
¿Dónde está el partido liberal?
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Se repite, con menos frecuencia de lo debido, que los derechos subjetivos y las libertades públicas sólo se aprecian en su verdadero valor cuando se pierden. Las mayorías en las sociedades de masas se ven más interesadas en las cábalas sobre el próximo mundial de fútbol y el tamaño en pulgadas del televisor que desean para verlo. El régimen pensional es otro campo de preocupación, y se entiende su importancia, para las grandes masas de las sociedades modernas. Pero pocas personas por fuera del mundo atormentado de los intelectuales se detienen a pensar en el valor del pensamiento libre, en la felicidad de expresar sus ideas políticas sin ser perseguidos por hacerlo, en la seguridad de su integridad física e intelectual frente a desvíos del poder y, en fin, en el conjunto de derechos y libertades ganados por las luchas de los pueblos en los últimos siglos de la historia.
Los valores de la modernidad están sitiados en el mundo entero. Las generaciones que no vivieron la insania de los nacionalismos, ni la de los colectivismos fascistas o pretendidamente socialistas, parecen haber perdido los anticuerpos contra la barbarie. Por el mundo entero se aprecia el crecimiento de ultraderechas a cuál más toscas y violentas. Para volver a la entrada de esta nota, el conjunto de la sociedad se preocupa por lo perdido cuando los gobiernos dictatoriales ya han copado las instancias del poder. Así, los Putin y los Xinping, los Bukele, los Ortega, los Fujimori y los hermanitos Rodríguez, unos de derechas y otros supuestamente progresistas, pueden perpetuarse ante la impotencia de los ciudadanos desprovistos de instituciones que protejan sus derechos y libertades.
El Partido Liberal Colombiano, que no ha sido un modelo coherencia en la historia política de Colombia, jugó sin embargo un papel de defensor, tímido si se quiere, en la promoción de derechos y libertades públicas. Sus momentos estelares se remontan al radicalismo del siglo XIX y a la república liberal entre 1930 y 1946. Pero Colombia, conservadora y confesional, nunca completó una revolución liberal como las vividas en América Latina a lo largo de la vida republicana. En la mitad del siglo XX se pudo abrir paso lo peor de la derecha conservadora para sumir al país en las violencias encadenadas que ha padecido por un período que ya se acerca al siglo.
Para un pensamiento realmente progresista, resulta anacrónico que se apele al viejo partido liberal como defensa de un orden tutelar de derechos y libertades. Pero, es el pensamiento liberal el que contiene los elementos fundamentales que deben defenderse y preservarse para evitar el predominio de la barbarie reaccionaria que se riega por el mundo.
En este punto se vuelve al título de esta columna ¿Dónde está el Partido Liberal? Se sabe que logra elegir un conjunto de parlamentarios que juegan su papel de aliados de los dueños del poder. Es la suma de islotes clientelistas que sobreviven en la provincia colombiana. Poco se oye de difusión y promoción de los principios que le dieron nombre. Un amigo me dice que tiene 837 directorios municipales, maquinaria que no tiene otro partido colombiano, pero poco parece servir para recuperar la vocación de poder. Vive atrapado en la lógica demencial del sistema electoral colombiano: entre quienes manejan los avales y quienes tienen los votos que hacen posible la ficción de un partido, inmunes a sanciones porque sin ellos no hay partido para mostrar.
El Partido Liberal Colombiano ya no presenta candidatos para la carrera presidencial. El último intento lo hizo haciendo suyo un candidato que no militaba en el partido. El partido no hace propuestas que capten las ilusiones de las masas que antes lo siguieron. Los islotes que lo conforman viven del reparto burocrático y de otros favores que provee el Estado. Es un partido sin horizontes y sin puertos de llegada.
Pero en el alma colombiana todavía persisten sus principios. Esos principios no llenan la totalidad de la parrilla ideológica necesaria para una sociedad contemporánea, pero si contienen los que se necesitan para construir una arena de confrontación política democrática, los que garantizan la preeminencia de derechos y libertades, los que evitan la tristeza de los gobiernos que se mantienen por el terror y la generalización del miedo que hace mudas y grises a las sociedades.
En el pasado reciente, las izquierdas perdieron las conexiones con los principios liberales y se sumaron a los modelos colectivistas del extremo que supuestamente era el enemigo. También los conservatismos de estirpe liberal se desvanecieron. Hoy la demagogia, el engaño, la confusión y la explotación de la desesperanza, predominan en la política. El individuo está apartado de la escena. Una escena que no entiende la relación entre individuo y sociedad como caras de la misma moneda y hunde las sociedades bajo el dictado de tiranos ignorantes, amorales y corruptos. En el mundo de hoy sobran los ejemplos de caudillos y borregos. ¿Podrá resucitar el partido político que con su nombre invoca la libertad?
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
2 comentarios





Soy de origen santandereano, habiendo sido Santander, uno de los departamentos liberales, antepasados míos combatieron en la Guerra de los Mil Días. En mi familia, no hubo ni un solo conservador, todos eran liberales. Nací bajo la presidencia de Eduardo Santos. Estudié en un colegio liberal, el «Gimnasio Moderno» de Bogotá, una de las instituciones educativas donde estudiaban los hijos de los liberales, como la Universidad Libre. Recuerdo el 9 de abril y la violencia. Conocí, gracias a mi papá, personalmente, a grandes figuras del partido como Darío Echandía y Alberto Lleras Camargo. Ni para bien, ni para mal, nada de eso queda. Pero el liberalismo desapareció no solo en Colombia, sino en todo el mundo. El concepto de democracia liberal, nacido de los ideales de la Revolución Francesa, pertenece a la historia. ¿Para siempre? ¿No renacerá?
Excelente artículo. Gracias.