LOS EJÉRCITOS DE COLOMBIA: EL TAMAÑO IMPORTA
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LOS EJÉRCITOS DE COLOMBIA: EL TAMAÑO IMPORTA

Escrito por Armando Borrero

Desde la hondura de los tiempos históricos se ha sabido siempre que para sacar adelante una negociación, las partes deben presentarse como capaces de hacer creíbles sus posiciones. Si sólo una de las partes tiene capacidades, lo resultante es la imposición y no una negociación. Célebre es la frase de Theodore Roosevelt speak softly and carry a big stick, you will go far. Por supuesto, no tiene que ser un gran garrote en todos los casos, pero sí tener capacidad para que la contraparte acepte buscar su satisfacción por la vía del diálogo.

Lo anterior viene a cuento por las negociaciones que el gobierno nacional adelanta bajo el lema de la “paz total”. Revive en estos días el viejo debate sobre el tamaño de las Fuerzas Militares. Ese debate es pertinente dada la reducción de efectivos que se puede constatar en el curso del gobierno actual y también porque las tendencias históricas van en el sentido de reducir el personal de los ejércitos de manera correlativa al aumento de la movilidad y de la potencia de fuego. Los ejércitos de masas, al estilo de los que se enfrentaron en las guerras mundiales del siglo XX, ya no son funcionales para la guerra contemporánea.

¿Entonces, por qué Colombia debe ir en contravía de la tendencia universal? La respuesta está en el tipo de conflicto armado que aflige al país. La guerra de guerrillas no se ha ido, y esa modalidad del conflicto armado determina necesidades diferentes de las que generan los conflictos clásicos entre fuerzas regulares. Colombia sufre de un tipo de guerra que ha perdido protagonismo y actualidad, la guerra de guerrillas rurales, alimentada hoy por los grandes negocios ilegales de una delincuencia internacional organizada. En este escenario, son dos las causas que informan la necesidad de ejércitos de gran tamaño.

El primero es la necesidad que se le impone al Estado de proteger todo, todo el tiempo. El segundo es el principio práctico y matemático que reza: un ejército que se dispersa, gasta cada vez más fuerza en seguridad propia. Cuanto más pequeña sea la fracción, más grande en términos proporcionales será la parte destinada a cuidar de su integridad. La dispersión afecta negativamente los principios básicos de “economía de fuerzas” y de “iniciativa” en la conducción de la guerra.

En esta guerra de guerrillas, que pronto podrá ser llamada de “viejo estilo”, se produce una asimetría que obliga al Estado a hacer una tarea compleja de cobertura territorial y de control de población. El sentido común supone ventajas para las fuerzas de mayor tamaño. Pero el mayor tamaño no se expresa en los enfrentamientos puntuales: las guerrillas sólo toman la iniciativa de combatir cuando tienen ventajas tácticas en el lugar mismo del enfrentamiento. Una guerrilla de menor tamaño que las fuerzas del Estado, equilibra el déficit de tropas mediante el manejo de dos factores clave: el espacio y el tiempo.

Las guerrillas se implantan en territorios difíciles de transitar y de copar para las fuerzas regulares. El tiempo se utiliza a favor fijando horizontes dilatados para el logro de sus metas. Sin prisas, buscan los momentos favorables para prevalecer. La guerrilla no se aferra al terreno si eso supone desventaja. Las fuerzas estatales  no tienen las mismas libertades de escogencia. Deben cuidar todo el territorio y toda la infraestructura de transporte y comunicaciones, de generación y trasmisión de energía, proteger la población y asegurar el funcionamiento del gobierno en todos los niveles, nacional, regional y local. Las guerrillas no se ven obligadas a semejante esfuerzo.

Las reflexiones anteriores llevan a entender por qué los Estados puestos en estas disyuntivas, deben asegurar ventajas de tamaño, tanto para combatir a las guerrillas, como para mantener una disuasión creíble frente a quienes lo adversan en una negociación para poner fin a un conflicto. Hacer lo contrario, suponer que se mejora el clima de negociación mediante el auto-debilitamiento, es ir en contravía de la realidad. En el mundo real las balanzas se mueven. En la guerra irregular, las guerrillas ganan cuando no pierden y el Estado pierde cuando no gana. Lo conducente para mejorar un clima de negociación, es la elevación de la fortaleza institucional.

Las Fuerzas Militares han sido debilitadas. El tamaño de la tropa, la pérdida de personal veterano experimentado, tanto de mandos como de cuadros subalternos, la pérdida de equipos por no atender a su mantenimiento y el retraso en la reposición de los que ya cumplieron su vida útil, es evidente. En la balanza, el fiel se mueve contra el Estado. Parecerá realismo crudo pero es así: una negociación es comunicación, no solamente verbal sino factual. Si el Estado pierde la capacidad de fijar “líneas rojas” por carecer de fuerza para mantenerlas, está en el camino de la derrota.

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