Inicio TemasPolítica y Gobierno Sin prestigio, ni gobernabilidad: ¿podrá Duque recomponer el camino?

Sin prestigio, ni gobernabilidad: ¿podrá Duque recomponer el camino?

Escrito por Andrés Dávila

Andres_Davila_RazonPublica.jpg - 19.17 kBLa renuncia del ministro Botero es apenas la punta del iceberg de los problemas que enfrenta el Gobierno Duque, en especial en materia de seguridad y defensa.

Andrés Dávila *

Gobierno en crisis

El ministro de Defensa, Guillermo Botero, renunció cuando estaba claro que iba a prosperar la moción de censura para destituirlo.

Su renuncia añadió otro descalabro a un gobierno que se ha caracterizado por ir de tumbo en tumbo y que afronta un cierre de año traumático. En lo que sigue, quiero discutir las implicaciones políticas e institucionales de la renuncia de Botero, en un contexto de desprestigio y baja gobernabilidad.

Pese al triunfo indiscutible de Iván Duque en la segunda vuelta, desde el comienzo fueron evidentes las dificultades que tuvo para asegurar su gobernabilidad. Esas dificultades tienen, al menos, tres explicaciones:

1. Las propias condiciones y características de Iván Duque como líder político. Duque es joven, inexperto y no tiene una trayectoria que lo haga ver como una figura capaz de conducir y aglutinar. A esto se suma la sombra inevitable del “presidente eterno”. En eso, su gobierno contrasta muy claramente con el de sus dos predecesores que, con liderazgos distintos, condujeron la política en sus mandatos extendidos.

2. La ausencia de una mayoría en el Congreso. Pese a que la bancada del Centro Democrático en Senado y Cámara tiene un peso significativo, el presidente ha sido incapaz de crear una coalición mayoritaria que le permita aprobar sus iniciativas legislativas e impedir que prosperen las iniciativas de control político por parte de la oposición —incluyendo, como en este caso, la moción de censura contra sus ministros—.

La falta de mayoría parlamentaria se ha debido a su vez a tres motivos:

  • La errada percepción de los miembros del Centro Democrático (CD) de haber recibido un mandato semejante al que recibió Álvaro Uribe en 2002; esta vez no se trataba de un caudillo aclamado por el pueblo que “arrastrara” tras de sí las listas al Congreso, sino de las curules que obtenía un partido igual que los demás partidos. Cabe recordar cómo la bancada del CD, todavía en el gobierno Santos, quiso vetar la legislación sobre el Acuerdo de paz y cómo al final se les puso de presente que estaban obnubilados. Desde la repartición de presidencias y vicepresidencias o la conformación de las comisiones fue necesario indicarles que ya no tenían aquel poder hegemónico
  • La aplicación del Estatuto de Oposición, que implicó un conjunto no experimentado de reglas para que los distintos partidos, con una representación no tan distante de la del partido de gobierno, pudiesen moverse entre la independencia y la oposición.
  • La decisión de limitar la entrega de puestos y recursos a los congresistas. Se habló de cambiar la relación entre el ejecutivo y el legislativo, pero el cambio implicó dejar “la mermelada”, sin reemplazarla por nada.
Duque es joven, inexperto y no tiene una trayectoria que lo haga ver como una figura capaz.

3. Las reglas autoimpuestas y autoincumplidas en la conformación del gabinete que mostraron el talante y el estilo de un gobierno dispuesto a autodebilitarse.

Duque prometió ministerios con paridad de género, dirigidos por menores de cincuenta años y técnicos. Al menos cinco carteras no cumplieron con esas consideraciones: Hacienda, Interior, Justicia, Trabajo y Defensa.

En su momento, parecía sensato excluir los ministerios más estratégicos de esas restricciones. Pero esos mismos ministerios han sido los más erráticos y han mostrado estar en las manos que no son.

A pesar de todo, de esas cuatro carteras, solo en dos se han hecho cambios significativos, lo cual muestra que el gabinete ha sido excesiva y extrañamente estable, si se tienen en cuenta las dificultades que ha enfrentado.

Puede leer: Iván Duque: un líder prefabricado, un presidente inventado

Los problemas del sector defensa

En el caso del ministerio de Defensa, se nombró a una persona ajena al sector, proveniente de uno de los gremios más reconocidos del país: la Federación Nacional de Comerciantes.

Sin experiencia en el sector público, sin los mínimos conocimientos sobre el sector que quedaba a su cargo y sin la mínima intuición para tomar una decisión o dar una declaración pública acertada.

Uno de sus pocos aciertos fue haber mantenido una de las viceministras que viene del Gobierno Santos y que ha evitado que la situación crítica empeore. Con experiencia y rigor, su viceministra ha permitido que la tremenda maquinaria de ese ministerio se mantenga a flote, pese a los delirios y torpezas de quien tenía que conducirlo.

En todo caso, en el sector de seguridad y defensa hay problemas de fondo, que van más allá de un ministro incompetente. Esos problemas son producto, al menos, de tres factores:

1. La persistencia y relativa intensificación del conflicto armado. Las cifras al respecto se mantienen bajas si se lo compara con períodos, como finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, o finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Pero en los últimos años el conflicto se ha vuelto a intensificar, entre otras cosas, por:

  • El aumento en las hectáreas sembradas con hoja de coca;
  • Una serie de regiones sin control estatal;
  • Grupos de población particularmente victimizados, como los líderes sociales, los de restitución de tierras, los de derechos humanos y las víctimas más inocentes: los niños, niñas y adolescentes reclutados por la fuerza a lo largo y ancho del territorio nacional que mueren por decenas en los bombardeos.

2. La negación del conflicto. De forma torpe y ahistórica, el Gobierno se ha empeñado en negar el conflicto armado y en prohibir su mención. Duque ha querido forzar sus acciones a preceptos, prejuicios y a una realidad que no existe.

Además, los sectores más radicales del Centro Democrático acabaron por imponer una cúpula militar que se ha extraviado en un cúmulo de errores y escándalos, que recientemente resumí en esta misma revista. El resultado es un altísimo costo reputacional y la pérdida del norte para sus cientos de miles de hombres.

En el sector de seguridad y defensa hay problemas de fondo, que van más allá de un ministro incompetente.

3. Tensiones en la cúpula militar. El país y los sectores más conservadores, incluidos los de la izquierda tradicional, no se han dado cuenta de que la negociación con las FARC en La Habana fue exitosa por incluir de manera estructural y definitiva a los miembros de la Fuerza Pública.

Lo difícil de ese proceso no era lograr que una guerrilla disminuida y que había sido objeto de duros reveses políticos y militares aceptara el desarme, la desmovilización y la reinserción, reintegración o reincorporación. Lo realmente difícil era lograr que la cúpula militar y policial entrara en la negociación. Logrado eso, con todas sus contradicciones y paradojas, la Fuerza Pública trabajó durante casi diez años en alistarse para una nueva realidad, unas nuevas tareas, unas nuevas funciones.

Doctrinalmente el proceso surtió varias etapas y operacionalmente se alcanzó a sentir en varios aspectos clave, incluido el de aceptar la justicia transicional y el “deber de memoria”. El más visible para las élites fue el de no seguir con las campañas de “lavado de conciencia” navideña “por los héroes de la patria”. Como consecuencia del Acuerdo de paz, ya no había cientos de soldados y policías en procesos de atención en salud y rehabilitación.

Pero, de forma terca, el actual Gobierno insistió en conformar una cúpula militar de troperos (en realidad, de inspectores), con los militares que no se “santificaron” durante el Gobierno de Juan Manuel Santos. La Fuerza Pública es compleja y está conformada por muchas personas, oficiales, suboficiales y soldados. A diferencia de lo que afirmó la senadora Maria Fernanda Cabal, la anterior cúpula no era cobarde ni inservible: simplemente, no estaba dispuesta a asesinar porque sí y acabar en la cárcel. La actual, ¿sí?

Lea en Razón Pública: ¿Por qué no te callás? Recomendaciones para el ministro de defensa

Corregir el rumbo

En fin, cabe señalar que Botero no fue la primera persona sin experiencia en el sector que llegó al cargo de ministro de Defensa, pero sin duda lidera de lejos los ránkings de incompetencia, ignorancia y estupidez. Un país como Colombia no puede darse el lujo de tener un inepto en una posición estratégica. Y sostenerlo tanto tiempo es un costo que debe asumir el presidente. Lo mínimo, para el futuro, es que escoja un ministro capaz.

Cabe destacar –y el hecho no es menor- que, en medio de esa debilidad, incongruencia, falta de sentido común y de mínimos de gestión, el ministerio y la Fuerza Pública no hayan caído más. Hay profesionalismo y compromiso, pero ellos necesitan de dirección y claridad. ¡Depende de usted, presidente!

* Politólogo, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, México. Actualmente, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

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