
La séptima
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Colombia logra su séptima clasificación al Mundial y abre un debate sobre fútbol, política y sociedad.
Un numero cabalístico
La historia de Colombia parece atada a la séptima.
Al menos, a la carrera Séptima en Bogotá, su capital. Recuerdo a una politóloga que propuso estudiar su significado en la política colombiana. Como suele suceder, algunos politólogos preguntaron: ¿y dónde está la ciencia política?
Afortunadamente, otros respondieron que allí han sucedido demasiados hechos políticos. No en vano, la Plaza de Bolívar, el Palacio de Justicia, la Casa de Nariño y muchos otros lugares significativos en la vida política quedan en la Séptima o están asociados con ella.
Ha sido, también, escenario de magnicidios, movilizaciones, protestas y eventos con repercusión política, e incluso ruta de símbolos de poder, como el Papa Francisco en 2017 o los Urutú de ida y regreso del Palacio de Justicia en noviembre de 1985.
¿Cómo podría un politólogo abstenerse de añadir que la séptima papeleta fue el comienzo y el vehículo para el gran revolcón que hoy se conoce como la Constitución del 91?
La séptima clasificación
El motivo de este escrito no es la calle bogotana ni tampoco la Constitución, sino la séptima clasificación de Colombia a un Mundial de Fútbol masculino de mayores, 96 años después del nacimiento de esta competencia.
Con el triunfo sobre Bolivia por 3 a 0, Colombia confirmó su presencia en el Mundial de 2026 que se jugará en Canadá, Estados Unidos y México con 48 participantes. Esta séptima clasificación es una buena excusa para, como aquella estudiante, ahondar en el sentido, el papel y el impacto de las clasificaciones a los mundiales, y de esta en particular.
Primera línea: la historia futbolística
Colombia entró con retraso en el mundo de los mundiales. Aunque tuvo fútbol profesional desde 1948, solo participó en una eliminatoria en 1957, contra Uruguay y Paraguay, para el Mundial de Suecia 1958.
Clasificó en 1962 al superar a Perú (1–0 en Bogotá y 1–1 en Lima). Bolivia, inicialmente incluida en el grupo, no participó. Entre los estertores de El Dorado y el renacimiento del fútbol, con figuras como Delio “Maravilla” Gamboa, se alcanzó la clasificación bajo la dirección de Adolfo Pedernera.
En la década de los sesenta se resolvió la división entre Adefútbol y la Federación Colombiana de Fútbol. Colombia participó sin éxito en las eliminatorias a México 1970, Alemania 1974, Argentina 1978, España 1982 y México 1986 (que inicialmente había sido otorgado a Colombia en 1974, pero al cual renunció en 1982).
En esos intentos se acudió a diversas alternativas: técnicos yugoslavos como Toza Veselinovic (1974) y Blagoje Vidinic (1978); argentinos como Carlos Salvador Bilardo (1982); y colombianos como Francisco Zuluaga (1970) y Gabriel Ochoa (1986).
En 1987 se escogió a Francisco Maturana como seleccionador nacional y, bajo su conducción, se logró clasificar al Mundial de Italia 1990. Cuatro años después, en compañía de Hernán Darío Gómez, Colombia volvió a clasificar, esta vez a Estados Unidos 1994, tras el histórico 5–0 contra Argentina en Buenos Aires.
En 1998, “Bolillo” Gómez consiguió el pase a Francia 1998. Superó así el fracaso del 94 y el asesinato de Andrés Escobar. Después vinieron los fracasos con técnicos colombianos (García, Maturana, Rueda, Pinto, Lara) en las eliminatorias a 2002, 2006 y 2010.
Tras la salida de “Bolillo”, en 2011, Leonel Álvarez dirigió tres partidos. Colombia volvió al Mundial en 2014 (Brasil) y 2018 (Rusia), de la mano del argentino Pékerman. Pero Colombia se quedó por fuera en 2022 (Qatar), bajo Queiróz y Rueda.
Ahora, con otro argentino, Néstor Lorenzo, se logró la clasificación a 2026, con expectativas que van de ser finalistas a “ir de paseo”. Periodistas, expertos y aficionados toman posiciones que, al final, veremos cómo se cumplen y qué repercusiones tienen.

Segunda línea: política y clasificaciones
Sin que haya causalidad política, vale la coincidencia: solo gobiernos liberales o de centroizquierda han coincidido con las clasificaciones a los mundiales (Lleras Camargo, Barco, Gaviria, Samper, Santos x2 y ahora Petro).
Ni Belisario, ni los Pastrana, ni Uribe, ni Duque. Es una coincidencia, pero no sobra tenerla en cuenta, aunque sea como agüero futbolero.
Las reacciones a las clasificaciones también son parte de la historia. En 1961, el partido en Bogotá se jugó a estadio lleno, y el de Lima se siguió por radio. La clasificación fue celebrada con recibimientos y reconocimientos.
En 1989, el triunfo ante Israel desató celebraciones desaforadas. En 1993, el 5–0 contra Argentina dejó casi cien muertos en Bogotá, en un país con altísimos homicidios. El presidente Gaviria condecoró al equipo con la Cruz de Boyacá, y los jugadores recién condecorados pidieron la libertad de René Higuita.
En 2013 la clasificación se vivió con esperanza moderada, y en 2014 se alcanzó un honroso quinto lugar. James Rodríguez fue goleador y ganó el premio Puskas. En 2018, el famoso “Pacto de Lima” con Perú dio paso a una celebración contenida, más de alivio que de euforia.
Tercera línea: la clasificación actual
Un primer asunto, solo para molestar: esta clasificación también se da en un gobierno de izquierda.
Durante la eliminatoria, Barranquilla se reafirmó como sede. Allí, los turistas pagan cifras inimaginables por las boletas y la ciudad obtiene beneficios económicos. Pero en el estadio no se siente una verdadera hinchada: es más una experiencia de consumo que un fervor futbolero.
En varios momentos se escucharon gritos de “Fuera Petro” e incluso hubo maltrato a la hija del presidente. Pero en la fecha de clasificación frente a Bolivia esos cánticos no aparecieron.
Otras ciudades, incluida Bogotá con nuevo estadio, reclaman la sede de la selección, soñando con beneficios económicos. Se olvida que, en épocas difíciles, ni las tribunas se llenaban. Seis de las siete clasificaciones han sido con Barranquilla como sede. Bogotá nunca funcionó; Medellín y Cali tampoco dieron resultados. La decisión no es solo futbolística o económica.
Paradójico: esta clasificación casi no se celebró. En medios y redes abundan críticas al equipo, a los jugadores y al técnico. Tal vez pasamos de no saber perder a no saber ganar. Ni apoyo absoluto, ni rechazo total: un síntoma de un país sin mensajes claros.
¿Y ahora qué?
La clasificación abre interrogantes que van más allá del fútbol. ¿Cómo nos irá en el Mundial? ¿Cómo serán las próximas eliminatorias? Son preguntas futboleras, sí, pero también sociales y políticas. Igual que las elecciones de 2026, son impredecibles.
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Acerca del autor
Andrés Dávila
*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.
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