
DE LA MEMORIA, EL OLVIDO Y LA IDENTIDAD
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El nuevo encuentro fue fructífero. La mente estaba predispuesta por la presencia obsesionante de las tragedias en Ucrania y en Gaza. Además, al reparar en la información editorial, encontré que el pretencioso fue el traductor porque el original se titulaba “Guerra Aérea y Literatura”. Los bombardeos aéreos sobre las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, son la razón de ser de las meditaciones.
El autor piensa sobre la memoria, la escritura, el horror de las guerras, la psiquis de los afectados por las mismas y los testimonios literarios de autores que las padecieron. La querella de Sebald se refiere al olvido de lo vivido por los escritores testigos de la destrucción de las ciudades alemanas, olvido voluntario fundado en la autocrítica personal, en la contradicción entre lo que se pensó, lo que se creyó y se aceptó, y que después de la tragedia resultaba una carga muy incómoda, interpuesta entre la mala conciencia y la realidad.
Sebald rememora los seiscientos mil civiles muertos por los bombardeos, los tres millones y medio de viviendas destruidas, los siete millones y medio de personas que deambulaban sin abrigo sobre los escombros y al hacerlo se duele de la escasa consideración que la tragedia ha tenido en la memoria de sus conciudadanos. Textualmente “Aquella aniquilación hasta entonces sin precedente en la Historia pasó a los anales de la nueva nación que se reconstruía sólo en forma de vagas generalizaciones y parece haber dejado únicamente un rastro de dolor en la conciencia colectiva; quedó excluida en gran parte de la experiencia retrospectiva de los afectados y no ha desempeñado nunca un papel digno de mención en los debates sobre la constitución interna de nuestro país…” Contrasta el olvido con la pasión intensa que pusieron los alemanes en la reconstrucción de su patria y lo presenta el autor como una liquidación de la propia historia anterior.
En los tiempos que corren hay motivos para que la memoria y el olvido se enfrenten nuevamente por constituir los cimientos del nacimiento de mundos nuevos. En Colombia ocho millones de desplazados, inmersos en el exilio interno, han aliviado su destino con el manejo social del riesgo (léase los parientes, los amigos). La memoria se burocratiza. En la sociedad no parece calar y se discute más la fiabilidad de las cifras que la responsabilidad y el sitio del Estado en la solución de las diásporas regionales.
En el mundo abunda también el desplazamiento social como estrategia de conquista. La tragedia palestina está fundada en buena parte por una historia de desarraigos grandes y pequeños que el mundo tiende a olvidar. La nakba fue el punto de partida del dolor de hoy. De manera similar se ve la historia de la pulsión del pueblo judío por tener un hogar abrigo de persecuciones, solo que las dos tradiciones no corren por cauces separados, no son “senderos que se bifurcan” como el cuento borgiano, sino colisión cuyos ecos conmueven el mundo. La memoria se convierte en carta de batalla. Lo que se bifurca es el destino de dos pueblos.
Hay otros que se mantienen en situación peor porque un olvido toca otro olvido: olvidados como pueblo y olvidados como perseguidos y expulsados, la minoría rohinyá de Myanmar considerada por Naciones Unidas como “la minoría étnica más perseguida del mundo, languidece en la precariedad de un refugio tan pobre como ellos mismos. En el norte de Irak, entre los kurdos, vivía la minoría yazidí. Perseguidos por los sucesivos regímenes de Irak, su antiquísima cultura y su religión del tronco zoroástrico, los han apartado del mundo musulmán que los rodea. Lo peor para los yazidí fue la llegada de Estado Islámico que los oprimió con crueldades extremas ¿quién los recuerda?
El Extremo Oriente no escapa a la escena de tragedias similares. Hace unas décadas fue el pueblo tibetano y hoy son los uigures las víctimas del pensamiento totalitario que asume como condición necesaria de la unidad nacional la extinción cultural de las diferencias. La diversidad, que bien mirada es riqueza, se mira con sospecha. Hoy hagamos volar el pensamiento hacia los excluidos por diferentes y no olvidemos que es el miedo a los contrastes de la propia identidad, lo que condena pueblos a la cárcel del olvido. Los humanos no somos solo cuerpos: somos culturas, identidades y autoestima.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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