
¿Renacerá el multilateralismo?
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Si el siglo XX fue el siglo de la construcción de un orden multilateral en el mundo, el XXI luce hasta ahora, como el de su destrucción. La comparación lo muestra con claridad, pero deja un sabor amargo saber que ese nacimiento, en el siglo anterior, fue el producto de dos catástrofes mundiales sin parangón en la historia. Dos guerras mundiales fueron las comadronas de la Sociedad de las Naciones y de la Organización de las Naciones Unidas.
Si bien las Naciones Unidas acusaban ya un desgaste notorio en las guerras de los Balcanes, todavía en ese fin de siglo se podía admirar la actividad, el celo y la producción de guías morales para la conducta política internacional en boca de Koffi Annan. Pero ya en el año 2003, apenas pasado el lindero que impone la base 10 en el calendario, la guerra de Irak marcó el comienzo del fin para el orden diseñado en San Francisco cuando llegaba ya, con certeza, la victoria de los aliados.
Se impuso el orden de los vencedores. Se diseñó un Consejo de Seguridad a la medida del poder político y militar con privilegios para 5 potencias. De otra manera no hubiera funcionado. Con esa disposición se le hacía el honor del aprendizaje a la incapacidad que tuvo la Sociedad de las Naciones para mantener la paz en el mundo.
En el primer intento, la idea de un organismo que asociara los Estados nacionales para mantener la paz se concretó a medias. La gran ironía fue la ausencia del propulsor que había emergido como la primera potencia mundial. Pero la creación de la Sociedad de las Naciones fue un paso de gigante para intentar la concreción de un orden supranacional. Fue la herencia de la experiencia trágica del primer conflicto mundial.
En San Francisco se le puso dientes a la organización nueva y esa dentadura se estrenó en Corea. Mas adelante hubo intervenciones exitosas como la de 1956 cuando dos potencias, el Reino Unido y Francia, con un tercero interesado, Israel, atacaron a Egipto para revertir la nacionalización del canal de Suez. Menos clara la intervención en el Congo que le costó la vida a Dag Hanmarskjöld, el segundo de los secretarios generales, pero la ONU demostró que podía movilizar fuerzas considerables para la paz.
Todavía alcanzó logros de pacificación en las guerras árabe-israelíes y en las del subcontinente indio. Pero la fatiga fue en aumento y cuando se cayó el orden bipolar, para la Organización fue imposible lidiar con una sola gran potencia, cuyo poder excedía a todos sin competencia equivalente. La prueba de Irak rubricó la decadencia y el multilateralismo desapareció. Hoy las Naciones Unidas es una burocracia, pero el poder que le dieron en depósito fue retirado hasta agotar el saldo. En los conflictos de hoy, la figura del Secretario General es patética.
El resultado es que el orden unipolar no se perpetuó y hoy pugna por surgir un orden multipolar. En esa transición el mundo no tiene cabeza rectora y se mueve enloquecido en las luchas por el poder. La situación de hoy es muy peligrosa. Está activado al máximo el Medio Oriente con un conflicto Israel-Irán en escalada. Taiwán está el centro de la tensión en el Pacífico. Corea del Norte juega al volador sin palo y enrarece la atmósfera. En el Indo Pacífico la China, el AUKUS y los países ribereños del mar del sur de la China, se muestran los dientes. La guerra Rusia-Ucrania no tiene visos de acuerdo próximo. Los Estados Unidos se repliegan de manera caótica en la búsqueda de un aislacionismo imposible y rompe los instrumentos que le dieron su poder máximo.
El cuadro general es alarmante. Cuando se va de la locura “al otro lado, más allá de la desesperación” como escribió un dramaturgo, no hay mapa ni brújula que muestre salidas. Solamente queda como esperanza el asomo de racionalidad que puede surgir de la percepción del peligro. El camino sería la creación de instrumentos multilaterales novedosos que señalen un sendero nuevo. Como en Versalles y como en San Francisco se necesita que la conciencia del peligro y la necesidad de la no repetición sugieran soluciones. No se ve nada claro en este momento. Más que nunca, la historia es inútil y se repite.
El orden surgido de la segunda posguerra estaba en fase de agotamiento, pero ha debido ser sostenido mientras se construía uno nuevo. No se pudo. Las Naciones Unidas como instrumento de alta política ya no admiten maniobras de resucitación. En 2003 se abrió el suelo y sigue así. En el 2022 se profundizó la grieta. Mientras tanto los problemas más acuciantes como el calentamiento global, la transición energética, la degradación de los mares y la prevención de las pandemias, se quedan para después.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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