
Bolívar a la medida
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El primero de mayo pasado, el presidente Gustavo Petro imitó a su modelo histriónico, el venezolano Hugo Chávez, cuando éste blandió la espada de Bolívar. Así, los recuerdos políticos del libertador, antes muy diferenciados en Colombia, pasaron a igualarse con la imagen elaborada por Chávez para el consumo mediático.
El Bolívar colombiano a.p. (antes de Petro) fue siempre reclamado por los conservadores como el fundador de su partido. Este reclamo tenía sentido: la vida política de Bolívar, después de su desembarco en Cartagena, suma más tiempo transcurrido en la Nueva Granada, en Quito y en el Perú, que el de su presencia en Venezuela. Los venezolanos tienen más nítida la imagen del Bolívar roussoniano, la del discípulo de Simón Rodríguez, la del juramento del monte Aventino. Los colombianos tienen la de 1827, cuando llega de Lima para aliarse con la Iglesia en el embate contra la obra educativa de Santander.
El recuerdo colombiano es el de la dictadura, el de un Bolívar con tendencias autocráticas muy marcadas, el de la constitución que propuso para Bolivia. La Convención de Ocaña se interpuso para frenar sus ímpetus y de contera, comenzar el camino de la disolución gran colombiana. “El no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a todos” reconoció noble, o resignadamente, el libertador.
Así pues, la imagen del Bolívar godo, se contrapone a la del Bolívar revolucionario social promovida por Chávez. Pero ni una, ni otra, son imágenes inobjetables. Hay muchos matices para evaluar en el tránsito acelerado que le permitió su corta vida. Es mejor quedarse con el Bolívar que tuvo un sueño de unidad continental y con el Santander que tuvo claridad para ver cuáles eran las bases para construir un Estado nacional, funcional, estable y duradero.
Lo que siguió a la vertiginosa década de los años veinte del siglo XIX también marca la diferencia. Como imagen de espejo se puede tomar a Santander cuando vuelve del destierro para presidir la Nueva Granada. acabado su período, dio un ejemplo para las repúblicas nacientes: entregó el poder a quien fue elegido bajo las normas de la constitución vigente, su adversario político José Ignacio Márquez. Después de muertos, Santander resulta ser una figura institucional y Bolívar una figura caudillista: “se non e vero, e ben trovato”.
Las figuras históricas relevantes deben se dejadas en paz, así sea por el buen gusto de preservar los mitos fundacionales de la nacionalidad. El juicio de sus obras y actuaciones debe dejarse para la investigación adelantada por profesionales de la historia y de los otros campos del conocimiento que apliquen para cada caso. El manoseo y la instrumentalización del recuerdo de Bolívar, resultó grotesco durante las jornadas del día del trabajo. No falta quien lo justifique con el cuento de poner las normas de urbanidad en el nivel de las “alpargatas del pueblo”, pero ni en éstas, ni en los botines Ferragamo del aspirante a César, pueden erigirse los pedestales de los fundadores.
Lo grave de estas asimilaciones simbólicas estriba en la igualación de las políticas destructivas del modelo, que en ocasiones pasadas he caracterizado como “populismo fascistoide”, en las sociedades que comparten la misma referencia histórica. Las modalidades se santifican bajo el mismo personaje simbólico: lo propio del “bolivarianismo” viene a ser, entonces, un ir de disparate en disparate y corrupción desaforada, para dar al traste con lo existente sin medir consecuencias, sin tener nada mejor para proponer y construir. El cambio se convierte en una voz vacía (Bolívar no bajaría tranquilo al sepulcro)
El espectáculo del jueves no se queda en quisicosas históricas. En la plaza pública resonó la amenaza y la intimidación. La mentalidad dictatorial no se caracteriza por el respeto a la ley. El caudillo iluminado no ve sabiduría en las previsiones de una constitución política y no se siente parte de una dirigencia cuya actuación está limitada por instituciones. Los recursos del Estado están para la satisfacción de sus ambiciones y las de sus áulicos. El derecho y la cultura de la democracia son removibles para quien se cree el depositario de todo propósito y toda verdad.
Los recursos del espectáculo y de la prédica dirigida a las emociones se hacen más notorios cuando las cosas andan mal. El país está al borde de una crisis fiscal. Los grupos armados, desafiantes, controlan más territorios. Aumenta la fragmentación del Estado por cuenta de los grupos mimados por el gobierno. Para la muestra está la toma de la Universidad Nacional por los indígenas que el gobierno transportó para inflar las fotos.
No son Bolívar, ni Santander, ni el virrey Sámano, quienes definirán el curso de la historia colombiana. Será un pueblo que haya aprendido a no votar por culebreros. Será una dirigencia opositora, si deja de lado su dispersión para ser capaz de ponerse en trance de responsable y honrada ¿Será mucho pedir sensatez para tener una propuesta de unidad? ¿aprenderemos algún día qué es una política de mínimos?
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
1 comentarios





Armando: Excelente análisis y una radiografía exacta de la situación del país que evidencia la manipulación de los héroes de la nacionalidad para justificar la deriva autoritaria del “ señor de Ciénaga”. Felicitaciones