de carácter importante: la perseverancia. Esta le permitió presentarse como independiente tres años después para derrotar a Carlos Moreno de Caro e iniciar una alcaldía que, junto con las dos de Antanas Mockus, serían recordadas como las que transformaron a Bogotá.

Es curiosa la memoria de los bogotanos sobre el pasado político de la ciudad, pues de su primer año como alcalde lo único que suele recordarse son los moños que puso en los postes de la ciudad para recordar la navidad y que las malas lenguas decían que había hecho su hermana.

Tiempo después, ya en medio de la peor crisis económica del país en más de medio siglo, Peñalosa aprovechó para usar las arcas llenas que le dejó Mockus y adelantó un programa ambicioso de infraestructura y recuperación del espacio público que al comienzo tampoco gustaron mucho. Sin embargo los bolardos y los andenes altos fueron la única manera de acostumbrar a los bogotanos a no parquear en la puerta del almacén, oficina o restaurante que estuvieran visitando.

Otro rasgo interesante como alcalde fue ofrecer la imagen de un gran gerente de lo público, aunque, al contrario de Antanas Mockus, negoció muchas cosas con el Concejo, algunas bajo nombres muy sonoros: “obras con saldo pedagógico” fue el eufemismo para revivir las Juntas de Acción Comunal, en una forma algo más moderna de hacer clientelismo con el presupuesto.

Y por supuesto no se puede olvidar su decisión de echar a andar a Transmilenio, después de haber defendido abiertamente el metro. Lástima que en un proyecto tan importante – que hoy está en crisis pero que fue clave para la ciudad en su momento- se incurriera en el relleno fluido que hizo famoso aquello de las “las lozas de Peña… loza”. 

Tampoco debe olvidarse que a Peñalosa se le ocurrieron el día sin carro, el pico y placa y la ciclovía nocturna, ni que fue el quien se echó al hombro la responsabilidad de recuperar la sede de la Selección Colombia para Bogotá.

Un raro demócrata

A Peñalosa lo afectaron siempre su soberbia y su timidez que, conjugadas con esa capacidad de acoger una única idea y trabajar exclusivamente en ella, lo hicieron, o un alcalde admirado y querido, o un candidato perdedor. Resulta paradójico que, tras acometer obras importantes en todas las zonas de la ciudad – muchas de ellas para los estratos menos favorecidos- fuera presentado como un yuppie que solo conocía Bogotá de la 72 hacia el norte por el locutor que lo imitaba en el programa de radio La Luciérnaga. 

Algunas de sus posiciones y reacciones sorprendían por progresistas y democráticas. Otras, por todo lo contrario: nunca quiso emprender una política para los desplazados, apoyándose en asesores que lo convencieron de que al tenerla tendría un polo de atracción para estos.

Tampoco quiso pensar en alguna solución para el río Bogotá, al cual consideraba un problema de otros. Y ni pensar en proponerle la elección de los alcaldes locales: la democracia solo debía llegar hasta personas “elegidas” como él.

Peñalosa es un raro demócrata neoliberal, con todo lo que esto pueda significar hoy. Un derechoso de izquierda, y un izquierdoso de derecha.

Peñalosa es un raro demócrata neoliberal, con todo lo que esto pueda significar hoy. Un derechoso de izquierda, y un izquierdoso de derecha.

Como político, su único mérito ha sido la perseverancia (y mantener esa imagen de gerente impoluto). Es el líder en transfuguismo, al punto que hoy pudo agradecer a todos y todos se sintieron bien. Fue liberal, independiente, verde, uribista y ahora de Cambio Radical, aunque también del ala no gobiernista del Partido Conservador (no gobiernista con Santos, claro está). Vale decir en su defensa, que los demás candidatos hicieron exactamente lo mismo.

Peñalosa se presenta como un buen perdedor, pero en verdad no parece haber aceptado sus errores en materia de reglas electorales, cálculo político y estrategia, al punto que siempre acabó por señalar a los politólogos como los responsables de sus derrotas. Ahora, ganador, bajo el auspicio de un sonriente vicepresidente y con muchos favores por pagar, no es oportuno criticarlo. Esta vez se atravesó a tiempo para impedir la jugada santista en Bogotá. Falta ver si seguirá considerando que obtuvo un triunfo.

¿Victoria total? 

Bici-recorrido del Alcalde Electo por Puente Aranda, Kennedy y Fontibón.
Bici-recorrido del Alcalde Electo por Puente Aranda, Kennedy y Fontibón.
Foto: Prensa Enrique Peñalosa – Camilo Monsalve/Equipo por Bogotá

Vale la pena, entonces, hablar del triunfo. Es curiosa la memoria de analistas, periodistas y de la gente. Peñalosa triunfó en unas elecciones con gran participación: algo más del 51 por ciento, casi cuatro puntos más alta que en 2007 y 2011, aunque cuatro puntos por debajo del nivel nacional.

Ahora Peñalosa, que apenas obtuvo unos pocos puntos porcentuales más que Pardo, se considera un alcalde legítimo, incuestionado e incuestionable. Pero en la práctica tiene exactamente la misma legitimidad que tenía el saliente alcalde Petro hace cuatro años. Es más: seguramente tendrá que hacer maromas, en las cuales se mostró experto, para conseguir una coalición mayoritaria en el Concejo Distrital.

Tendrá a su favor a los medios, a los gremios económicos, a los académicos de muchas universidades, a los estratos altos y a todos aquellos que aborrecían o que acabaron por  aborrecer a la izquierda en el poder con sus soberbias y sus posiciones estatistas a ultranza.

Contará con el respaldo interesado de Cambio Radical, del Partido Conservador no santista, y con el beneplácito del gobierno nacional. Pero aun entonces tendrá que construir una gobernabilidad que hoy se ve difusa, y sus contendores derrotados no se sumarán, así no más, al tren de la victoria.

Pero la situación política, económica y social no es la de hace 17 años. En esa ocasión Peñalosa pudo dar visos de continuidad a políticas y funcionarios que acabaron siendo decisivos para la notoria mejoría de Bogotá durante aquella década afortunada. Aunque no entendía a Mockus y tuvo que aguantarle el primer vaso de agua en la cara, sus egos independientes y auto-ensalzados acabaron por entenderse.

Su discurso de triunfo tuvo dos mensajes promisorios: no excluir a nadie, incluir a todos; y trabajar por un propósito común. 

Ahora encontrará 12 años de funcionarios de izquierda, desprestigiados ante la mayoría de la población, de modo que quizás querrá borrar de un tajo sus programas y ni siquiera intentar un empalme apacible. Por eso sería importante que Peñalosa demostrase la capacidad para valorar y mantener los logros de sus predecesores, no obstante las profundas diferencias entre sus enfoques.

Imposible negar avances en los principales indicadores sociales o, por ejemplo, en la tasa de homicidios. Imposible ignorar que las decisiones sobre el metro deben ser social y políticamente muy responsables, y que las mejoras en movilidad necesitan conjugar demasiados factores que no se resuelven de un día para otro.

Su discurso de triunfo tuvo dos mensajes promisorios: no excluir a nadie, incluir a todos; y trabajar por un propósito común. Falta ver si logra tejer estas promesas con un equipo que no será el heredado de Mockus sino el negociado con Vargas Lleras y Martha Lucía Ramírez, ambas almas de dios, para empezar.

Los perdedores

El Alcalde electo junto a Martha Lucía Ramírez, Antanas Mockus, el Senador Carlos Fernando Galán y Jaime Castro.
El Alcalde electo junto a Martha Lucía Ramírez, Antanas Mockus, el Senador Carlos
Fernando Galán y Jaime Castro.
Foto: Prensa Enrique Peñalosa – Camilo Monsalve / Equipo por Bogotá

Perdieron Pardo y con él, el Partido Liberal, la U y, en un cierto sentido, aunque no se haga explícito, la coalición de gobierno en su vertiente santista. 

No obstante, los 4,5 puntos porcentuales de diferencia sirvieron para dejar en tablas la pugna entre encuestadores. No había diez puntos, pero tampoco estaban tan cerca. Seguramente incidió, al final, la sensación de voto útil que infundieron tales resultados, aunque en verdad es plausible cualquier argumento semejante.

Perdió la izquierda -y por mucho- rompiendo lo logrado en doce años de predominio. Sin duda, al desgaste obvio tras tres alcaldías se sumó el estilo pendenciero de un alcalde preocupado más por su candidatura presidencial; un político hábil e inteligente, pero soberbio y reacio a aceptar asesorías y consejos para gobernar mejor. La cuestión está en que ni el Polo ni Progresistas lograron contener la desbandada y visto en perspectiva, entre escándalos y soberbias, dejaron diluir sus mayorías relativas.

Los verdes recibieron agradecimientos en todas partes que seguramente podrán cosechar algunos de sus líderes. Pero cuando lo hagan, ¿seguirán siendo verdes?, ¿estarán en la izquierda, en el centro o en la derecha? 

Finalmente, el Centro Democrático pareció desinflarse tanto con su candidato como con el número de concejales que obtuvo. Podrá decirse que no hay uribismo sin Uribe.

Pero, ¿tendrá Peñalosa la capacidad de reinventarse para gobernar esta nueva ciudad que hoy lo espera?

 

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México,  profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

 

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