
¿Maduro se escribe con “M” de Milosevic?
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Mientras el poderoso portaaviones Gerald Ford sale de las aguas históricas del Adriático para dirigirse a las cálidas del Caribe, uno que es malpensado, empieza a revolver cables en la cabeza. Toda la pensadera empezó porque un periodista de un canal de la Florida, me preguntó el pasado 18 de septiembre, cuál creía que era el propósito del despliegue naval de la armada de los Estados Unidos frente a Venezuela. Mi única repuesta posible fue declarar que la imaginación tenía límites ¿por qué?
Deducir el objetivo a partir del despliegue del momento era muy difícil. No podía ser para un bloqueo de puertos. Sobraban los buques de transporte de tropas y se necesitarían más unidades de combate. Para una invasión, el despliegue era insuficiente. Para propinar golpes puntuales en tierra era redundante el volumen de tropas embarcado. Solamente me quedaba pensar en un elemento de presión y de respaldo a una hipotética fractura esperada en el bloque de poder chavista.
Tras más de mes y medio con la sola evidencia de unos ataques a lanchas, presumiblemente de narcotraficantes, el desgaste estaba ad portas. Del limbo posible al que podía llegar la operación, lo saca la presencia de un portaaviones, el más nuevo y más poderoso de la US Navy, una base flotante cuya dotación aérea supera el poder de todas las fuerzas aéreas de América Latina juntas. Entonces ¡zaz!, un cable encontró un enchufe.
En 1999 los bombardeos aéreos de la OTAN contra la Serbia de Slobodan Milosevic que estaba empeñada con ferocidad en mantener la provincia rebelde de Kosovo dentro de las fronteras históricas serbias, demostraron en el final del milenio que era posible ganar una guerra con el solo empleo del poder aéreo. Desde el 24 de marzo hasta el 10 de junio Serbia fue machacada por los aviones de la OTAN hasta lograr su cometido.
La operación contra Serbia se dio en un contexto tan complejo como fue la disolución de Yugoslavia. Los nacionalismos fueron exacerbados por los propios herederos del partido Liga de los Comunistas, quienes encontraron en éstos una manera de conservar el poder en sus respectivas repúblicas. Muerto Tito en 1988, no hubo liderazgo que revirtiera la tendencia a la independencia de Eslovenia, la primera, luego Croacia, Bosnia Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia. La consecuencia fue la guerra civil. Una guerra civil en tránsito a la guerra internacional, en la medida en que
se afianzaban las autonomías y los respectivos caudillismos de los herederos de la federación.
En el caso de Serbia debe destacarse que en su seno bullía a la vez, un separatismo. La provincia de Kosovo se pobló en el siglo XIX con inmigrantes albaneses que, andando el tiempo, llegaron a ser las nueve décimas partes de la población kosovar, en un suelo sentido por los serbios como la cuna de su nación. Entre los horrores desatados por Milosevic, se destacan las limpiezas étnicas en Kosovo. Las potencias que intentaron pacificar los Balcanes decidieron respaldar la independencia de Kosovo y la OTAN (no las Naciones Unidas, ya debilitadas en su papel de garante de las seguridades del mundo) para evitar el genocidio en curso, decidió intervenir y escogió la guerra aérea para evadir el repudio que podía causar en sus ciudadanías ver sus hijos muertos en guerra ajena.
En este caso, Serbia estaba unida por una causa nacional puesta por encima de sus rencillas partidarias. Si lo que pretende ahora el gobierno estadounidense es desatar una guerra aérea contra Venezuela (hipótesis resultante de agregar el portaviones Gerald Ford al despliegue naval que mantiene frente a Venezuela) para replicar la librada contra Serbia, el resultado puede ser diferente. El pueblo venezolano está dividido y la mayoría está contra el régimen chavista.
Una guerra aérea, por más cuidado que se ponga en la elección de los blancos, puede afectar gravemente a la población civil y entonces, los adversarios del gobierno actual se van a sentir doblemente vapuleados. Por otra parte, el sentimiento nacional puede ser movilizado por encima de la disputa interna y puede llevar a un escenario peor: una división más profunda entre los venezolanos, que deslegitime a quienes luchan por una democracia liberal.
Mis votos van para la posibilidad de estar equivocado en el planteamiento de esta hipótesis, pero la esperanza no tiene el mismo sustento del temor inicial. Traer una unidad tan especial de la US Navy, la más grande de todas las que componen la armada más poderosa del mundo, no puede ser un bluff. Si la racionalidad prevalece, Maduro debería tomar el camino de la abdicación, sin el bombardeo previo, y la oposición tener una palabra de acercamiento para las bases chavistas, antes que una retaliación descontrolada. ¿Será pedirle mucho a la naturaleza humana?
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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