
La derecha suicida
Compartir:
En muchas columnas he expresado mi preocupación por la transformación de las izquierdas políticas en populismos sin brújula, toscos en ideologías e improductivos y destructores cuando gobiernan. Ahora es bueno referirse a las derechas extremas, que envueltas en sectarismos y discursos de ignorancia, han llegado a declinar la oportunidad histórica que les ofreció el logro de una pacificación, relativa pero importante, de la sociedad colombiana. El éxito las envalentó y las llevó a dividir el capital de centroderecha heredado de medio siglo de la experiencia frente nacionalista. ¿De otra manera, cómo se explica la llegada a la primera vuelta de las elecciones de 2022 montada en la improvisación y a la segunda con un impresentable?
Son muchos los hechos para avanzar en la crítica de un proceso histórico descarrilado, pero dada la brevedad necesaria de una columna de opinión, se hará sobre la incapacidad política de la derecha extrema para entender y para apoyar el acuerdo de paz logrado con las FARC. Con la pugnacidad que distingue a las derechas en todo el mundo, pero también, con una dosis muy colombiana de provincianismo, se dedicaron a descalificar los acuerdos de La Habana. El provincianismo les impidió conocer y comparar los acuerdos de paz logrados en el mundo para finiquitar conflictos internos y ver, en esa comparación, las virtudes y novedades del acuerdo colombiano.
El odio no fue el esperado contra unas guerrillas que se habían criminalizado en alto grado. El odio fue contra el éxito de quienes se movieron dentro de unas posiciones realistas y pragmáticas, hacia un centro político liberal y civilizado que valoró la paz y entendió la justicia en el contexto de la modernidad como algo diferente de la venganza. El odio nació de la incapacidad de hacer política más allá de los celos personales. Hacer política de mínimos es una asignatura pendiente en Colombia, y así, se llegó a unas posturas que niegan la racionalidad de la política desde Maquiavelo hasta nuestros días.
Si hay algo incomprensible y revelador de la escasa cultura política colombiana es el éxito del estribillo, rayano en la tontería, de “Santos le entregó el país a las FARC” ¿cómo y cuándo? En la televisión vimos, con el trasfondo de un decorado de dudoso gusto, entre flores apiladas y la grosería del discurso del senador Macías, que se le entregó el país a la conducción del ganador en las elecciones. Asistimos, más tarde a la primera salida de las FARC al ruedo electoral. Obtuvieron 83.000 votos en todo el país. Luego hemos visto el asesinato repetido de los desmovilizados, sin que el Estado (supuestamente en sus manos) pueda protegerlos. Pero como peces ornamentales en pecera se mueven los labios de los seguidores de la derecha para repetir que Santos entregó el país a las FARC.
¿Qué resultó de todo esto? La descomposición de un bloque político que parecía destinado, por mucho tiempo, a no perder las elecciones en Colombia. La derecha enajenó el centro y lo empujó a la irrelevancia electoral (el centro puso de su parte, también enredado en las miserias del personalismo)
El error histórico de dedicarse a descalificar los acuerdos de La Habana, seguirá repercutiendo en la tragedia nacional. Una visión civilizada de los acuerdos logrados no los hubiera pasado por la prueba ácida de la perfección. Perfección que no existe en la política, siempre remitida a la miopía de las ideologías. Pudo habérselos tomado como camino perfectible para avanzar. El bloque de la derecha que pudo haber sido un conservatismo de estirpe ideológica liberal, regresó a la caverna y acabó por ser un obstáculo para la paz posible.
Vuelve a la memoria una lectura de décadas atrás. Sir Basil Liddell Hart, definió la Gran Estrategia así: “la Gran Estrategia consiste en ganar la guerra y ganar, también, la paz subsiguiente” Esa mirada es el faltante constante de la historia reciente de Colombia. No hay acuerdos políticos sólidos para lo importante. Nadie puede afirmar con seguridad que se hubiera ido lejos en la pacificación de la sociedad, pero la oportunidad estuvo allí, en 2016, para ser trabajada, cuidada y extendida. Esa oportunidad naufragó en la siempre repetida Patria Boba.
Hoy asistimos a la defunción de una etapa histórica que comenzó en 1957. Dejo el juicio de su importancia y alcances a otros. Por ahora, preocupa que una política nacional atrapada en un proceso de desinstitucionalización acelerada, hundida en la mediocridad y en la corrupción, no sea capaz de plantearse un proyecto viable de futuro. Se viene encima una transformación mundial de alcances inimaginables y los colombianos la esperamos en guerra y con culebreros en el timón. “La paz subsiguiente” no se ve en el horizonte. La transición energética no se podrá pagar. La papa seguirá destruyendo páramos. Bogotá acabará sin agua. Narcotraficantes y esmeralderos seguirán dándose plomo. Como siempre, la historia nos encontrará “en pelotas”. Pax tecum.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
4 comentarios






Excelente artículo!!
Profesor Borrero, que agradable leerlo. Su claridad meridiana en sus conceptos es algo que ya se perdió en este pais.
Me he permitido enviarle su columna a un colega francés, muy interesado en Colombia y su respuesta lo dice todo:
«La lectura de este articulo me ha permitido tener la claridad sobre Colombia. Nunca entendía cómo despues de un proceso de paz exitoso, los colombianos sigan masacrándose. Alli está la respuesta»
Es evidente que el amigo francés está mal informado y descontextualizado.
Dejo mi opinión respetuosa pero firme:
¿»un proceso de paz exitoso»?
¿»los colombianos sigan masacrándose.»?
Como si no hubieran destrozado y asaltado el proceso de paz y como si en las calles hubiera una guerra civil.
No ha sido exitoso el proceso de paz debido a la intervención de la ultraderecha con su políticos y gobiernos, y la sociedad contraria al proceso, que no sólo lo ha desarticulado e incumplido, sino robado y usurpado, y asesinado a los firmantes y líderes acompañantes.
No están (o no siguen) masacrándose los colombianos, los está asesinado un sistema perverso, que ha sido controlado por la derecha desde tiempos inmemoriales (los colombianos sí tienen mala memoria), como lo ha hecho el estado y sus fuerzas armadas y de policicía, junto con las dependencias de saeguridad estatal y grupos paramilitares, también lo ha hecho la guerrilla y sus disidencias y numerosos grupos de delincuentes y nracotraficantes.
No es Colombia la que se está matando, es a Colombia a la que están matando.
La JEP lo evidencia.
Estamos sometidos a la desinformación como fuente de opinión.
Saludos.
Ni derecha ni izquierda, ni capitalismo ni comunismo. Esas son causas y cosas perdidas de ilusos ilustrados….los únicos ganadores son los piratas. (crueles, narcotraficantes y corruptos.)