El calvario del cauca | Armando Borrero | Razón Pública

EL CALVARIO DEL CAUCA

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En los departamentos de Nariño y del Cauca se encuentran muchas líneas de diferenciación en lo geográfico y en lo cultural. La cordillera de Los Andes se abre para dar nacimiento a una geografía que favorece la diferenciación regional y la diversidad cultural. Allí termina el mundo nacido del encuentro entre las culturas hispana e incaica y empieza, con los tres dedos andinos y los valles inter-cordilleranos, la transición del mundo andino al mundo caribeño. Aparece más definida la fusión triétnica que caracteriza a Colombia y a Venezuela y las subculturas andina, llanera y caribe que, en proporción variable constituyen sus poblaciones. El muro andino occidental diferenció el zócalo pacífico del interior colombiano. La lucha de los caleños por romper el obstáculo que obstruía la comunicación con Buenaventura se convirtió en su pequeña epopeya de los siglos pasados.

Lo que fue obstáculo ayer se convirtió en ventaja y oportunidad para los negocios ilícitos que han traído al Cauca Grande la peor cara de la globalización. Las multinacionales del mal campean en la batalla por controlar los pasos cordilleranos y los ríos, que cortos, pero de buenos caudales, bajan veloces a los intrincados manglares de la costa húmeda y fangosa. La dificultad transformada en favorecedora, ha convertido el paisaje en tierras de sangre.

Hará 23 años que se estudiaron las tendencias del movimiento de los grupos armados ilegales de todo pelaje en el Cauca. Se hizo en la Defensoría del Pueblo como estudio piloto para calibrar las posibilidades de orientar las búsquedas de amenazas más probables para las comunidades y apoyar el Sistema de Alertas Tempranas. Las conclusiones mostraron como la intensidad del conflicto armado se desplazaba desde los límites entre el Valle del Cauca y el Cauca hacia el sur. Esa intensidad se fue desplazando de la línea Santander de Quilichao-Caloto-Corinto-Miranda, hacia las tierras de El Tambo y del Parque Nacional de Munchique, con la clara intención de controlar un paso de la cordillera occidental. Confluyeron las FARC, el ELN y desde el norte los paramilitares, originalmente trasladados desde el Urabá antioqueño.

 

Durante los años transcurridos desde esos estudios, se ha asistido a una evolución de las actividades en los territorios del Cauca. Los manglares del Pacífico se convirtieron en la cobertura de los semi-sumergibles transportadores de la cocaína, hasta cuando la labor de la Armada Nacional los redujo a la condición de etapa quemada en la historia de la trata. Pero entretanto, la actividad se hizo más compleja, más descentralizada, más productiva y más poderosa en materia de estructuras armadas encargadas de proteger el negocio. Hoy el cambio es notorio y la magnitud del problema ha escalado a la sombra de las inadvertencias del Estado.

Los negocios ilícitos son un mundo en constante mutación. La globalización ha hecho posibles la aparición de estructuras de oportunidad para los tráficos prohibidos. Nacen en el contexto de los tráficos legales. Un ejemplo es el crecimiento del comercio entre México y los Estados Unidos. Decenas de miles de camiones cruzan la frontera, que más los convoyes ferroviarios, implican un volumen de mercancías nunca antes visto en la historia. Ni que decir del tránsito de mercancías en la Unión Europea. El comercio legal facilita la circulación de los productos prohibidos porque dificulta el control de los Estados en las fronteras. El efecto es doble. Una revisión a fondo de contenedores y camiones paralizaría la economía mundial.

La interdicción de las drogas ilícitas logra resultados en las primeras etapas del transporte. Se invierte la ecuación. Las ventajas del aislamiento para producir y refinar los productos ilegales, se convierte en dificultad para un tránsito expedito. Nace la necesidad, para el crimen internacional organizado, de controlar la producción de la materia prima y de los laboratorios clandestinos. Igualmente se exige el ocultamiento y la protección de las rutas. El resultado son estructuras delincuenciales transnacionales y aparatos armados para controlar poblaciones y enfrentar la represión de los Estados.

El Cauca está inmerso en ese universo y el Estado colombiano, con sus políticas nebulosas e improvisadas ahonda la desintegración social y política que allí se vive. El Estado se convierte parcialmente en ausente y la presencia del mismo será cada vez más militar y policial, pero con restricciones. En un ambiente de políticas determinadas por ideologizaciones toscas e inspiraciones individuales, se olvida la esencia de la estatalidad. La física de Aristóteles fue superada por la revolución científica del siglo XVI, pero en política sigue vigente aquello del “horror al vacío”. Cuando el poder, que es el primer integrador social, se debilita o ausenta, las sociedades ven sus lazos desajustados y acaban en poder del que se presente con capacidad de ejercerlo. De mordisco en mordisco, el Cauca puede acabar como presa de las disputas entre grupos delincuenciales, con un costo social inimaginable.

Acerca del autor

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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