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El Partido Verde: entre el umbral, los egos y la reencarnación del M-19

Escrito por Andrés Dávila

Andres Davila RazonPublica

Con el antecedente de la “Ola verde”, la nueva Alianza Verde ha despertado grandes    expectativas y podría alterar el curso de las elecciones presidenciales. ¿Pero podrá superar las tensiones que le imprimen el personalismo y las ambiciones de sus líderes?

Andrés Dávila L.*

Foto: Andrés Arriaga Ola verde, en las elecciones del año 2010.

El  escenario pre-electoral

El proceso electoral de 2014 está en plena efervescencia.

A seis meses de las elecciones para Congreso y a ocho de las elecciones presidenciales hay agitación en todos los partidos, movimientos y liderazgos personales que aspiran a obtener posiciones importantes. En el actual escenario pre-electoral figuran cuatro componentes novedosos y que podrían resultar decisivos:

· Los recientes cambios institucionales, especialmente  la reelección presidencial y el umbral electoral.

· Los posible resultados del proceso de paz que se adelanta en La Habana o hasta la pausa que parece estarse cocinando.

· La candidatura del ex presidente Uribe como cabeza de lista del movimiento Centro Demócratico. 

· La Alianza Verde, un actor que llama la atención por su conformación, sus alternativas, sus candidatos y, sobre todo, por el papel que puede jugar en el desenlace de la carrera por la presidencia y en la conformación del nuevo Congreso. 

La presencia de la Alianza Verde da pie a muchas preguntas acerca de sus características organizativas, de su naturaleza y del lugar que puede ocupar como partido, como propuesta “renovadora”, como tercería y como instancia de soporte para liderazgos en ciernes.

Esta  organización puede jugar, también y de nuevo, un papel importante como un medio para el reciclaje político de personalidades que se han proyectado a nivel nacional desde las alcaldías de las principales ciudades del país y que pretenden mantenerse vigentes.

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Jugar, también y de nuevo, un papel importante como un medio para el reciclaje político de personalidades que se han proyectado a nivel nacional desde las alcaldías de las principales ciudades del país.

El Partido Verde surgió en 2005 como producto de las oportunidades y exigencias de reagrupación que estableció la reforma política de 2003, y empezó a tener presencia nacional desde el proceso electoral de 2010.

En su momento de proyección nacional como alternativa política se pretendió hacerlo pasar como un hecho inédito, como un nuevo fenómeno político en Colombia: una alternativa que desafía a las mayorías establecidas. Con un poco de memoria puede verificarse que eso no era así, que había muchos antecedentes similares: en cada elección presidencial desde 1962 ha habido una disidencia, movimiento o líder que ha pretendido ser esa opción nueva y distinta.

La famosa “Ola Verde” que acompañó la candidatura de Antanas Mockus a la Presidencia de la República agrupó a dos exalcaldes de Bogotá (Luís Eduardo Garzón y Antanas Mockus) y a uno de Medellín (Sergio Fajardo) que buscaban un espacio para mantenerse vigentes en la política. El movimiento  consiguió que su candidato pasara a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2010, aunque finalmente sufrió una estruendosa derrota y obtuvo una pequeña bancada en el Congreso que le permitió mantener un lugar en la escena política. La organización logró también establecer algunas reglas y acuerdos que inicialmente fueron respetados, con lo cual parecía asegurarse que la agrupación ocuparía un lugar relevante en la política colombiana.

 

Foto: Santiago Londoño Uribe
El exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus Sivickas

Fueron novedosos el discurso y la propuesta, anclada en la perspectiva de ser una opción política de centro, con algunos atisbos en lo medioambiental, pero, sobre todo, basado en la figura y el discurso de Antanas Mockus sobre la Cultura de la Legalidad y en slogans que les llegan a las clases medias y a las clases altas urbanas: “No todo vale”, “La vida es sagrada”, “Recursos públicos, recursos sagrados”, más aquella letanía de la derrota electoral: “Yo vine porque quise, a mí no me pagaron”.

Todo esto se conjugaba bien con la idea de una organización política que pretendía ser el “Centro de la Decencia, la Verdad y la Antipolitiquería” y que encontró en las redes sociales un espacio propicio para su difusión.

Reveses, errores y personalismo 

La decisión inicial del Partido Verde de no hacer parte de la coalición de gobierno parecía una medida comprensible, aunque desde un comienzo fuera evidente la dificultad para asumir  una posición coherente frente a un gobierno con amplia favorabilidad y respaldo y cuyas decisiones iniciales mostraban un cambio de estilo y de talante, inesperado pero deseable.

Esta dificultad se hizo manifiesta en el desempeño de la bancada, en la cual más allá de cierta participación de colaboración o relativa oposición, solo se destacarían los propósitos individuales de algunos de sus miembros: la defensa de la niñez, en cabeza de su principal electora, Gilma Jiménez, y la propuesta de cambios al sistema electoral, en cabeza de John Sudarsky.

Después de la derrota de la segunda vuelta en 2010, las elecciones locales y regionales de 2011 representaron un nuevo revés. Los personalismos y los egos de los exalcaldes dinamitaron lo poco que se había logrado constituir como organización:

· El acercamiento del ex alcalde Peñalosa al ex presidente Uribe envió un mensaje de ambigüedad a los electores y la derrota frente a Gustavo Petro fue un gran golpe.

· Los desacuerdos y la renuncia de Antanas Mockus afectaron el espíritu inicial de unidad.

· El triunfo de Sergio Fajardo para la Gobernación de Antioquia no fue el producto de la acción del partido.

· El ingreso de Luis Eduardo Garzón a la coalición de gobierno como funcionario del mega-gabinete de Santos fue otro suceso en contra de la construcción del Partido y de sus posibilidades para mantener el lugar que parecía haber alcanzado con la “Ola Verde”.

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Foto: Marcha Patriótica
Antonio Navarro Wolff

En medio de un pronunciado desdibujamiento, 2013 trajo aún peores noticias: su principal figura con respaldo electoral, la senadora Gilma Jiménez, falleció. Y, en contra de su discurso de cambio, la designación de su reemplazo ha dado pie para pensar todo lo  contrario: que “todo vale” y que, tal vez, algunos “no fueron porque quisieron”, fueron porque “les pagaron”.

En la corta vida del Partido Verde han pasado muchas cosas y todas han estado cruzadas por la presencia, los deseos, ambiciones, expectativas y actuaciones de sus líderes nacionales. Ha sido un partido que reproduce de forma exacerbada el personalismo en la política. O que sirve de sombrilla electoral a los tránsfugas de la antipolítica.

La Alianza Verde

Después de todos estos acontecimientos han surgido nuevos retos. Hay conciencia de la falta que va a hacer su principal figura electoral en el Senado y de la probabilidad de no   obtener el umbral electoral del 3 por ciento, “la guillotina” de todas las pequeñas organizaciones políticas.

En medio de la incertidumbre, se empezaron a buscar alternativas y se llegó a pensar que el partido debía unirse al Partido Social de Unidad Nacional, o a Cambio Radical. Luego vinieron los difíciles coqueteos con Compromiso Ciudadano, el movimiento del gobernador Fajardo que no superó el umbral en 2010, pero que aspira a mantenerse en la lucha. En las primeras aproximaciones el exalcalde Alonso Salazar no aceptó los términos y condiciones para ser el nuevo presidente del partido. Allí siguen, por si acaso.

Los personalismos y los egos de los exalcaldes dinamitaron lo poco que se había logrado constituir como organización.

En las siguientes movidas el partido cambió de referente. Aparecieron Antonio Navarro y el movimiento Progresistas con una propuesta que resulta interesante y tiene acogida en los medios y en diversos sectores. Después de varias semanas de negociaciones, Antonio Navarro y los Progresistas parecen “apoderarse” del Partido. En realidad, encuentran viejos nexos de militancia y lucha en el M-19, y aparece la Alianza Verde, luego de acudir a las normas estatutarias para la toma de decisiones.

Entre tanto, el exalcalde Peñalosa da tumbos y amaga con salirse, entrar, respetar, ignorar, sumar, restar, dividir. Al final, lo errático e inapropiado de sus decisiones es interpretado por algunos como una estrategia (sin saberse muy bien para qué). En una línea semejante, el exalcalde Garzón prefiere las mieles de la burocracia, por lo cual quedaría por fuera del nuevo partido.

Urgencias electorales y ambiciones personales

Después de varias semanas de negociaciones, Antonio Navarro y los Progresistas parecen “apoderarse” del Partido. ​

En este momento  siguen sin definirse el mecanismo y el alcance de una consulta para escoger candidato presidencial. Hay varios motivos de preocupación y muchas incertidumbres:

· Las urgencias electorales, la necesidad de superar el umbral y la búsqueda de escaños en el Congreso dan el cemento apenas suficiente para mantener los acuerdos. Por el contrario, los desafíos de la elección presidencial podrían poner en evidencia la enorme fragilidad de lo conseguido.

· Fajardo, o mejor, quienes lo representan (para que no lo vayan a sancionar por participación en política), se mantiene afuera, seguramente a la espera de que sus acciones de negociación suban de precio.

· Peñalosa permanece adentro y afuera, tal vez porque entendió que si no tiene partido no existe política y electoralmente.

· Navarro sigue apostando duro y coquetea con el Polo Democrático, a sabiendas de que es la única oportunidad para ocupar un lugar en el espacio político: el centro está lleno de Unidad Nacional y la derecha del Uribe Centro Democrático.

El umbral, entonces, se presenta como una barrera que, sí o sí, hay que franquear. Con seguridad será el factor clave que los mantendrá unidos.

El reto presidencial dispara egos e intereses personales que seguramente frustrarán cualquier intento de negociación. En una actitud de fe, más que de cálculo político, unos y otros esperan que se haga el milagro: que otra “Ola Verde” aparezca mágicamente en el horizonte y les de vigencia en la contienda. La mala noticia es que, en la historia electoral de Colombia, ninguna alternativa ha logrado ese efecto: ni el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) en la década de 1960, ni la Alianza Nacional Popular (ANAPO) en la década de 1960-1970, ni el Nuevo Liberalismo, el propio M-19, o Noemí Sanín, en décadas posteriores.

Varios de los que se sumaron con convicción a la “Ola Verde” expresan con nostalgia, dolor y rabia su decepción. Y con esto de los egos y la reencarnación, el efecto del umbral puede no ser suficiente para mantener la mínima cohesión.

En un cierto sentido, esto parece más bien una película de zombies

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México,  profesor asociado y director de la Maestría en Estudios Políticos de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

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