TODO LO SÓLIDO SE DESVANECE EN EL AIRE…
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TODO LO SÓLIDO SE DESVANECE EN EL AIRE…

Escrito por Armando Borrero

Nada original el título. Pero los derechos de autor de Marx caducaron y Marshall Berman aprovechó la frase afortunada para su libro inolvidable. Lo mío no da para tanto, es como colarme en Transmilenio. Pero viene al caso que me ocupa, la inviolabilidad de las embajadas. Institución sólida entre las sólidas, sacralizada, sostenida por normas de derecho y por las razones obvias que aconsejan tener ese espacio de continuidad de una presencia estatal en suelo extranjero.

Pero, hasta lo obvio no puede con la prepotencia y la malacrianza de un jovenzuelo que consideró digno de su vanidad llevarse por delante lo construido en siglos de experiencias pensadas para facilitar la competencia agonal, la política hecha con buenas maneras, el trámite de los intereses y la promoción de la convivencia entre las naciones. El espectáculo grotesco de la policía ecuatoriana empeñada en el allanamiento de la embajada de México en Quito resulta inimaginable y, más allá de la estética social, es un precedente funesto de consecuencias negativas para el futuro de las instituciones de la diplomacia.

No hace mucho tiempo, vimos un ejemplo de contención y fue precisamente el Ecuador el respetado en la aplicación de la inviolabilidad de las embajadas. El asilo político en embajadas es una institución latinoamericana. Fuera de este ámbito geográfico y cultural, no se practica. El Reino Unido no reconoce ese derecho, pero si entiende el valor de la inviolabilidad de un espacio diplomático. Julián Assange no obtuvo salvoconducto para salir del Reino, pero pudo pasar seis años en una oficina de la embajada del Ecuador en Londres, hasta cuando, de manera concertada, fue entregado a las autoridades británicas.

El golpe a la institucionalidad internacional no se puede banalizar. Una institución sólida es expuesta a la voluntad de un mequetrefe ignorante y el mal ejemplo puede cundir en un mundo que deriva a gobiernos populistas, los que se sienten incómodos ante cualquier limitación que se alce frente a la voluntad del mandamás de turno. Una construcción propia de la modernidad, es puesta en peligro. Esa modernidad viene siendo socavada en el plano de la cultura con la difusión de un pensamiento irracionalista y en el de la política con los embates contra la democracia y el crecimiento de populismos anti-liberales. Las formas siguen al contenido. Las relaciones internacionales no escapan a este influjo. Todo lo sólido se desvanece en el aire. En el propio espacio de la OTAN, los populismos crecientes se atraviesan en los principios y en las normas de la alianza, organización hasta hace poco sólida en el campo de la defensa colectiva.

El domingo 14 de este mes, un artículo de Jorge Heine, diplomático chileno, destaca un aspecto interesante del papel de las embajadas. Lejos de verlas como muebles deslucidos, las embajadas cobran importancia como puntal de apoyo para el manejo de los conflictos nuevos del mundo: migraciones masivas, delincuencias internacionales organizadas, ancladas en los tráficos ilegales de drogas, de minerías, de personas y armas, lavados de capitales y sistemas monetarios oscuros, todo sin regulaciones estatales. Tampoco se debe perder de vista, que las tareas aparentemente frívolas juegan un papel importante.

Las buenas maneras no son futilidades. Las formalidades tienen sentido. La presencia de una  embajada y de los rituales establecidos para su funcionamiento, las relaciones personales que se establecen y los espacios de diálogo, son un apoyo para la interacción amable entre los dirigentes de los Estados. En vez de cruces destemplados de discursos emocionales y de comunicados rotundos en los medios, puede tenerse una conversación aceitada por un buen whisky y matizada por aquello de …para estrechar más aún, si cabe, las cálidas relaciones que nos unen…De paso se tramita una concesión, un arancel, una ventaja comercial, una mejora en las comunicaciones. Las cortesías no son antiguallas desechables. La diplomacia se inventó para facilitar las comunicaciones y reducir las fricciones. La inviolabilidad de las embajadas les da seguridad y permanencia a los interlocutores. De otra manera, sin la sacralización del lugar y la inmunidad de los diplomáticos, las relaciones internacionales perderían las ventajas del roce social que atempera los desacuerdos. 

La humanidad tardó siglos para perfeccionar ese instrumento político que tiene la virtud de dignificar la hipocresía y de sazonar el engaño. Muchas son las personas que se burlan de los sacolevas y de tanto cuello pajarito con corbatín. No calibramos la utilidad del lenguaje cortés. Ahora se cruzan trinos: ¡terrorista! ¡asesino! (o peor: ¡neoliberal!) y de paso, perdemos una de las más grandes conquistas de la humanidad: la de decir mentiras y permitir que el interlocutor salve la cara disimulando que no entendió. La paz nos lo agradece. Tiemblo de miedo al pensar que llegue el momento de incorporar en los curricula de las academias diplomáticas, el catálogo de enfermedades venéreas que constituye hoy la esencia del lenguaje juvenil. 

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