Teatro-esperpento en Tierralta
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Teatro-esperpento en Tierralta

Escrito por Armando Borrero

Don Ramón del Valle Inclán nos dejó en herencia la palabrita: ¡Esperpento! (degradado, desatinado) y Ministros y Generales nos acostumbraron a las expresiones “Caso aislado” y “Manzanas Podridas”. No me cansaré de afirmar, que así sea con la mejor intención, esos calificativos les hacen daño a las Fuerzas Militares de Colombia, porque se interponen en el camino de un afrontamiento institucional a los serios problemas que el conflicto interno colombiano ha dejado, como herencia maldita, a los soldados de la República.

Para dejarlo claro en términos sencillos: la sociedad no conoce al Coronel “Caso Aislado” ni al sargento “Manzana Podrida”. Los afectados directos y el público en general, hablan del Ejército, o de los militares: ¡el Ejército nos amenazó! ¡los militares nos maltrataron! En la primera instancia, la Institución es la puesta en la picota. No fulano, ni sutano. Más todavía: de una institución militar no se esperan casos aislados, sino actuaciones uniformes de todas sus unidades.

Si hay una organización burocrática rígidamente normada y reglamentada, esa es la organización militar. La actuación prevista de sus miembros es la uniformidad, la disciplina severa y homogénea que los hace aparecer siempre como la misma persona repetida, desde el Estado Mayor Conjunto, hasta la última escuadra que patrulla en el Guaviare. Lo mismo que monjes de clausura, sus acciones, cuando están en servicio, son ajustadas a normas estrictas e iguales para todos. El uniforme no es sólo el vestido, ni el corte de pelo. Es también la ética y el sentido del deber.

Las consideraciones anteriores arrojan luz sobre la gravedad de lo ocurrido en Tierralta, Una fracción pequeña de militares se disfraza de manera burda para hacer lo que no podrían con su identidad al descubierto. Sería muy ingenuo pensar que fue un caso aislado, en una institución caracterizada por actuar bajo normas de planeación previa, líneas de mando sacralizadas y en comunicación permanente. Sólo queda preguntarse a quién o a quienes buscaban favorecer con el montaje intimidatorio.

El incidente se produce en una región sumamente conflictiva, donde chocan los intereses de terratenientes, grupos armados del narcotráfico, campesinos y colonos cultivadores de coca, propietarios reclamantes de tierras que les fueron arrebatadas en años anteriores, autoridades civiles, políticos, policías y militares.

Las guerras civiles, y más las de guerrillas, son una tragedia para los militares. Hacer la guerra dentro de la sociedad los expone a todos los avatares de la disensión política. El control militar de áreas es visto como una bendición por unos, y por otros, como un fastidio u opresión y maltrato. La confianza en los afectos y la desconfianza en los recelosos, lleva a la posibilidad de alianzas que ahondan la parcialidad en el trato de unos y otros. Para el que se juega la vida todos los días, es muy difícil pensar a largo plazo y entender que un Estado no puede tolerar poderes paralelos: en el largo plazo serán enemigos de la institucionalidad; en el corto, aliados.

En el contexto de la misión de contrainsurgencia, adelantada por décadas, se llegó a alianzas y cercanías inconvenientes. Una actuación como la de Tierralta, no pudo ser una “idea genial” de un oficial subalterno o de un suboficial. Tampoco pudo ser una retaliación por las antipatías hacia el Ejército que hubiera manifestado con anterioridad la comunidad amenazada. Es claro que las disputas territoriales, motivadas por el negocio de los cultivos ilícitos, en un municipio con problemas de legalidad en la tenencia de la tierra y una posición geográfica propicia para las disputas de los grupos armados de todo pelambre que se disputan el norte de Antioquia, el sur de Córdoba y los accesos a la costa Caribe desde el Urabá hasta Cartagena, tuvieron que ser el detonante del esperpento actuado por un pelotón.

Las Fuerzas Militares y la Policía Nacional está en mora de hacer un esfuerzo serio por indagar y comunicarle a la sociedad los desvíos que la tienen en trance de crítica permanente a sus actuaciones. Se comunican los éxitos de manera prolija, pero no se le pone el pecho a temas como los “falsos positivos” y a incidentes como el de Tierralta. Mientras este silencio se esconda tras el traslado a la sola responsabilidad penal o disciplinaria de individuos, la Institución seguirá siendo factor de división entre los ciudadanos, Para recuperar una imagen menos controvertida, y ser un factor de unidad nacional respetado, es necesario que se examine lo que sucedió y sus “porqué” y “por lo tanto”. La sociedad colombiana ha mostrado su disposición para mantener la mejor imagen posible de sus Fuerzas Armadas. Merece recibir todas las respuestas por crudas que sean. Conocer un problema, es comenzar a resolverlo.

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