
El derecho de la guerra ha muerto
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El Derecho Internacional de los Conflictos Armados -DICA- comúnmente conocido como el derecho de la guerra, ha sufrido una agonía lenta desde la segunda guerra mundial hasta nuestros días. Sus pilares fundamentales, el derecho de La Haya (medios y métodos de hacer la guerra) y el derecho de Ginebra (la protección de los no combatientes) no solo son violados, sino que las condiciones objetivas de las guerras contemporáneas hacen cada vez más difícil su aplicación.
La primera guerra mundial fue la última que vio aplicar las normas del derecho, así su cumplimiento no fuera perfecto. En la segunda guerra mundial, el desarrollo de la guerra aérea convirtió a los civiles en blancos tan expuestos como los soldados en los frentes de batalla, contra todas las normas de la regularidad y los principios de congruencia y proporcionalidad.
La segunda guerra introdujo elementos movilizadores ideológicos que llevaron al ahondamiento de las enemistades. La enemistad entre Estados no significada enemistad personal entre los combatientes: el “otro” era un soldado que tenía para con su Estado la misma obligación que su oponente tenía para con el propio.
La ideología introdujo la enemistad a ultranza. El “otro” ya no era un igual en obligaciones, sino la encarnación del mal. La ideología introdujo la enemistad absoluta y el combatiente perdió la protección de la enemistad relativa. El papel de la ideología escaló a extremos en los conflictos irregulares. Las guerras de liberación nacional y las guerras revolucionarias portaron ese carácter como un sello identitario
En la segunda guerra mundial el partisanismo tuvo su cuota de participación. Las potencias alentaron a los grupos resistentes contra los ocupantes del Eje. El soldado del Estado, el regular, ha sido desafiado por el guerrillero. La sola irregularidad genera un ambiente propicio para la no observancia del derecho. Más todavía, observar las reglas de la guerra puede convertirse en la perdición del rebelde. Como fenómeno contrario, la “identificación con el enemigo” puede sacar al regular del apego a las normas (si él lo hace, tengo derecho a la retaliación de la misma manera) La conclusión es clara: la guerra irregular hace honor a su nombre.
Además de los grupos insurgentes que combaten dentro de los límites territoriales de sus Estados, han surgidos grupos que no tienen fundamento nacional. Grupos como Al-Quadea o Isis, actúan en ámbitos supranacionales y no se reconocen en nación alguna. Estos grupos tienden al terrorismo que es una violencia extorsiva.
Las armas son otro factor de debilitamiento para la normatividad. El desarrollo científico-tecnológico introduce desequilibrios. Los desarrollos más recientes están sin reglamentación en su mayor parte. Las armas nucleares son un buen ejemplo. Algunos aspectos se han regulado por tratados entre los Estados, pero no hay normas universales. Prima el poder de los más fuertes.
Un fenómeno que no tiene que ver con la ideología o con el derecho, es el combate en ámbitos urbanos. Las guerras han llegado a las áreas urbanas. En un mundo urbanizado, las ciudades se convierten en el espacio fundamental de la política, guerra incluida. En el combate urbano no se pueden aplicar las estrategias y tácticas de la batalla a campo abierto. El espacio impone una manera de combatir llena de imponderables. Los combatientes encuentran en espacios pequeños sorpresas de todo tipo y las decisiones se toman en tiempo real e inmediato.
El uso de las armas es también diferente. Se combate con lo que se tiene a mano en distancias muy cortas. La necesidad militar se pone por encima de la congruencia y la proporcionalidad (Si un francotirador amenaza a una unidad y esta solo tiene un cañón para eliminarlo, la respuesta puede producir afectaciones que rebasan la neutralización del tirador solitario) La destrucción de bienes civiles es, en su mayor parte, inevitable. La población se ve involucrada sin remedio. La geografía de lo urbano impone la ley en buena parte. La tragedia de Gaza ilustra una modalidad terrible: llevar la indiscriminación a los límites para proteger la fuerza propia.
Finalmente, no se puede dejar de lado otra modalidad que contribuye a dispersar las responsabilidades de los Estados. Se trata de la privatización de las guerras. Hoy, los Estados apelan a la “tercerización” de las operaciones. Se pone en manos de empresas una serie de tareas de seguridad con el fin de economizar tropas y empeños logísticos y administrativos. Tareas de inteligencia, de vigilancia y de protección, salen de las filas y de alguna manera, se afloja el control centralizado del Estado, con todos los peligros que la práctica entraña.
El abandono de las normas y la decadencia del multilateralismo, estimulan la marcha a los extremos. La insania de Hamás y el expansionismo sionista confluyen en el horror de Gaza, el que ya se presagiaba en Grozny y en Aleppo, ante la mirada indolente de una humanidad sin instrumentos de contención que sustenten una conciencia moral universal.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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