LA PAZ TOTAL EN LA ENCRUCIJADA
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LA PAZ TOTAL EN LA ENCRUCIJADA

Escrito por Armando Borrero

No hay manera de eludir el tema. Por desorientado que resulte el proceso de las conversaciones de paz, los colombianos no tenemos opción distinta de “hacer fuerza” para que algún día se enrumbe y la nación se libre de llegar al siglo completo en guerra. Pero en los caminos de los buenos deseos acechan emboscados, obstáculos de toda laya. El primero, la inercia de los conflictos armados (que fácil es empezar una guerra y que difícil es terminarla) así sea una del tipo que ya perdió vigencia en los tiempos vertiginosos que vive la humanidad. 

Querer la paz no basta. Interponer los medios eficaces es necesario. Ya es hora de darle prioridad a la sensatez. Las noticias dan cuenta de la dificultad para prolongar el cese de fuego con el ELN y no se escapa a la razón que son las condiciones bajo las cuales se pactó hace unos meses, el peor obstáculo para que no funcione. Se convino un cese al fuego en una modalidad pensada para la guerra clásica entre Estados nacionales, restringida a los ejércitos, modalidad en vía de extinción. 

Cuando la guerra se hace dentro de la sociedad, las agresiones no se limitan al intercambio de fuego entre las fuerzas implicadas. En la mesa de negociación no pueden estar ausentes las agresiones a la población. Una cosa son los daños colaterales y otras son las conductas intencionales contra personas y comunidades. Algunas de esas agresiones, por ejemplo el secuestro y el reclutamiento forzado de niños, son particularmente crueles y suponen un costo social muy elevado. No pueden estar fuera de la discusión.

El cese al fuego, limitado a no tomar la iniciativa contra las fuerzas del adversario, carga todo el peso del costo político sobre el Estado. La guerrilla nada pierde: lo que hace lo ha hecho desde sus comienzos y más bien, gana tiempo y espacio para fortalecerse. Las fuerzas del Estado quedan restringidas para reprimir las actuaciones de la guerrilla y la población las señalará como incapaces de protegerla. En el proceso de paz adelantado con las FARC, la renuncia unilateral al secuestro fue un hito decisivo para el éxito final. De paso digamos que la insania de los extremismos, en este caso la de la extrema derecha, se materializó en descalificaciones y deslegitimación de un acuerdo, que en el conjunto de acuerdos de paz de las últimas décadas, resulta ser de los mejores del mundo.

En el momento de escribir estas líneas no ha llegado la noticia de acuerdo o desacuerdo para prolongar el cese al fuego. La mejor noticia sería que una prolongación implicara la inclusión de la renuncia al secuestro como método de financiación. Si además se excluyera el reclutamiento de menores, ganaría el capital de confianza para legitimar la continuación de las negociaciones. 

En el camino hay, sin embargo, una piedra muy grande. La petición de financiación para el ELN, a cargo del Estado o de organismos internacionales, para cesar el secuestro, es, por decir lo menos, cínica. Nadie puede creer que en el conjunto de negocios ilegales que tiene el ELN en Colombia y en Venezuela, sin excluir la posibilidad de inversiones en otros lugares, el secuestro sea un renglón decisivo para el tesoro guerrillero. Si así fuera, la guerrilla elena estaría, en materia económica, como en los tiempos del asalto a Simacota. Guardo la esperanza de que sea un “globo” en el curso de las negociaciones.

Para recuperar las esperanzas, debe volverse la vista a las críticas que desde el comienzo de las conversaciones se han hecho. El camino elegido es insostenible. Las asimetrías en el avance del proceso son evidentes. No se puede seguir con la idea de todos en un solo saco. Definitivamente se hizo necesario diferenciar y separar los procesos con el ELN, con las disidencias de las FARC y con el Clan del Golfo (éste último pretende carácter político por el expediente nominativo: auto denominarse “gaitanista”) Cada uno necesita una definición jurídica, unos objetivos y una estrategia diferenciadas.

Finalmente, vuelvo a un tema ya tratado en esta columna (Los Ejércitos de Colombia: el tamaño importa) Debilitar a las Fuerzas Militares y a la Policía Nacional, es una receta segura para el fracaso de las negociaciones. Los gobernantes deben olvidar cualquier sentimiento de identidad con el adversario, distinto de la colombianidad, en la mesa de negociaciones. Negociar es reconocer la adversidad o la enemistad, sea ésta relativa o total. De otra manera no estaríamos en guerra. La actitud del ELN deja todo en claro: son diferentes y distantes. En esta circunstancia, no verse en la otra orilla es condenarse al fracaso. Si algo ha sido fatal en estas conversaciones, es el sentir que “entre nosotros” nos podemos entender. El cambio de Comisionado de Paz fue un primer paso para superar ilusiones sin base.

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