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Máquinas de xenofobia: la reveladora semana de Claudia López y Diego Molano

Escrito por Andrés Dávila
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Con sus polémicas declaraciones, la alcaldesa y el ministro de Defensa dejaron ver lo que realmente son. Al parecer tienen más en común que el año de su nacimiento.

Andrés Dávila*

Un par nacido en 1970

Hace tiempo se hablaba de las generaciones y las características generacionales de quienes asumían posiciones de gobierno o de gerencia. Hoy es una noción en desuso, aunque la idea de la ‘generación de la guayaba’ (por el jugo picho en la lonchera), la generación X, la Y, los millenials y los centenials, han recogido algo de lo que esto significaba antes.

Quiero proponer una dura reflexión sobre el poder y sobre una generación en particular: la nacida en la década de 1970. Una generación que celebra medio siglo de existencia y de la cual algunos representantes tristemente nos muestran en varios sentidos lo peor de la humanidad.

Dos de estos representantes, ambos nacidos en 1970, podrían encarnar una esperanza, una posibilidad o al menos una incertidumbre. Pero en tan sólo una semana —incluso menos, en dos días— este par nos mostró cómo el afán de poder, los egos y la ambición llevan a personas inteligentes, preparadas y conocedoras, a ponerse al servicio de eso mismo: la ambición.

Xenófoba, derechosa, autoritaria

Esta semana nos enteramos del bombardeo en Guaviare que habría matado a varios menores de edad. Ante las denuncias, ese ser humano que llaman Diego Molano, ministro de defensa, se refirió a los niños (¿sus niños también?) como ‘máquinas de guerra’.

No salíamos aún del estupor del bombardeo y las declaraciones “humanitarias” del ministro, cuando tuvimos que soportar las —también— humanitarias declaraciones de la alcaldesa de Bogotá. Hablando del tiroteo donde murió un policía, decidió echarles la culpa de la inseguridad a los migrantes venezolanos.

Las mentes ultraderechistas, machistas, patriarcales y misóginas de Colombia consideran que la señora alcaldesa es de izquierda por ser lesbiana y ser verde. Pero ella es fiel a sus principios: es una moralista derechosa en ascenso. Lesbiana sí, pero hasta donde le conviene. Con un ego insoportable que compite codo a codo con el de varios machos capitalinos: Peñalosa, Petro, Mockus…

Y la señora exacerbada, cual Paloma o María Fernanda —quizás con menos errores de sintaxis—, trata de hacer xenofobia fácil. Pero es la alcaldesa: la que nos grita, la que nos regaña a todos, la que desde una superioridad moral que ella misma se concedió, nos gobierna, nos sojuzga, nos maltrata. Y maltrata a los venezolanos, sin prisa, pero sin pausa.

Alcaldesa xenófoba, derechosa, autoritaria. Aunque quiera parecer todo lo contrario. Alcaldesa mentirosa, llena de egos y figuraciones. Quisiéramos seguirte, pero ese ego tuyo nos aleja y nos produce desconfianza. Tú solo crees en ti. Y a la pobre Angélica la usas para eso. Eres un Petro, un Uribe, un Bolívar, empeorados. Porque, además, te crees muy buena.

Ella es fiel a sus principios: es una moralista derechosa en ascenso. Lesbiana sí, pero hasta donde le conviene

Lamento romper la imagen que mi maestro Francisco Leal ha querido mostrar de la doctora López. Un ser así raramente logra encantar a las mentes supuestamente críticas. Si quisiera diagnosticar, diría que es un efecto uniandino: se comen todos los cuentos. Hasta Fajardo les parece inteligente.

La reconstrucción de Colombia, si es que eso es posible y existe como perspectiva, no pasa por ustedes. Ustedes, claudias y sergios y alejandros, son la viva imagen de los hacendados de los que nos hablaba Fernando Guillén Martínez. Dispuestos, claro, a pelearse argumentalmente con esas otras élites en ascenso, las de los uribistas.

Despiadado y sin conciencia

Y aquí aparece, entonces, Diego Molano.

Por lo Aponte, lo supongo boyacense o santandereano; ni idea. Conservador, por supuesto. Preparado, sí. Esforzado, también. Inteligente, supongo. Comprometido, siempre. Como ya dije en otro artículo, ha trabajado durante años por los desplazados, por las víctimas, por el bienestar familiar, por los niños, niñas, adolescentes y jóvenes.

Pero después empieza la bipolaridad (con el perdón de quienes sufren esta tremenda enfermedad). Logra llegar al Concejo de Bogotá y su principal propuesta es el “protestódromo”, que cuando lo describe, no se sabe si habla en serio. Después, en el camino hacia el gobierno Duque, su voz se vuelve la de un extremista. Es defensor de que haya una memoria del conflicto “verdadera”, que corrija la que ha cultivado el Centro Nacional de Memoria Histórica. Es aquí cuando comienzan a aparecer ideas y voces que no se le conocían, aunque es legítimo que las tenga.

Poco a poco se vuelve indispensable para el gobierno. Entra a encabezar la Conversación Nacional con los sectores que se movilizaron en 2019. Luego, por su posición y exposición, acaba siendo referente para hablar sobre la pandemia y, cómo no, se vuelve el contradictor estrella de la alcaldesa López. Hasta que se muere Holmes Trujillo y lo nombran ministro de defensa.

Desde el primer momento, por la presentación patética que hizo Duque para justificar su nombramiento, las cosas no pintaban bien: está calificado para ser ministro de defensa porque nació en el Hospital Militar, estudio en un colegio militar, es hijo de un militar, etc. Así las cosas, Duque podría ser presidente de Zenú…

Y empiezan los horrores. Un civil de piel blancuzca, que con solo ir a Chía se le llenan las piernas de picaduras de pulga o zancudo, pretende mostrarse como un guerrero, el abanderado de la fuerza, el nuevo Bolívar. Hasta que finalmente incurre en que “los menores reclutados son máquinas de guerra”.

A ver, señor ministro, ¿quién te dijo que para que te respeten los casi 400.000 miembros de la Fuerza Armada tienes que ser un despiadado? En verdad, no los conoces. Lo siento. Muchos de esos 400.000 sienten vergüenza por lo que dijiste. E incluso, diría, por lo que eres, dizque su ministro.

Foto: Ministerio del Interior - López y Molano renunciaron a lo que saben por ser más de lo que son, por la favorabilidad en las encuestas.

Pelea de cincuentones

Me doy cuenta de que esta es una pelea de cincuentones de la generación de los años 70. Incluso nacieron el mismo año.

Pero tienen algo más en común: se han labrado su destino, la han luchado, se han hecho a pulso y han sabido sobreaguar en las turbias aguas de la academia, la política y la gestión pública. Y lo han hecho, en general, bien.

Ni Claudia ni Diego califican para delfines, lo cual habla bien de esta sociedad y de ellos dos. Pero faltaría un tercero: el alternativo real, el cincuentón o la cincuentona de izquierda, que seguramente ya murió. Quizás es imposible que exista o que sobreviva en Colombia…

Dicho lo anterior, viene lo lamentable. Una y otro —o uno y otra— son incapaces de ser fieles a lo que han hecho; a lo que han estudiado, construido, experimentado. Ambos cincuentones se venden por un calado. Solo les importan la favorabilidad en las encuestas y las posibilidades de ser algo más de lo que ya son. Esto último, en nuestra sociedad tradicional y capitalista, es comprensible. Hay formas de lograrlo.

Pero una vez que las cosas sucedieron, yo me siento en el deber de denunciarlo. Claudia y Diego, Diego y Claudia: cincuentones fallidos. Prefieren la mentira a la verdad; prefieren aparecer como obscenos a ser fieles a sí mismos. Son capaces de escupir discursos que los pintan como son: seres humanos despreciables. Lo siento, lo siento, lo siento. Pero me reitero: son seres humanos despreciables.

Ambos cincuentones se venden por un calado. Solo les importan la favorabilidad en las encuestas y las posibilidades de ser algo más de lo que ya son

¿Qué nos queda? No mucho. Delfines puros e impuros, que a veces parecen más sensatos pero que, como Rodrigo Lara, suelen ser camaleónicos. Ellos saben cuánto han negado a sus padres asesinados. Y otros delfines, peores, de todas las raleas y de todas las estirpes. O Petro, el ego hecho hombre, lo cual en sí mismo produce náuseas.

En fin, ya viene el 2022 y sin mundial en junio. Veremos qué pasa.

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