Los juicios a la historia, demagogia y tontería - Razón Pública

Los juicios a la historia, demagogia y tontería

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La moda, ojalá pasajera del tribalismo identitario, el último ariete contra la modernidad que ha encontrado el pensamiento de derecha disfrazado como “progresismo”, es una muestra más de la profunda crisis en la que se hunde el pensamiento de izquierda. La moda se extendió primero en los Estados Unidos envuelta en un moralismo extremo que no reconoció su naturaleza anti moderna, ni su capacidad destructora de la solidaridad social y de las identidades más universales que trascienden “tribus y capillas”, esos universales que han sido el sustento de las entidades políticas de la modernidad.

La “corrección política” o escatología del “buenismo” es todo lo que pretende no ser. Cae en la fragmentación de las sociedades, en la instauración de una ética de la intolerancia y lejos de reconciliar a las víctimas de la discriminación con la sociedad entera, las “encapsula” en las celdas de la historia y reproduce, en otro plano, las barreras que antes los separaron.

En ese ambiente sectario, aparecen los juicios a la historia que pretenden sentar en el banquillo a grupos de identidad descendientes de quienes fueron protagonistas de historias susceptibles de ser juzgadas como incorrectas o definitivamente, maldades. Así, no se hace la crítica del colonialismo por lo que significó como explotación y opresión, sino que se pone en el banquillo a los descendientes biológicos del grupo étnico y de la entidad política a la que pertenecieron quienes lo practicaron. Así, un buen hombre de nacionalidad española, militante disciplinado del partido socialista, amigo de un vinillo de cuando en cuando, buen marido y buen vecino, resulta culpable de la destrucción de Tenochtitlán. Todo por tener los genes de antepasados que, para mayor ironía, jamás pisaron América.

Andrés López Obrador, con su infinita capacidad de hacer demagogia, envuelve al Estado mexicano en una polémica absurda y lo secunda su sucesora, étnicamente europea del Este, para exigir que el rey español Felipe VI, un Borbón, pida perdón por lo que pudieron haber hecho Hernán Cortés y Felipe II, un Habsburgo, en el siglo XVI. En ese orden de ideas, debería AMLO exigir que un descendiente de los mexicas, pida perdón por lo que hicieron a los toltecas y a los olmecas, y en general a todos los vecinos, para conseguir la “materia prima” de los sacrificios humanos masivos que exigían sus dioses como extorsión por mantenerlos con vida y como pueblo.

¿El sacerdote azteca era un asesino? ¿O era un hombre que cumplía con un deber sagrado para proteger a su pueblo? ¿Cómo podían entenderlo Cortés y sus tropas? Hombres del siglo XVI, imbuidos de un pensamiento religioso dogmático, inconmovible, con un sentido de la historia y de las sociedades que, por supuesto, no podía ser el de un graduado en antropología de la Universidad Nacional, transmiten su culpa al Estado español de hoy para que les pida perdón a los descendientes de españoles, indígenas americanos y africanos, mezclados todos en el feliz mortero del mestizaje americano, por lo que hicieron entre todos hace 500 años.

Para ponerlo en serio, ¿pueden los valores de hoy presidir un juicio a los hechos de hace siglos, provocados por el encuentro de dos civilizaciones en diferente nivel de desarrollo social, utilería técnica y cosmovisiones que hoy no entenderíamos? Se acusa a Cristóbal Colón de haber empezado un genocidio, pero no se necesita ser historiador sabio para entender que Colón ni siquiera sabía para donde iba. El salió de la Huelva de mis antepasados, con tres cáscaras que mal navegaban (si comparamos con nuestras naves) para buscar las Indias y se encontró con las indias de Guananí indecorosamente trajeadas.

Lo demás es la historia de un encuentro que hubiera podido ser peor si se da entre América y otros pueblos distintos de España y Portugal. Al menos éstos se mezclaron con los indígenas para formar lo que hoy debe ser visto como un fenómeno específicamente americano y no referirlo a identidades externas. No somos españoles, no somos indígenas en buena proporción y tampoco africanos. Somos lo que Vasconcelos, un “facho” que producía buenas frases, llamó la “raza cósmica” (y estamos todavía “en obra”) La cultura si es hispana y lusitana con determinantes tan poderosos como las lenguas y las religiones.

La tontería de un par de dirigente mexicanos debe ser servir de ejemplo para quienes en Colombia se identifican como parte de un “progresismo” que no se entiende ni a sí mismo, para no caer en lo que, al fin y al cabo, es perfectamente reaccionario: la destrucción de la unidad nacional, la sobreestimación de culturas particularistas, y la construcción de una ética política que apela a la fragmentación y al conflicto artificioso por lo que divide y no por lo que nos une como colombianos.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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