LOS BUCLES DE BUKELE | Armando Borrero | Razón Pública

LOS BUCLES DE BUKELE

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“Pisa con blandura porque pisas mis sueños” reza el final de un poema de Yeats. Viene a cuento cuando uno lee las críticas, todas justificadas, contra la política del dictador salvadoreño en materia de represión a la delincuencia. Es cierto que se detiene y se encarcela sin arreglo a derecho, es cierto que hay presos que nunca fueron pandilleros ni cometieron falta alguna, es cierto que las condiciones de detención lindan con lo inhumano. Pero también es cierto que la casi totalidad de la población salvadoreña apoya y agradece el activismo represivo de Bukele. Es entonces cuando se debe caminar sobre los sueños de las gentes que estaban sitiadas y maltratadas por las pandillas que ni siquiera les permitían estar seguras auto-encarceladas en sus propios hogares.

No solamente los salvadoreños apoyan este tipo de represión primitiva y abusiva. Las encuestas en nuestra América Latina arrojan cerrado acuerdo con la mano dura salvadoreña. El ciudadano común y silvestre que se debate en la desesperación porque el entorno lo condena a recortar su derecho a moverse, a trabajar, a divertirse, a soñar con el futuro de sus hijos, no está para oír los debates que les ofrecemos sobre la legalidad y la legitimidad, sobre la prevención y la represión como alternativas, sobre los derechos humanos y sobre las soluciones que garantizarían seguridad dentro de 20 años: no, él quiere salir tranquilo a la calle y saber, también, que su hija puede ir sola a su escuela en un bus de servicio público. Si para tener esto deben rodar cabezas, bien rodadas estarán para él.

Ahora bien, no en vano la humanidad ha hecho el viaje de las revoluciones liberales con su cauda de libertades y derechos, esas mismas que muchos desprecian y califican, con una etiqueta acrítica, como “libertades burguesas” sin detenerse a pensar que fueron producto de las luchas de los pueblos y que propiciaron el despliegue formidable de las capacidades humanas en los últimos cuatrocientos años de historia. La justicia dejó de ser venganza y se ha estatuido como garantía de convivencia ¿será imposible que una justicia sujeta a derecho pueda garantizar la seguridad pública?

La historia muestra que la respuesta es positiva. Muestra también que no es solo el aparato judicial y policial él que responde por el éxito de una política de seguridad pública, pero en una columna breve centraré el tema en el campo policial-judicial.

El primer punto para entender la inoperancia en nuestro país de esta área institucional, es la suma de corrupción y burocratización. Se ha trabajado mucho y se ha producido poco, en el paso de un sistema inquisitivo a uno acusatorio. Pienso que el problema no estribaba en el sistema inquisitivo y que la solución fuera el acusatorio. Uno y otro pueden ser eficaces. El sistema inquisitivo francés, por ejemplo, muestra resultados mejores, en términos de eficacia para judicializar, juzgar y condenar, que el sistema acusatorio de los Estados Unidos. Este a su vez, produce mejores resultados que muchos inquisitivos.

La calentura estaba en procedimientos engorrosos, desgreño, corrupción y burocratización. La policía judicial fue durante décadas un animal de tres cabezas: Fiscalía, Policía Nacional y el extinto DAS. Las brigadas de investigación eran inestables, su personal cambiaba a lo largo de las investigaciones por necesidades puramente burocráticas y estaban siempre expuestas a influencias externas a los procesos. Hoy se mantienen dos, el CTI de la Fiscalía y la Policía Nacional (DIJIN, SIJIN)

Cuando se discute en Colombia sobre el tema es frecuente que se polaricen las posiciones, y que se ideologicen, entre quienes toman partido por la prevención y quienes lo hacen por la represión. Es un falso dilema: el Estado debe atender a uno y otro objetivo. Además, la represión puede ser preventiva en muchos niveles. La acción social y cultural dirigida al mejoramiento a largo plazo es necesaria; pero el aquí y ahora es prioridad para el ciudadano.

Esa prioridad devuelve el tema a la primera proposición, la actitud del ciudadano en sociedades de delincuencia exacerbada. Se ha visto en América Latina y se hace frecuente en Colombia, la justicia por propia mano. Esta modalidad es tremendamente disolvente para la credibilidad y la legitimidad de las instituciones de justicia y policía. El desafío que se plantea hoy, en nuestro medio, es cómo hacer para conciliar el sentimiento popular de represión sumaria y arbitraria al estilo Bukele, sentimiento que debemos mirar con respeto a pesar del disentimiento frente a los métodos que una mirada más sofisticada pueda tener, con una política integral de educación, prevención y represión del crimen.

Para hacerlo se debe tener en cuenta ese plebiscito popular que respalda la acción directa y arbitraria. Nace de una necesidad honda, nace de la desesperación y del instinto de conservación. Aquí no caben ni el desprecio, ni los sentimientos de superioridad moral. El problema es responder con una institucionalidad renovada.

Acerca del autor

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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