
¿Es la hora de Peñalosa?
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Después de dar tumbos entre varios partidos y recibir el apoyo de los líderes políticos más disímiles, Peñalosa se proyecta con fuerza para las próximas elecciones presidenciales. ¿Cuál es su estrategia? ¿Cuáles son sus posibilidades de éxito?

De la “ola verde” a la Alianza Verde
Enrique Peñalosa, triunfador de la consulta popular de la Alianza Verde, se ha convertido, según las encuestas, en el candidato que pasaría a la segunda vuelta y que, eventualmente, tendría la capacidad de competir por la Presidencia de la República contra el actual candidato-presidente Juan Manuel Santos.
Peñalosa parece revivir la experiencia de la “ola verde” que hace cuatro años recogió el malestar y la esperanza de un electorado independiente. No obstante, aunque hay semejanzas entre los dos procesos electorales, hay también enormes diferencias.
En medio de una campaña que no logra concitar la atención esperada, vale la pena examinar el camino recorrido por Peñalosa y establecer sus fortalezas, debilidades y dilemas frente a los comicios del próximo 25 de mayo.
Para empezar es necesario referirse a la Alianza Verde y sus decisiones como partido/movimiento. Cabe recordar que este movimiento surgió de una sentida necesidad electoral y de urgencias políticas de muy diverso tipo.
Peñalosa parece revivir la experiencia de la “ola verde” que hace cuatro años recogió el malestar y la esperanza de un electorado independiente.
En efecto, el motivo inicial para crear la Alianza fue el temor del Partido Verde de no alcanzar el umbral del 3 por ciento, y su necesidad de encontrar un socio electoral importante. Este fue el movimiento que acompañaba al entonces alcalde Petro: Progresistas. Antonio Navarro y otros líderes cercanos a unos y otros auspiciaron la unión, con el argumento de que existía el espacio para una tercería.
La negociación se facilitó porque varios fundadores del Partido Verde habían sido militantes de la desaparecida Alianza Democrática M-19. La alianza se logró entonces, aunque se oyeron voces de desacuerdo entre las varias vertientes que conformaban el Partido Verde, incluidas las de Peñalosa. Al final, la necesidad de superar el umbral obligó a dejar de lado diferencias de todo tipo, y solo quedó pendiente la fórmula para elegir el candidato a la Presidencia.
Semanas después y ante la necesidad de definir listas para Congreso, Navarro desechó la idea de una precandidatura a la Presidencia y encabezó la lista de la Alianza al Senado. Allí entraron miembros del Partido Verde que no fueron cooptados por la coalición de gobierno, pero se abrió espacio a los Progresistas y a figuras independientes como la hoy senadora Claudia López- analista política.
La decisión de Navarro parecía abrirle paso a la candidatura de Peñalosa, pero las decisiones de la convención del partido fueron respetadas y se produjo la consulta popular del 9 de marzo, con Peñalosa, John Sudarsky y Camilo Romero como precandidatos.
El respeto de las reglas y la consulta misma dieron réditos políticos a la Alianza, aunque los contendientes dieran muestras de indisciplina al señalar que en caso de perder no apoyarían al candidato ganador: esto parecía desvirtuar la consulta, salvo porque los dos rivales de Peñalosa tenían muy poco peso electoral.
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Los ires y venires de Peñalosa
Enrique Peñalosa es un caso emblemático de un político que se autoconcibe como protoindependiente, pero que en la práctica no es más que un tránsfuga con buena prensa. Se le reconoce, también, haber hecho una buena gestión en la Alcaldía de Bogotá.
Después de su exitoso paso por la Alcaldía, la carrera política de Peñalosa ha estado, por virtud propia, llena de obstáculos y decepciones, de fracasos y decisiones erráticas. Pero al igual que muchos otros políticos, ha tenido a su favor la corta memoria de los electores y la complacencia acrítica de los forjadores de opinión.
Todos coinciden, eso sí, en señalar los errores políticos y electorales que le han impedido alcanzar varios de los cargos públicos para los cuales se ha postulado. De allí concluyen muchos que “es un mal político pero un excelente administrador”: un verdadero gerente (aunque su historia no sea del todo ajena al clientelismo).
Peñalosa también sonó como posible ministro durante el primer gobierno de Uribe, pero esta opción nunca cuajó. Hijo de un recordado líder liberal cercano a Carlos Lleras Restrepo, Peñalosa retornó a este partido en 2005 durante un corto tiempo y lo abandonó tras darse cuenta de que, según él, este ¡estaba lleno de políticos e intereses!
Incapaz de acogerse a las reglas del Partido (o de un partido), decidió lanzarse como independiente, ignorando que las reglas de la reforma de 2003 castigaban estas aventuras. El y Mockus coincidieron en imprevisión política, perdieron y quedaron sin vigencia electoral aparente.
No obstante, para el proceso electoral de 2010 se reencaucharon en el Partido Verde, y junto con Lucho Garzón y Sergio Fajardo hicieron los acuerdos para la consulta popular de entonces. Ganó Mockus y Fajardo fue acordado para la Vicepresidencia, mientras se daba por entendido que el Partido iría por la Alcaldía de Bogotá con Enrique Peñalosa. Y ya sabemos que pasó con la “ola verde”.
Después de puntear por mucho tiempo en las encuestas, el tercer intento de Peñalosa para obtener la Alcaldía de Bogotá se vio frustrado al aceptar el apoyo del expresidente Uribe, una decisión torpe e innecesaria. En esa decisión lo acompañó Lucho Garzón, pero no Antanas Mockus. Al final, las elecciones las ganó Gustavo Petro.
Después de esta derrota dolorosa, Peñalosa mantuvo una posición crítica frente al gobierno de Petro, y de ahí sus declaraciones contradictorias cuando se conformó la Alianza Verde.
Enrique Peñalosa es un caso emblemático de un político que se autoconcibe como protoindependiente, pero que en la práctica no es más que un tránsfuga con buena prensa.
Su estrategia en 2014
No obstante, algo de la lección parece haber aprendido. Aun sin unas reglas claras para la consulta verde, en esta ocasión Peñalosa se mantuvo en su decisión: respetó los acuerdos surgidos de la convención y renunció a sus convicciones frente al tema. No entró en más discusiones y se acogió a la espera del resultado de la consulta que, claramente, tendría que favorecerlo.
En ese punto, la obstinación de la Alianza Verde por hacer la consulta y la adhesión de Peñalosa a las reglas acordadas condujeron al resultado de más de dos millones de votos y un potencial no solo para pasar a la segunda vuelta, sino incluso, y de acuerdo con algunas encuestas, para derrotar al presidente-candidato.
Para candidata a la Vicepresidencia, eligió a una mujer con experiencia en la educación y de origen costeño, la exviceministra de Educación, Isabel Segovia, quien no parece sumarle votos. Sin embargo, después de casi un mes de su triunfo en la consulta, Peñalosa mantiene el segundo lugar en las encuestas.
Como parte de su estrategia política, Peñalosa parece decidido a mantener silencios que parecen beneficiarle porque le permiten recoger distintos tipos de descontento con el presidente-candidato: el de los sectores cercanos al uribismo, el de los sectores desafectos al sistema y a la Unidad Nacional, pero críticos también de la politiquería mafiosa del uribismo, así como el de los de ese inasible “voto de opinión”.
Por ello, también, parece seguir la consigna de no estar en los debates y no someter su discurso y su programa al escrutinio público. Parece todo lo contrario de lo que se busca con una campaña política y electoral; sin embargo, los hechos recientes parecen confirmar la validez de tal estrategia.
En efecto, hay dos razones importantes para mantener tal actitud hasta cuando sea posible. Primero, esta vez, a diferencia de hace cuatro años, las declaraciones y acciones equívocas y contradictorias, costosas ante la opinión, provienen todas del presidente-candidato. En consecuencia, aunque este tenga innegable ventaja, no logra reflejarla de manera contundente. Todo lo contrario.
Así las cosas, mientras el presidente-candidato parece dar tumbos en su campaña, Peñalosa gana con su silencio y su quietud. Sus discursos están llenos de lugares comunes, suenan antisépticos e incontaminados, y son generalizaciones amorfas que no dicen mucho pero que calan bien para hacer oposición a Santos.
![]() Los precandidatos del Partido Verde, John Sudarsky, Camilo Romero y Enrique Peñalosa. Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil |
¿Habrá llegado su hora?
Aun así, caen sobre su campaña enormes incertidumbres. El silencio le ha permitido mantener acogida entre sectores que lo ven con buenos ojos y como alternativa viable, sobre todo si pasa a segunda vuelta. Pero estas ventajas contrastan con la necesidad de recoger los apoyos de los Progresistas y de los sectores cercanos a Petro y a Navarro.
La cuestión es qué tanto puede mantenerse como ha venido hasta ahora. Resulta difícil que sus declaraciones, discursos y tomas de posición, por neutras y genéricas que sean, no acaben por acercar o alejar a unos u otros, especialmente cuando tenga que precisar sus posiciones frente a temas álgidos.
La cuestión es, también, si no se deja tentar, en medio de la incertidumbre, por otra aproximación al expresidente Uribe para buscar su aval y sus votos. O si, como parece poco probable, da un giro hacia la izquierda. La cuestión es si en la segunda vuelta Peñalosa tendría la claridad para fijar una posición que atraiga y le sume votos, aunque en el gesto pueda perder algunos apoyos.
En síntesis, el dilema es si Peñalosa logrará una estrategia para sumar apoyos entre todos los sectores que quieren vencer a Santos (el “toconsan”) y no giros hacia uno u otro candidato, partido o figura política que acabe por restarle potencial.
Mientras el presidente-candidato parece dar tumbos en su campaña, Peñalosa gana con su silencio y su quietud.
La pregunta es si tendrá, esta vez, la sabiduría para decir lo que toca en el momento apropiado o recaerá en su torpeza habitual en estas circunstancias. Pero, más de fondo, la gran cuestión es qué compromisos aceptará y con quiénes establecerá acuerdos para ganar su respaldo político y electoral, y bajo qué condiciones.
Todo esto, en términos de estrategia electoral, resulta viable, aunque se corren importantes riesgos. Lo que parece más difícil es la eventualidad en la cual tenga que sumar fuerzas políticas para tratar de conformar un gobierno en caso de ganar.
* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México; profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.
Acerca del autor
Andrés Dávila
*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.
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