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UNA VOLTERETA ALENTADORA

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El viejo y sólido bipartidismo británico ha dado una de esas volteretas, nada extrañas en el Reino Unido, que nos devuelven un poco la esperanza de un alto a la avalancha del irracionalismo que tratan de imponer los partidos de derecha en Europa. Desde luego, los conservadores británicos no son populistas como muchos de la derecha continental, pero el movimiento masivo hacia el centro-izquierda que dieron los electores , indica que la deriva a estribor no es un destino fatal.

El sistema electoral de “gana todo-pierde todo” tiende a mantener el predominio de dos partidos. La sabiduría política lo ha mantenido y de cuando en vez asombra al mundo con cambios inesperados en la conducción del gobierno. En fecha temprana para lo esperado, en1924, los laboristas llegaron al poder por primera vez y Ramsay MacDonald pudo encabezar un timonazo que sacó de la competencia a los liberales como alternativa, ya secular, de gobierno. No duró mucho la experiencia, pero mostró que un gobierno laborista no era amenaza para los acuerdos fundamentales de la cultura política británica. Desde entonces la dupla de la alternancia descartó al Partido Liberal que todavía lucha por recuperarse, un siglo después.

Muchas causas pueden esgrimirse para explicar el regreso laborista en la cresta de una avalancha espectacular. Las dificultades de la economía insular explican algo, pero más que eso, es la conciencia ganada sobre el engaño urdido por la derecha, encabezada por Boris Johnson, que sufrieron en la campaña del plebiscito sobre la permanencia en la Unión Europea. La distancia que siempre han mantenido los isleños frente al continente, fue aprovechada de mala fe para convencer al electorado de las bondades de un “brexit” que en un quinquenio no se han visto. La proclividad de los populistas, diestros o siniestros, a las mentiras, es bien conocida, pero los electorados caen una y otra vez en la trampa. Se necesita mucha madurez para mantenerse en el equilibrio de la racionalidad política.

Un comentario lateral. Los plebiscitos y referendos rara vez son genuinamente democráticos. En broma, pero muy en serio, los ganan quienes redactan la pregunta. A veces se les devuelve el truco, como en el caso chileno, cuando Pinochet y sus muchachos tramaron un distractor para hacer que el “sí” fuera el “no” (¿o qué el “no” fuera el “sí”?)

Para volver al rumbo, el electorado británico hizo algo que no es tan extraño en su cultura política. Las volteretas radicales tienen historia: en 1945 el mundo vio asombrado como el pueblo sacaba a su líder inspirador en la guerra, para consagrar a su opositor laborista. La historia probó que el instinto fue certero y hoy reconocemos en aquella voltereta de 1945, el nacimiento del Estado de bienestar con sello europeo. En 1997 Tony Blair, de mejor imagen entonces que ahora, llegó con una victoria tan aplastante como la de hoy. Ojalá esa impronta se repita en el continente y la sombra de los Johnson, los Orban, las Le Pen, los Abascal y similares, se hundan en el poniente de la política.

Tal vez sea mucho pedir una generalización de la tendencia, pero es alentador saber que el fenómeno británico tuvo ese tamaño inesperado. La tarea impuesta a los laboristas se agranda con el triunfo aplastante y falta ver si en las condiciones del mundo de hoy es posible superar las dificultades reinantes. No será fácil recuperar la economía y una recomposición de las relaciones con la Unión Europea no se ve como posibilidad inmediata. Pero la conciencia de que Europa está amenazada por el fascismo autocrático de Putin en sus fronteras orientales, y que en el interior los extremistas bregan por corroer la herencia democrática y liberal, puede despertar la necesidad de recuperar los caminos de la democracia europea y el instinto de preservación de los derechos y libertades conquistados en los últimos tres siglos.

En nuestra América Latina la política también se juega en canchas polarizadas. Los populismos de uno y otro signo se alternan en la confusión de posiciones ideológicas opuestas, pero con saboteo similar de las institucionalidades democráticas. El embate contra la separación de poderes, contra la libertad de expresión y los estilos personalizados y autoritarios, son ya parte de un paisaje político que creíamos superado. Lo malo del asunto es que cuanto más polarizada la política, la sensatez tiene menos probabilidades de sobrevivir.

Una consideración final: el ejemplo de las elecciones británicas muestra las excelencias de un sistema político con bipartidismo predominante, o por lo menos con un número reducido de formaciones. El elector encuentra las preferencias, diferencia posiciones y matices, y elige. Legislador y elector se ven la cara. El control es posible para la sociedad y la toma de decisiones se funda en alternativas identificables. En nuestro desajustado sistema, 37 partidos (sí, 37 y más haciendo fila) se refleja el relajamiento y la degradación del ejercicio político que solo puede conducir a la corrupción reinante.

Acerca del autor

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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