
PASAPORTES, IDENTIDADES, NEGOCIOS Y GRATITUDES
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Si alguna gratitud debe expresar un agraciado con estos pasaportes, sería para los Estados español y portugués. Si alguna identidad nueva se les presenta, será la identidad política adicional que alcanzan con el pasaporte. Ningún beneficiado se convierte en judío o en simpatizante del pueblo judío, por esta causa y, entre otras consideraciones, porque tener ascendientes sefarditas, según probabilidades matemáticas, es algo predecible para gran parte de la población de origen ibérico. Pero hacer consideraciones de tipo genético tampoco ayuda para establecer simpatías o antipatías de tipo político con los protagonistas de la tragedia que se vive en Gaza y con la que se vivió en Israel por cuenta de la insania de Hamás.
Más allá del gesto simbólico, apreciable por su valor de reconocimiento, hay motivaciones menos idealistas para la concesión de los pasaportes. El trato entre beneficiados y Estados es también un negocio para las dos partes. A España y a Portugal no les cae mal atraer gentes pudientes, educadas y calificadas. En el otro lado de la cuestión, quien se interesa por obtener una ciudadanía nueva lo hace para obtener beneficios, en este caso un pasaporte comunitario que puede facilitar negocios, viajes de placer, o la facilidad de una educación de excelencia para sus hijos.
Así pues, no hay sentimentalismos, porque quienes buscaron el beneficio no se plantearon el problema de ser judíos antes de la expedición de la ley en España. Cuando Colón sacó las carabelas del puerto y las ancló en la mitad de la bahía, el día anterior al designado para partir, lo hizo para evitar la captura de buena parte de su tripulación de sefarditas (probablemente él también lo era, aunque ya converso) porque esa noche se terminaba el plazo para abandonar España de los remisos al bautismo cristiano. Así comenzó la conversión de América en tierra de salvación y se nos olvidó el asunto, salvo pataletas aisladas en la Inquisición de Cartagena. Conozco a muchos de los que han buscado el beneficio y no recuerdo que alguno de ellos pensara, antes de 2015, que era judío por apellidarse Castro, Santos, Borrero, Rojas, Correa, Cabal o Villegas.
¿A qué viene esta reflexión? El artículo de Santos no debería preocupar, pero dadas las circunstancias de la actualidad, trae implícito el asunto de las identidades que atormenta al mundo de hoy. El pedido de toma de partido en el conflicto entre el Estado de Israel y Hamás, no tiene asidero en una ascendencia remota. La toma de posición depende de ideologías, educación, conciencia histórica, capacidad crítica, afectos y vaya saber uno cuántos factores más. El pedido de gratitud está fuera del cuenco y sólo sería válido frente a los Estados que conceden la ciudadanía.
La confusión entre judaísmo y ciudadanía política debe ser esclarecida. Hay la tendencia, sobre todo en los sectores de derecha, a equipararlos. La “estatalización del judaísmo” lleva a una dificultad muy grande para someter a crítica la conducta del Estado de Israel y la de los gobiernos específicos que la orientan. La crítica al Estado es tomada como anti-semitismo. La asociación de conceptos es ilegítima, pero está establecida en el ambiente y se usa con audacia y agresividad en muchos escenarios de debate.
De paso, “semita” es una categoría imprecisa, pero es otro tema. Para tratar el problema de las tomas de partido, lo racional y sensato sería dejar el asunto en los planos de la política y del derecho. Los escenarios de una decisión relativa a las suertes del Estado de Israel y del pueblo palestino deben por lo tanto, situarse en las arenas del derecho internacional.
La cuestión de Sonia Gómez tiene respuesta similar. Los límites de los derechos de palestinos y judíos no debieron salir del ámbito de las Naciones Unidas. La historia atravesó factores caóticos y hoy toca lidiar con los problemas de un entrecruzamiento de hechos sin remedio: un imperio otomano que se metió en la guerra que no tocaba, un imperio británico que regaló lo que no era suyo, un monstruo criminal gestado en Alemania, unos Estados árabes impacientes y precipitados, un movimiento sionista montado en una profecía auto cumplida, un movimiento palestino hundido en la desesperación y unas identidades políticas, étnicas y religiosas que separan a dos pueblos merecedores de paz, convivencia y tranquilidad.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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