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LOS LIMONES AMARGOS DEL TERRORISMO

Escrito por Armando Borrero

Una de las mejores referencias sobre el terrorismo que puede encontrarse en la literatura del siglo XX, se halla en la novela corta “Limones Amargos” de Lawrence Durrell. La desintegración social que provoca el terrorismo se entiende mejor que en un manual académico sobre la materia: …la tenue cadena de confianza sobre la que reposan las relaciones humanas, se rompe…El terror hace que todos desconfiemos de todos, impide que la comunicación fluya sin malicia y eso es lo que buscan los autores de los atentados. El terrorismo es una violencia para hacer daño. No busca derrotar militarmente a un enemigo, sino chantajear sociedades e individuos. A cambio de no cometer atentados, quiere concesiones para sus pretensiones. El miedo generalizado es su arma. Espera que la reacción de los gobiernos se abata sobre la población y multiplique el efecto.

El terrorismo contemporáneo es mucho más indiscriminado y amoral que el modesto (así nos parece a distancia) de la EOKA en Chipre durante los años cincuenta, el que aborda Durrell. Pero su naturaleza es la misma. El hecho bárbaro del 7 de octubre, su magnitud y su inhumanidad, plantan un desafío al planeta entero. Frente al crimen no caben ambigüedades: el terrorismo se debe rechazar por su sola naturaleza. Sus motivos pueden explicar, pero no justificar matanzas ni destrucciones.

Hoy, Hamas cumple con la condición de esperar que las medidas del gobierno de Israel susciten la unidad de los palestinos, y de contera, la solidaridad mundial. Más allá de la venganza por la opresión y despojo del pueblo palestino, va tras la victoria política ante la opinión mundial. Tiende una trampa para el Estado judío. Los militantes de Hamas están dispuestos a morir en el empeño y no tienen escrúpulos de conciencia por los métodos escogidos. El costo para el Estado hebreo será tremendo. La guerra en las ciudades le ha dado la estocada al derecho internacional humanitario. El mundo sentará en el banquillo al actor estatal. Al otro, poco le importan las consecuencias. Es ese el tamaño de la trampa. Israel no pude evitar cometer, y esta vez en escala mayor, los errores de 1982 y del 2006.

Este cuadro es el que no entiende la diplomacia de twitter que practica el gobierno colombiano. Diplomacia sin orientación, sin conciencia de los intereses del Estado colombiano. ¿Es tan difícil para un mandatario, que se desmarca en solitario, separar y analizar los problemas? Se puede, y se debe, rechazar siempre el terrorismo como inaceptable en cualquier circunstancia; y se puede, y se debe, criticar la política practicada por el Estado de Israel frente a la tragedia palestina. Lo uno no quita lo otro. La hipersensibilidad del gobierno judío, no puede descalificar la posición del Secretario General de la ONU. Es la que prevalece en la opinión mundial y es compatible con el rechazo al horror del 7 de octubre.

Lo que viene para estas semanas es inimaginable. La trampa no se puede eludir. El Estado de Israel no puede abandonar el intento de destruir la fuerza de Hamas y esta organización no renunciará al juego de espejos que ha planteado: su insensibilidad y su vacío moral no lo permiten. Hamas no podía ignorar las consecuencias de sus hechos. Más todavía: la intención era esa, llevar al enemigo a una sin salida  en la que no puede ganar, aún si esa imposibilidad significa el fin de la organización terrorista. Suena tremendista, pero eso es: una provocación ineludible.

En los días próximos el mundo verá el apocalipsis de Gaza. Solamente un milagro, y milagros no hay, puede evitar el choque alimentado por setenta y cinco años de profecías auto cumplidas. Rota la tenue cadena de confianza, se impondrá lo peor que espera cada parte de la otra. Las víctimas serán las más inocentes como siempre. La única salida está en la vuelta a la razón que implica la aceptación de dos hechos: una, que Israel acepte y facilite la constitución de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza, y otra, que los palestinos acepten que el Estado de Israel es un hecho y no cualquier hecho sino una muestra formidable de lo que es la construcción de un Estado.

Discutir sobre lo sucedido en 1948 tiene sentido para la historia, pero no lo tiene para la práctica social de dos pueblos que se encuentran hoy en una estrecha franja, a la cual los mitos religiosos han conferido una relevancia singular. Pero ese es otro tema. La Razón, así con mayúscula, es la clave para saldar un conflicto, que por aquello de la globalización, a todos nos concierne. No es un camino fácil. Hay rabia, desesperación, injusticia acumulada. Hay problemas prácticos por resolver; el más gravoso es la colonización de Cisjordania por el ocupante militar expansionista (¿expan-sionista? ¡la lengua da para juegos!) y se requerirá mucho tiempo para revertirlo. Pero no hay otra salida justa. Es el único camino para restaurar la rotura de la tenue cadena de confianza.

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