
IDEOLOGÍA Y REALIDAD
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Sorprende ver como personas educadas, con experiencias de vida que los han puesto en contacto con lo mejor y más alto de los rangos académicos, y protagonistas de prácticas profesionales en la primera línea del ejercicio, puedan caer en las formas más primitivas del “ver lo que se quiere ver”. Entre el domingo 28 de julio, día de las elecciones en Venezuela, y el momento de escribir esta columna, se ha leído en la prensa y se ha visto y oído en la televisión, en la radio y en las omnipresentes redes sociales, a personas de las que se esperaría objetividad y contención, aseverar que los señalamientos de fraude electoral en Venezuela son una conspiración malintencionada de la derecha política.
Comportamientos alógicos cobran la apariencia de racionales en virtud de procesos de racionalización (Freud) o de derivaciones (Pareto) La evidencia de una manipulación fraudulenta de las elecciones venezolanas es toda la que quisiera tener un buen juez en una causa. El descaro y el cinismo están a la vista. Si alguien se resiste a aceptarlo, por lo menos le asaltará la duda. Pero, y vuelvo a mi primera expresión, sorprende lo inesperado de quienes afirman que se trata de una conspiración malévola tramada por intereses oscuros. Librarse de la ideología es un combate difícil y desigual. El adversario es inasible con frecuencia, porque opera en lo más oscuro y recóndito de nuestras mentes. A lo más que se puede llegar, es a recortarle espacios, a mantenerse en la duda, por lo menos. Los humanos fabricamos mundos ideales y transformamos deseos en ilusiones que aparentan ser reales. Pero hay vacunas: la objetividad tiene también su poder y su escenario.
La realidad venezolana es otra y hoy se está frente a un fraude cometido con desfachatez. Tanta desfachatez como la que se necesita para calificar al régimen de Caracas de progresista y hasta socialista. El experimento venezolano es la prueba de la ausencia de modelos de socialismo diferentes de la socialdemocracia. Esa ausencia ha convertido las izquierdas radicales en populismos fascistoides. En el caso venezolano, fascistoide y gangsteril. América Latina ha sido tierra fértil para esa transmutación fruto del fracaso del modelo soviético.
Para quienes han salido en defensa del supuesto socialismo venezolano, parece no contar el triste éxodo de la cuarta parte de la población del país. No es difícil entender el rechazo al régimen. La corrupción, la incompetencia del gobierno, la ignorancia supina de los dirigentes, la destrucción de lo acumulado por la sociedad, que sin ser lo ideal era algo, porque la solución del populismo en el poder es eliminar el “culpable” sin tener mejores fórmulas de reemplazo. Se destruyó el Estado de derecho, se destruyó el sistema productivo, se desmanteló el servicio de salud, se destruyó la Universidad, cayó a mínimos la producción de petróleo, la industria y la agricultura languidecen desestimuladas en medio de la charlatanería.
La Venezuela anterior a Chávez, cargaba sus pecados grandes. La opulencia del Estado lo convirtió en el “gran dador” de la sociedad entera. La corrupción era endémica. El sistema político nacido de los acuerdos de Punto Fijo se anquilosó entre el clientelismo, la partidocracia y la corrupción. No hubo renovación y las consecuencias llevaron al populismo chavista. Pero en medio de sus defectos había libertad y el país atraía inmigrantes bien recibidos. El revés de ahora. Millones de colombianos marcharon a hacer sus vidas allí y dejaron la huella de su trabajo marcada en todos los sectores de la economía vecina. Los venezolanos gozaban de protección social, educación plena y encabezaban las estadísticas de bienestar en la región.
En el momento no se ve claro. Si predomina la fuerza, Venezuela seguirá una ruta previsiblemente al estilo de la cubana. Si se impone la rebelión popular, se estará ante los dilemas de las reconstrucciones: la económica se ve factible y dinámica; la moral será más compleja. La polarización sugiere que no hay matices entre los extremos. La necesidad sugiere que se debe conciliar. Si cae el régimen, la polarización comporta el peligro de verse Venezuela en manos de una derecha vengativa que no pueda sanar las heridas. La reconciliación necesita un Mandela y de eso no hacen todos los días.
Hay una Venezuela chavista, otra en la oposición y una tercera que no se debe olvidar: la Venezuela del exilio, de tamaño importante (el 25% de la población, aproximadamente) marcada por el dolor del destierro, portadora de experiencias variadas según las sociedades de acogida y con la carga de unos lazos rotos que nunca recuperará plenamente.
Para Colombia, los desenlaces posibles, todos, producen afectaciones. Una para tener en cuenta es la de los grupos armados refugiados en Venezuela. Pero es corta la columna y el tema da para otra.
Para Venezuela, segunda patria de mis afectos, van mis mejores deseos.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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