¿La hora del balance?: lo nuevo y lo viejo en la coyuntura actual - Razón Pública
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¿La hora del balance?: lo nuevo y lo viejo en la coyuntura actual

Escrito por Andrés Dávila
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En el último año han ocurrido una serie de hechos novedosos para el país que pueden entenderse mejor si se contrastan con los procesos de largo plazo.

Andrés Dávila*

Entre lo nuevo y lo conocido

Después de dos meses de movilizaciones sociales, en medio del agravadísimo tercer pico de contagio por COVID-19, es urgente hacer un balance sobre lo que viene para el país en el corto y el mediano plazo.

En la realidad colombiana actual, los hechos recientes han exacerbado, en sus peores manifestaciones, los rasgos más arraigados. Contrastar lo reciente con lo viejo puede servir para fijar una distancia analítica, muy necesaria en este océano de ánimos exaltados y reacciones inmediatistas.

En todo caso, la pregunta del título no se debe olvidar. ¿Será que estamos en el momento adecuado para hacer este balance? ¿Cómo analizar la situación actual sin anhelar un deber ser irreal o pensado desde el deseo?

La pandemia

Desde marzo de 2020, Colombia ha vivido una serie de fenómenos relativamente nuevos. El primero es, sin duda, la pandemia y sus efectos devastadores sobre la economía, la salud pública y, en general, la vida en sociedad.

Desde su comienzo, la pandemia y nuestra respuesta a ella han ido cambiando de forma impredecible. Hoy, después de quince meses de medidas más o menos fuertes, racionales y efectivas, estamos en el pico de contagio más grave y extendido que ha sufrido el país. Y, aunque la vacunación aún no llega al ritmo esperado, el gobierno nacional y los gobiernos locales decidieron reabrir todas las actividades.

No quiero sugerir que no haya razones para adoptar esta decisión, algunas más presentables que otras. Pero no deja de ser llamativo que hayamos pasado tan rápido de una cuarentena estricta a vivir al borde del abismo, con un sistema de salud a punto de colapsar y niveles de contagios y muertes que hace un año nos parecían escándalosos y aterradores en Italia, España, Estados Unidos y Brasil. Parece que el contagio y la muerte por COVID-19 son percibidos ahora como males inevitables y normales.

En la realidad colombiana actual, los hechos recientes han exacerbado, en sus peores manifestaciones, los rasgos más arraigados

Foto: Alcaldía de Bogotá - Fue inusual el tipo de diálogo que se intentó adelantar y en el cual las cartas de ambos lados parecían jugar a no negociar.

Aunque el descalabro económico producido por la pandemia sea novedoso, la respuesta conservadora, moderada y cuidadosa del gobierno ya es conocida. Fue novedoso que un gobierno encendiera la mecha de la crisis social con una propuesta de reforma tributaria –lo que sin duda dejará al actual gobierno como uno de los peores de la historia del país–, pero ya es conocida nuestra capacidad de recuperarnos más o menos rápidamente: tanto la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo (Fedesarrollo) como el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) tienen cifras que permiten augurar que la recuperación y el crecimiento económico no están muy lejos. ¿Serán ciertas?

Las protestas

A lo anterior se suman las movilizaciones sociales que en el último año han tenido características nuevas para Colombia, entre otras:

  • El carácter masivo, diverso y extendido a muchas regiones y lugares de las grandes ciudades;
  • La capacidad de mantenerse más de un mes, aunque para estas fechas la protesta ya esté bastante debilitada; y
  • La importancia de los conciertos, danzas y otras manifestaciones artísticas y culturales.

También es novedosa, aunque parcialmente, la fuerte y constante presencia de los jóvenes. Hasta ahora, solo los estudiantes universitarios habían tenido experiencias de movilización social. Hoy, protestan jóvenes muy distintos entre sí: “Ninis” –que no estudian ni trabajan–, estudiantes, trabajadores, desempleados, etc.

Sobre la duración, hay que aclarar que es posible que las movilizaciones rurales de años pasados, como las de los cocaleros o el movimiento campesino, hayan durado más que la actual. Pero es novedoso el carácter urbano, que muestra enorme diversidad y complejidad en la configuración y desarrollo de la protesta social.

Pero también hay otros elementos de vieja data en las movilizaciones del último año. La criminalización de la protesta y la represión excesiva, violenta y vulneratoria de derechos humanos ya son conocidas. Como antes, esto solo suma rechazo, odio, desconfianza y pérdida de legitimidad a la Policía, el gobierno nacional y los gobiernos locales. Es novedosa la utilización de algunas armas de reciente adquisición, pero estructural el mal uso de las llamadas armas no letales y de las de dotación.

También es conocida la estigmatización de la protesta como un acto vandálico, aunque son relativamente nuevos los destrozos a la infraestructura de los sistemas de transporte masivo, los Centros de Atención Inmediata (CAI), los palacios municipales y los bancos. Además, son nuevos los intentos de derrumbar o resignificar estatuas y monumentos, aunque no sea de forma destructiva, como lo ejemplifica el caso del monumento a Los Héroes en Bogotá.

Indudablemente, es estructural la respuesta violenta y excesiva contra policías y funcionarios: por ejemplo, ya son conocidas las famosas bombas molotov y “papabombas” y el uso de ácidos. Aunque esto no lo justifique, la agresión y el linchamiento recogen la rabia y el deseo de vengar excesos cotidianos o previos de las autoridades.

Es novedoso y conocido a la vez el uso de armas de fuego por personas no uniformadas ni identificadas oficialmente. Lo nuevo, en este caso, es que estas personas autodenominadas “gente de bien” aparecieron en las ciudades y que fue evidente la omisión de las autoridades.

Es novedoso y conocido a la vez el uso de armas de fuego por personas no uniformadas ni identificadas oficialmente.

Detrás de la violencia más visible, gracias a las redes sociales, sigue en pie una violencia subterránea ya conocida. Obviamente, también son conocidas las cifras dramáticas de muertos y heridos que deja cada jornada de protesta, pero que el país normaliza como parte de su paradójica resiliencia. Y son conocidos, aunque tal vez sin la extensión urbano-rural que esta vez alcanzaron a tener, los bloqueos y los desabastecimientos. Algo de ello ya sabíamos desde 2013.

No sé si es novedoso o conocido el tipo de diálogo que intentó adelantar el gobierno: las cartas de ambos lados parecían jugar a no negociar, pero la movilización estaba mucho más por fuera que por dentro de esas conversaciones. Eso se suma a un hecho conocido: la incapacidad de darle al descontento social un curso político.

Lo político

Es novedosa la impericia del gobierno, acompañada por cierta sevicia y desprecio por aquellos a quienes gobierna. Pero es conocida la sensación de crisis prolongada que se vuelve rutina y la esperanza de que las instituciones que nos rigen aguanten y tengamos elecciones, nuevo Congreso y nuevo gobierno en agosto del próximo año.

Es novedosa la acumulación del poder alrededor de un presidente débil y desconectado, así como la degradación de nuestra democracia. Pero no hay que olvidar que esa democracia, con sus virtudes y defectos, ha superado circunstancias críticas como el agravamiento del conflicto armado y la crisis económica de finales del siglo XX.

También es novedosa la magnitud de la incertidumbre sobre el panorama político. En los análisis actuales se confunde la polarización con la fragmentación, se hacen apuestas sobre fortalezas y debilidades de la izquierda y la derecha, se escriben mil columnas justificando la tibieza, y se usan los casos vecinos, como los de Perú y Venezuela, en comparaciones espurias, como advertencias. Entre tanto, se intentan coaliciones y se suman candidaturas presidenciales. En este punto, el balance es incompleto y no tiene conclusiones, para bien.

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