
El mundo da reversa
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En la segunda mitad del siglo XX floreció la construcción de un entramado institucional para regular diversos aspectos de la competencia mundial entre los cada vez más numerosos Estados nacionales. La institucionalidad creciente se ocupó no solo de las cuestiones de la guerra y de la paz. Avanzó a la regulación de las relaciones comerciales y del transporte, a la, a normatividad asociada al trabajo, a la seguridad ciudadana y la justicia, a la promoción de la ciencia y la educación, a la conservación del medio ambiente, a la promoción de la salud, a la difusión y conservación del patrimonio cultural de la humanidad y en fin a muchos campos de la actividad humana que empezaron a moverse en los planos de lo supranacional y lo universal.
Se puede discutir la calidad de los avances, pero no negar que han sido una novedad positiva para el desarrollo social y la preservación de la paz. El entendimiento internacional progresó de modo significativo para las generaciones nacidas en el siglo veinte y en el presente. La espectacularidad de los conflictos parece opacar la afirmación anterior, pero un análisis comparativo con los siglos anteriores, demuestra que hubo mejoría en el campo de la paz y el entendimiento.
El avance se plasmó de una manera clara en los paradigmas de la seguridad nacional. Estos se pueden resumir en tres formulaciones que marcan el progreso ético en las relaciones de poder. Los tres son:
- Que cada Estado cuide de su seguridad.
- Que mi propia seguridad no cause inseguridad para otros.
- La seguridad del otro es, también, mi propia seguridad.
El tercer paradigma refleja las complejidades del mundo actual. Las amenazas han mutado y hoy prevalecen las transnacionales. Los Estados tienen amenazas comunes y deben diseñar formas de cooperación para defenderse. Para mirar un ejemplo cercano, en América Latina se ha definido el Crimen Organizado Transnacional (COT) como el mayor de los factores de riesgo para la estabilidad política. Entonces la defensa debe entrar en la dimensión de la transnacionalización.
Por esos caminos iba el mundo cuando una serie de sucesos históricos abrió caminos nuevos. El primer gran golpe fue el derrumbamiento del imperio soviético. El mundo salió de un orden establecido, mal que bien, para entrar en los caminos desconocidos de las transiciones. Las ondas del sismo político no se han calmado. Del mundo bipolar a una breve etapa de unipolaridad y ahora por senderos desconocidos a un mundo de centros múltiples de poder. Las turbulencias no cesan y los cinturones de seguridad son escasos.
El segundo golpe viene de la dificultad de las potencias para encontrar acomodo. El orden viejo siempre resiste y la rapiña se impone. La política internacional hace un cambio de velocidades: introduce la reversa y del predominio del tercer paradigma se devuelve bruscamente al primero. De las formas de defensa colectivas se vuelve al “sálvese quien pueda”. El entramado de las instituciones liberales, laboriosamente negociado, se derrumba.
La OTAN fue una organización superviviente a la guerra fría. El mundo no había conocido una alianza tan grande y poderosa. Por un momento se tuvo la impresión de haber perdido el rumbo por la falta de un objetivo preciso (la defección del enemigo que la vio nacer) pero pronto, en la primera década del siglo, formuló horizontes nuevos. No fue suficiente. Hoy con el timonazo norteamericano, la OTAN no se reconoce a sí misma y puede estar al borde de la disolución.
La guerra de Ucrania no fue el comienzo. Es un síntoma. En su expansión, la OTAN encontró la fatalidad. El borde oriental, esa especie de fractura geológico-política que son las tierras de frontera desde el Báltico hasta el Mar Negro, se convirtió en el escenario de la primera guerra internacional europea desde 1945.
El otro terremoto es la política. internacional de los Estados Unidos. Súbitamente, el tablero ha sido pateado. El poder duro regresa a los paradigmas. El poder blando que tantas ventajas le dio a los Estados Unidos, ha sido demolido. Un efecto negativo de la actual política internacional del gigante americano, es el fortalecimiento de. sus oponentes. Si los Estados Unidos se arroga el derecho de tomar territorios de la vecindad, en Ucrania se valida la guerra y en el extremo oriente la segunda potencia se verá estimulada para usar las mismas armas. Por una Groenlandia podrá haber una Ucrania, un Taiwan y un Mar del sur de la China afianzado.
Hundir el embrague y pasar de la reversa a primera, será hacerlo en una caja de cambios sin aceite. Reconstruir la multilateridad perdida no parece posible si no se estabiliza la relación de poderes. Reformar las Naciones Unidas tardará, si fuera posible, un tiempo apreciable de negociaciones laboriosas. La constelación de redes que cubren el comercio, el trabajo, la salud, la lucha por detener el cambio climático, las ayudas para las áreas empobrecidas del planeta y, en fin, la lista de lo que no cabe en una columna, es tarea de gigantes (y hoy sólo se ven molinos de viento)
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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