
Tribulaciones y vicisitudes de una paz total
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La Paz Total avanza entre errores de diagnóstico, improvisación estratégica y debilitamiento del Estado frente a actores armados que ya no son los del siglo pasado.
Una paz sonámbula
Las noticias recientes sobre las negociaciones de paz son inquietantes.
- Eliécer Herlinto Chamorro Acosta, a. Antonio García, comandante del ELN manifiesta su intención de retomar (desde cero) las conversaciones rotas con el gobierno desde hace casi un año y continuarlas en el próximo gobierno.
- Las negociaciones con el Estado Mayor Central quedaron atrapadas por la división de esta organización y por los excesos terroristas de la facción comandada por Iván Mordisco.
- Con la Nueva Marquetalia también se afectó el proceso por la división de la misma y el gobierno decidió continuar con una de las partes, la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano.
- Las negociaciones con el Clan del Golfo ya van en Quatar, un traslado que deja más preguntas que respuestas.
Con estas noticias, el diagnóstico no puede ser más deplorable. Pocas veces en la historia se asiste a un proceso político en el que todo se hace mal.
Trae a la mente la comparación con el chalaneo político-diplomático en Europa, previo a la primera guerra mundial. Sin tener la dimensión planetaria de este, el proceso de paz denominado por el gobierno colombiano actual como de Paz Total, dibuja una imagen similar a la presentada por las cancillerías europeas de 1914: Sonámbulos, fue el título escogido por Christopher Clark para su formidable investigación sobre el mes exacto transcurrido entre el atentado de Sarajevo y el comienzo de las hostilidades, y sonámbulo parece ser el proceso de la Paz Total.
Las dos condiciones
Con esa caracterización se dio el comienzo de la Paz Total. El camino a ciegas nació de la idea de un proceso rápido, fundada en la identidad de propósitos entre el gobierno que empezaba su andar y unas guerrillas vistas como parecían ser medio siglo antes. La lógica de esas negociaciones se trastocó a lo largo de todos los intentos por mantener a flote la consigna de una paz obtenida en las mesas de negociación con un conjunto variopinto de grupos armados levantados contra el Estado colombiano. Se comenzó dejando de lado las condiciones básicas de una negociación:
- La primera condición que debe cumplir un negociador al sentarse en la mesa de los intercambios es llegar premunido de capacidades y poderes para prevalecer, o por lo menos equiparar, las capacidades y poderes del adversario que enfrenta.
- La segunda, no menos importante, es el conocimiento del adversario: su poder, sus objetivos, su conformación y su grado de solidez organizativa, sus apoyos y sus recursos.
Ser percibido como un actor fuerte
La primera condición se trastoca en el caso colombiano. Al eludir la definición de la naturaleza de enemigo o adversario del actor que se enfrentará, y pretender que hay identidades profundas entre los supuestos contendores que no justifican darle la consideración de enemigo al otro, se elude, también, la necesidad de confrontarlo.
En el caso de la paz total, predicada por el por el propio presidente como algo alcanzable en tres meses, hizo que el gobierno no viera la necesidad de exhibirse como capaz de doblegarlo. Todo lo contrario, el gobierno se dedicó, desde el primer día, a debilitar sus instrumentos de fuerza, vale decir, los militares y policiales.
Conocer al enemigo
La segunda condición, la del conocimiento del contrario, se disuelve en la indefinición. El gobierno mete en el mismo saco a grupos armados rebeldes de diferentes naturalezas. En ese saco están el clan del golfo y el ELN, las disidencias de las FARC, denominadas Segunda Marquetalia y Estado Mayor Central.
Además de la diversidad organizativa, el gobierno, por lo menos en la fase inicial, identificó a estos grupos con las guerrillas del siglo XX más definidas, en cuanto a naturaleza política, que los grupos de la actualidad.

Errores y más errores
La confusión provocada por la falta de estrategias y planes, el manejo de los desacuerdos sin protocolos estudiados y preparados para afrontar los tropiezos imprevistos, conducen a improvisaciones continuas. El deberse a la opinión pública refuerza la necesidad de construir imágenes que enmascaren las dificultades y eventualmente, el fracaso. Cuando se sobrevalora el daño de una decisión difícil, del tipo suspender o romper una negociación, se pierden las ventajas de tener la seguridad de mantener el control de las situaciones. De nuevo aparece de relieve la seguridad de ser la parte fuerte en la mesa. Esa fortaleza libra al Estado de hipotecar su prestigio y su estabilidad a las maniobras del contrincante.
Estas consideraciones se ven de bulto en el proceso de la paz total. El gobierno teme constantemente quedar expuesto y por eso toma decisiones tras decisiones que no corresponden a las expectativas soñadas. Cualquier cosa sirve, menos replantear la estrategia negociadora desde el principio. Un ejemplo, y qué buen ejemplo, de esa conducta es la manera como se han establecido los ceses de fuego. La urgencia lleva a transgredir las reglas más elementales de una negociación parcial. Los ceses de fuego bilaterales resultan ser unilaterales en la práctica. Las Fuerzas Militares y la Policía Nacional quedan maniatadas y los grupos armados ilegales pueden moverse a su antojo por las comunidades para controlarlas y hacer proselitismo.
Es de Perogrullo que pactar un cese de fuego en un conflicto irregular (conflicto en el que no hay líneas de frente definidas) implica necesariamente una determinación de áreas en las cuales deben permanecer los grupos armados. Así, se equilibran las cargas y se puede verificar el cumplimiento de los ceses de fuego. El desconocimiento de los mínimos da al traste con los procesos, en los cuales el Estado pierde mientras no gane, y el contendor gana mientras no pierda-
El Estado debe conocer bien al enemigo en sus propósitos y objetivos específicos, en su organización, sus relaciones con la sociedad, sus alianzas, sus potenciales de combate y de influencia política. En este sentido la Paz Total falla de manera lamentable. La sola idea de meter en un saco único a los cuatro actores rebeldes, muestra un desconocimiento total de sus naturalezas y de sus tendencias evolutivas.
Los cambios de los grupos armados ilegales entre los dos siglos
Las negociaciones del proceso actual se desenvuelven como si los grupos armados fueran las mismas guerrillas de la segunda mitad del siglo XX: Un ELN castrista que lucha por la revolución socialista y unas FARC con su programa inicial de revolución agraria y antimperialista, que avanza con la intención de construir un ejército del pueblo.
Las realidades del cambio están a la vista y no es difícil identificar los procesos de despolitización de los grupos armados. En realidad, la evolución comenzó desde los finales del siglo pasado. Un primer factor de despolitización tuvo que ver con el ámbito político mundial, cuando el socialismo del modelo leninista se derrumbó. Esa referencia externa era importante porque ilustraba un modelo visible como objetivo. Otro factor, tal vez más poderoso como factor de despolitización, fue el ingreso de las guerrillas al mundo del narcotráfico y a otros negocios ilegales como la minería desregulada. La obtención de dinero facilitó el crecimiento en desmedro de la política y de la necesidad de propagar una ideología. Finalmente, y en conexión con el segundo factor, la criminalización de las guerrillas. Narcotráfico, secuestro, extorsión y reclutamiento forzado, resultaron letales para la moral revolucionaria.
La realidad de hoy se expresa en la competencia de los grupos por la monopolización de los negocios. El ELN y el Clan del Golfo se disputan ferozmente las rutas de salida de la cocaína en el Pacífico. El Catatumbo ha sido escenario de choques armados por el control de los cultivos, por el sometimiento de la mano de obra, el control de los laboratorios y las rutas del tráfico. El ELN ya no tiene los mismos ímpetus combativos de los años 80 del siglo pasado, pero se muestra eficaz en la penetración social y en el control político de áreas. Arauca es un ejemplo de ese modelo. Allí, el control de gobernantes y funcionarios de todos los niveles, da testimonio de la eficacia alcanzada en técnicas de infiltración.
El Estado Mayor Central y la Segunda Marquetalia no ocultan sus ímpetus por el control de las actividades del narcotráfico y por otros negocios de carácter internacional entre Colombia, Venezuela y los mercados externos. Otro cambio notable es la transnacionalización de los grupos armados. El ELN opera en Venezuela como auxiliar del régimen y cumple tareas económicas de importancia, tanto en el narcotráfico como en la minería ilegal. En cierto sentido ya no es una guerrilla colombiana, sino una organización cada vez más venezolana y para una negociación de paz, este carácter cambia las condiciones de las conversaciones. Para sellar la paz con esta organización, se impone una negociación internacional de Estado a Estado.
Caso aparte es el Clan del Golfo, cuya politización es puramente nominal. El gaitanismo es su “razón social” y sus actividades delincuenciales lo conectan con el exterior: la influencia de los carteles mejicanos, que es evidente y el manejo de las migraciones ilegales, actividad visible en el Tapón del Darién. Otra tendencia del Clan es la tendencia a ubicarse en las ciudades grandes de la región caribe. Al narcotráfico, a la trata de personas y a la minería ilegal, le suman ahora la extorsión en áreas urbanas de actividad económica importante.
Las conexiones internacionales de los grupos armados están permeadas por prácticas del Crimen Organizado Transnacional y esta tendencia convierte las negociaciones en una mezcla de práctica política con formalidades de sometimiento a la justicia. Un síntoma inquietante es el uso de la figura de “gestor de paz” como gabela para capos de negocios ilegales y para jefes de grupos armados.
Finalmente, otra característica de los intereses expresados en las mesas de negociación es su concentración en asuntos de las comunidades donde tienen influencia. Es difícil no sospechar que esos intereses se relacionan con actividades económicas regionales y locales. No se oye el lenguaje de otros tiempos, concentrado en los derroteros políticos nacionales. Como expresión del cambio en la naturaleza de los grupos, es un indicador relevante: convierte a los alzados en armas en viudos de una revolución política olvidada. Tal es el destino que los empuja por los caminos del Crimen Organizado Transnacional.
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Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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