Reelección de Santos: ¿de la Unidad Nacional al “frente amplio”? - Razón Pública
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Reelección de Santos: ¿de la Unidad Nacional al “frente amplio”?

Escrito por Andrés Dávila

Estos comicios fueron un plebiscito por la paz, una muestra dramática de la  división entre élites tradicionales y emergentes, un llamado a que Santos integre en su gobierno a fuerzas nuevas y diversas. ¿Será que vamos hacia un “frente amplio”?

Andrés Dávila*

Una campaña difícil

Sobre las 5 de la tarde de este domingo 15 de junio, y con la casi totalidad de las mesas contabilizadas, el Registrador Nacional del Estado Civil confirmó el triunfo del candidato-presidente Juan Manuel Santos. Con más de 7 millones ochocientos mil votos, el 51 por ciento, venció a su rival, Óscar Iván Zuluaga, por más de novecientos mil votos.

Culminó así la elección del 49º presidente de Colombia, la cuarta elección que se define en segunda vuelta (que fue adoptada en 1991), y la segunda reelección inmediata desde que fue aprobada en el año 2005. 

La jornada transcurrió con total normalidad y reafirmó la tendencia a una menor afectación de los procesos electorales por los hechos de violencia.

Como era de esperarse en unas elecciones tan reñidas, se registró un aumento de 8 puntos  (de 40 a 48 por ciento) en la participación electoral, lo cual matiza las alarmas  sobre la crisis de credibilidad del sistema político que se encendieron a raíz de la abstención en primera vuelta, pues esta disminuyó del 60 al 52 por ciento.

De entrada vale destacar cuatro rasgos llamativos del proceso electoral que acaba de concluir, y que de hecho fue inédito en otros varios sentidos:

  • No logró atraer a la ciudadanía;
  • Incluyó una intensa “guerra sucia” entre las dos campañas principales;
  • Mostró una ruptura severa entre las elites políticas colombianas, y 
  • Se convirtió en un plebiscito alrededor de la paz.


El ex-candidato presidencial, Oscar Iván Zuluaga.
Foto: Facebook Oscar Iván Zuluaga Presidente

Desinterés y guerra sucia

A lo largo de varios meses y hasta muy poco antes de las elecciones, las campañas no lograron atraer la atención de la ciudadanía, quizás en mucho porque parecía que la reelección del presidente estaba asegurada. Y esta sensación fue reforzada por el resultado de los comicios para Congreso, que confirmaron el predominio de los partidos de la Unidad Nacional.  

La confianza – o la resignación- ante la idea de que las maquinarias de la Unidad Nacional iban a reelegir al presidente obviamente contradice las tesis sobre una crisis de los partidos y del sistema político. Unos y otro sin duda enfrentan retos y dificultades, pero tanto la fatalidad del triunfo anticipado para el presidente como la votación en segunda vuelta  tienen a desmentir estas aseveraciones (Juan David Velasco demuestra el peso de las maquinarias en esta misma entrega de Razón Pública

Y cuando las campañas por fin lograron captar la atención de los medios y de la opinión –  poco antes, durante y poco después de la primera vuelta- lo hicieron a través de acusaciones, denuncias y escándalos. Esta “guerra sucia” se desató y se intensificó especialmente a raíz de la fuerza que fue tomando el candidato de más marcada oposición y que alcanzó a imponerse en la primera vuelta.

Estos hechos coyunturales cambiaron el carácter, el tono y el eje de las campañas hasta  dar la impresión de que los golpes bajos iban a ser el principal argumento para derrotar al adversario.

Una ruptura tan intensa que fue imposible sostener las “conversaciones de caballeros” para resolver las diferencias entre unos y otros.  

Así, una arena política con resultados previsibles (re-elección de Santos, segunda vuelta entre él y Zuluaga), pero a la vez tan fraccionada (con tres candidatos minoritarios luchando por la mitad de los electores), sirvió, simultánea y paradójicamente, para inducir una gran abstención y para dar curso a fenómenos de opinión novedosos y de impacto.

Ruptura entre las élites

El tono de la confrontación, principalmente entre el candidato-opositor y el candidato-presidente, reflejó una severa ruptura entre las élites tradicionales y las advenedizas que han gobernado a Colombia durante los últimos años. Una ruptura que es múltiple y diversa:

  • entre el centro y las regiones;
  • entre la oligarquía bogotana y tradicional, por una parte, y las nuevas élites en ascenso y con pesos regionales específicos, por la otra;
  • entre la modernidad liberal y civilista, y los tradicionalismos anclados en visiones conservadores y militaristas.

Una ruptura tan intensa que fue imposible sostener las “conversaciones de caballeros” para resolver las diferencias entre unos y otros.  Con la salvedad siguiente: que la palabra “caballeros” no tiene mucha cabida cuando se trata de un presidente y un ex presidente que parecen haber roto sus canales de comunicación y que se insultan abiertamente a través de los medios.

Y si embargo santismo y uribismo son dos versiones de la centro-derecha que domina el   panorama político colombiano, y cuyas diferencias han sido atizadas por una figura que no encaja en el molde “normal” de nuestra dirigencia: el ex presidente Uribe Vélez.


El Presidente electo, Juan Manuel Santos con el
Registrador Nacional, Carlos Ariel Sánchez.
​Foto: Presidencia de la República

Plebiscito por la paz

Pero la nota decisiva del proceso electoral fue el haberse convertido en un plebiscito alrededor de la paz.

Y digo “haberse convertido” porque la paz no fue el eje inicial de las campañas. Hacia fines del año pasado o a principios de este año, los diálogos de La Habana habrían podido ser el gran motivo del debate electoral, pero entonces se pensaba que la reelección de Santos era un hecho inevitable. Inclusive durante la primera vuelta, la presencia de cinco candidatos diversificó la agenda y evitó reducir el debate al tema de la paz; pero el avance de Zuluaga fue situando al proceso de La Habana como el asunto más visible, más urgente y donde las diferencias entre las campañas eran más tajantes. Y durante las tres semanas previas a la segunda vuelta, la atención -y la tensión- se volcaron sobre el tema de la paz, con propuestas, anuncios, discursos, debates y alianzas que sin duda marcaron estas elecciones.

Y este fue por supuesto un factor esencial para entender el resultado de la segunda vuelta. Tal como en 1982 y en 1998, la paz fue el eje de la contienda y el tema que produjo la inflexión en las preferencias de los electores entre la primera y la segunda vuelta.

Hacia un frente amplio

Y sin embargo este plebiscito por la paz da origen a una situación particularmente desafiante e interesante para el segundo gobierno de Santos.

El modo como el presidente-candidato logró revertir una derrota electoral en la primera vuelta podría analizarse desde distintos ángulos: el de marketing político, el de las estrategias de campaña, el de la publicidad, el de los discursos, los debates y hasta las entrevistas. Y por supuesto que los varios asesores y dirigentes de la campaña reeleccionista reclamarán para sí la victoria.

Pero aquí importa anticipar en algo el escenario que encontrarán el presidente reelecto y su segundo gobierno. Varios factores ameritan análisis cuidadosos. En términos de gobernabilidad, vale la pena hacer cuatro anotaciones:

1) Santos podrá mantener una coalición mayoritaria en el Congreso, aunque menos aplastante que la del período previo y con una oposición consistente y permanente en cabeza del Centro Democrático, de algunos parlamentarios conservadores y de los otros partidos que se les sumen.

Tal como en 1982 y en 1998, la paz fue el eje de la contienda y el tema que produjo la inflexión en las preferencias de los electores entre la primera y la segunda vuelta.

Cualquiera sea su número de congresistas, puede ocurrir que esta   bancada se convierta en un obstáculo casi insalvable para aprobar las iniciativas gubernamental; asistiríamos así a una página inédita de control político sobre el Gobierno y del  control de opinión sobre el Congreso.

2) Santos tendrá que renovar su gabinete para atender los compromisos adquiridos a lo largo de este largo proceso electoral. Posiblemente tendrá que romper el talante tecnocrático y bogotano (o de élites regionales tradicionales), así muchas de las tareas que hoy son guiadas por estos personajes estén apenas en gestación o en su infancia.  

3) Respecto de la paz, y para mantener el respaldo tan diverso que obtuvo, Santos tendrá que abrir los diálogos y ofrecer mayor visibilidad y participación a quienes le acompañaron en la recta final. Aunque se ha dicho que el candidato-presidente no ofreció ni puestos ni recursos, una primera mirada al panorama político indica que no solo tendrá que distribuir recursos, sino tomar acciones para cumplir los compromisos adquiridos.

Es aquí donde la coalición de gobierno, con la figura de la Unidad Nacional no resulta suficiente. Tal como afirmó en su discurso de victoria,  Santos tendrá que gobernar para todos y, seguramente, incorporarlos en sus decisiones y acciones. Por eso aquí es también donde la figura de un “frente amplio” – tan querida por la izquierda de Colombia y de América Latina- podría traer un viraje en el segundo  gobierno de Santos.

4) Aun con todas sus contradicciones y promesas fallidas, es innegable que en su primer gobierno Santos le apostó al reformismo, mezclado con muchas continuidades. Pero en su nuevo gobierno, anclado sobre la paz y los sectores sociales que lo apoyaron, Santos tendrá que decidirse, como su tío abuelo en 1938, entre impulsar en serio las reformas modernizadoras e incluyentes que ha prometido, o hacer “la pausa” para contener una reacción anti-reformista violenta y sonora. Obviamente, el desenlace de las negociaciones con las FARC y el ELN son un preludio obligante.

En síntesis, el segundo gobierno de Santos, obtenido tras un difícil proceso electoral, está inmerso en el dilema de ser fiel a un talante oligárquico que, además, se profundizó durante  el primer cuatrienio, o apostar por un cambio reformista de mayor alcance y más duradero.

Por último (aunque sin duda merece análisis aparte), cabe decir que uno de sus primeros grandes desafíos no es externo, sino interno: ¿cómo va a manejar la relación con su nuevo vicepresidente y cómo va a evitar que se cocine una ruptura como la que lo ha alejado plenamente del actual vicepresidente, Angelino Garzón? Amanecerá y veremos

 

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la  Universidad Javeriana.

 

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