Petro entre la dignidad y la indignidad | Razón Pública 2025
Foto: Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia

Petro entre la dignidad y la indignidad

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Petro es, al mismo tiempo, un animal político excepcional y un presidente que provoca e indigna. Tres miradas al dirigente que desafía a Colombia y a sus elites sin detenerse en formas ni protocolos.

Petro como Petro

No soy petrista. Voté por Petro en 2022. No me cae bien. Me parece arrogante y egocéntrico. 

Sin embargo, lo veo más allá de los afectos y preferencias: veo a un animal político, como lo son Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos, César Gaviria, Andrés Pastrana, Ernesto Samper y una larguísima lista de otros. Claro, son animales políticos distintos, pertenecientes a especies diferentes.

Algunos, como Petro y los dos primeros de la lista, se consolidaron como líderes a partir de sus gobiernos y comparten un rasgo llamativo: fueron tránsfugas en su carrera política. Ejemplarmente tránsfugas. 

Pero también, y de manera paradójica, Petro y Uribe comparten rasgos caudillistas y populistas: ambos adoptan decisiones de manera personalísima y construyen formas de relacionamiento propias con líderes, sectores, fuerzas y organizaciones. 

Para dolor de sus seguidores, se parecen más de lo imaginado. Por eso se repelen. Ya le pasaba a Uribe con Chávez: se parecen tanto que no se soportan.

Petro y la sociedad colombiana

Para la sociedad colombiana, Petro presidente fue un verdadero desafío. 

Con el lastre de un rechazo permanente de vastos sectores de las élites tradicionales y de aquellos once millones que prefirieron votar por Rodolfo Hernández, la cuestión era cómo se perfilaría en la opinión pública.

Las primeras señales fueron, para muchos, esperanzadoras: nombramientos con cierta solvencia, un discurso de posesión calculado y un medido uso de los símbolos. 

Para la variopinta multitud que asistió a la posesión en Bogotá o la siguió por televisión, esos gestos confirmaban la llegada —por fin— de un gobierno de izquierda en el nivel nacional. A lo sumo había experiencias en alcaldías o gobernaciones, con balances desiguales. La felicidad del triunfo se mezcló con un convencimiento esperanzado en el cambio.

Pero pronto aparecieron los primeros nubarrones. Y los opositores los explotaron con intensidad. Se trataba de rasgos que muchos ya habían observado en su gestión como alcalde de Bogotá: incapacidad para cumplir una agenda juiciosa de trabajo y dificultad para armar un equipo estable, eficaz y ordenado.

A eso se sumaron nuevas crisis: solicitudes de renuncia de ministros, ruptura de coaliciones trabajadas con esfuerzo, llamados a la calle y los primeros escándalos de corrupción que involucraron a su hijo, a su hermano y a funcionarios cercanos.

Dos escenarios terminaron por concentrar la atención. El primero, su cuenta de X, que pasó de ser un instrumento ocasional a convertirse en un dispositivo de provocación permanente. El segundo, sus discursos públicos: en Naciones Unidas, en eventos gremiales, en tarimas improvisadas o en el balcón de la Casa de Nariño.

Otros dos rasgos completan el cuadro. Por un lado, la insistencia en sacar adelante sus reformas, aunque ello significara pelear con Congreso, cortes u órganos de control. Nunca llegó a violar de manera concreta la Constitución ni la ley: lo suyo era más el discurso y la forma.  Por otro lado, la tendencia a lanzar iniciativas inesperadas e improvisadas, como la del “poder constituyente”.

Cada sector se reafirmó en sus convicciones. Los opositores endurecieron su rechazo y la crítica al presidente se volvió cada vez más descalificadora. Se cuestionó su salud, sus adicciones, incluso su vida personal, como ocurrió con los rumores de su visita a Panamá.

La vicepresidenta Francia Márquez había sufrido antes esos ataques por ser mujer, afrodescendiente y de origen popular. Petro se convirtió en blanco de un trato similar, amplificado por medios, opinadores, gremios y exfuncionarios.

A pesar de todo, el petrismo, la izquierda y una parte importante de sus votantes se mantuvieron firmes. Su favorabilidad, que había superado el 60 %, nunca bajó del 30 % y se estabilizó entre el 35 % y el 40 %.

Foto: Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia

Petro versión 2025

El 2025 ofrece un panorama llamativo. 

Petro ha hecho un cambio concreto e innegable: dio voz a sectores excluidos y llevó a la izquierda a la presidencia. 

Terco por el cambio, poco dado a protocolos y coherencias, ha consolidado un estilo propio.

Al menos cuatro rasgos definen a este Petro reciente.

  1. La cuenta de X como herramienta de gobierno

Petro convirtió X en una plataforma para imponer agenda. Sus mensajes no solo alcanzan a seguidores: logran que medios, opinadores, políticos, gremios y diplomáticos hablen de él, casi siempre mal. 

El episodio en que ordenó —por X— no recibir colombianos esposados enviados por el gobierno de Donald Trump mostró hasta qué punto usa la red para provocar reacciones.

  1. El reality de los consejos de ministros

La transmisión en directo de un consejo de ministros marcó la entrada de Armando Benedetti al círculo más cercano del presidente. Ese reality fijó la agenda por semanas y generó reacciones exacerbadas. 

Hubo debates jurídicos sobre la legalidad de la transmisión y sobre su carácter de alocución presidencial. Pero el efecto político fue claro: Petro volvió a imponer el tema del día.

Hoy ya es costumbre saber que los martes habrá reality gubernamental. Para sus críticos, una práctica cuestionable; para Petro, una estrategia eficaz para mantener la atención.

  1. Las movilizaciones en horario triple A

Los eventos públicos y manifestaciones, transmitidos en directo en horario estelar, han servido para reforzar la idea de respaldo popular. Sus opositores lo acusan de recurrir a viejas prácticas clientelistas (lechonas, transporte, contratos). 

Para el petrismo, en cambio, son demostraciones de fuerza y legitimidad.

  1. El discurso internacional y la indignidad

El discurso en la Asamblea de Naciones Unidas y el perifoneo en una calle de Nueva York fueron recibidos como una muestra de dignidad y valentía para sus seguidores: Petro denunció el genocidio y se atrevió a intervenir en la política interna del “imperio”. Para sus críticos, fue otra indignidad imperdonable.

Entre la dignidad y la indignidad

Hoy Colombia vive en la paradoja: entre las indignidades que se le atribuyen a Petro y la indignación exacerbada de sus opositores. Lo que es claro es que Petro ha logrado lo que pocos presidentes: ser centro constante del debate nacional e internacional.

La pregunta es hasta dónde podrá sostener esta estrategia y con qué efectos. Lo seguro es que no se detendrá aquí.

Le recomendamos: Petro, entre la hegemonía y la herejía

Acerca del autor

Andrés Dávila
andresdavila@razonpublica.org.co |  + posts

*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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Andrés Dávila

*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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