EL ESTADISTA Y EL PROFETA - Razón Pública

EL ESTADISTA Y EL PROFETA

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En el mundo extraño que ya no distingue la real de lo irreal, se cruzan en mi mente dos visiones cuyo contraste es inquietante: una es la imagen de un video y el protagonista es el presidente Petro; otra, es la relectura ocasional de un ensayo de Henry Kissinger publicado en 1968*. En el video que circula profusamente por las redes (¿o cloacas?) sociales, el presidente transmite un discurso cuyo contenido es la condena de la corrupción y la exaltación de sus luchas contra la misma. En el ensayo de hace 56 años, un profesor en trance de pasar a las mieles del poder, hacía la siguiente diferenciación entre dos estilos de conductores políticos:

“Es estadista manipula la realidad; su objetivo principal es la supervivencia; se siente responsable no sólo del mejor resultado concebible, sino también del peor. Su concepción de la naturaleza humana es cautelosa; es consciente de las numerosísimas esperanzas que han fracasado, de los numerosos propósitos que no pudieron llevarse a cabo, del egoísmo, la ambición y la violencia.”

“Por contraste, el profeta se siente menos preocupado por la manipulación de la realidad que por la creación de la misma. Le interesa menos aquello que es posible que lo que es “justo”. Ofrece su visión como test y su buena fe como garantía. Cree en las soluciones totales; está menos absorto en la metodología que en el propósito. Cree en la perfectibilidad del hombre. Su enfoque es intemporal y no depende de las circunstancias. Se opone al “gradualismo”, como concesión innecesaria a las circunstancias…. Paradójicamente, su enfoque más optimista de la naturaleza humana le hace más intolerante que el estadista.”

Me detengo un momento en un viejo recuerdo de mis clases para estudiantes de medicina: la palabra “profeta” viene de un vocablo del hebreo antiguo que significa epiléptico (saque el lector sus propias conclusiones ¡yo me escapo!)

Vuelvo al comienzo. En el video de marras el presidente se presenta como la némesis de la corrupción. Como en el país de las maravillas, la audiencia se pregunta por qué Armando Benedetti, tras la explosión nuclear que ha debido traducirse en una investigación seria, ahora es un flamante embajador experto en cuestiones alimentarias (las de él, por supuesto) e igualmente, por qué Laura Sarabia regresa a altísimos cargos del Estado sin que haya aclarado cosa alguna de maletas y maletines.

La audiencia también se pregunta el porqué de los nombramientos de miembros conocidos y señalados como corruptos de profesión. Más interrogantes hay: un funcionario fracasa en su encomienda y para “castigarlo” se prescinde de uno de los pocos ministros consciente de su tarea y se le asciende a esa vacante. Un experto sale de Planeación por ser poco “profeta” y se le reemplaza por un senador que no sabe sumar. En fin, tengo solamente cupo para 800 palabras.

El enfoque profético ha predominado en períodos de convulsión y el moralismo lo exalta como humano y compasivo. El enfoque de estadista se liga a períodos más estables, pero se le ve frío, distante y alejado de lo cotidiano. En Colombia podríamos comparar la figura austera y fría de Alberto Lleras con la despelucada y de gorra beisbolera de Gustavo Petro. De nuevo que saquen conclusiones los lectores.

Para entrar en la realidad colombiana, vale decir en el campo de las preocupaciones intensas, se debe sopesar la debilidad creciente de la sociedad y del Estado. La construcción estatal, así no fuera la mejor posible, se mantuvo a pesar de los conflictos internos. Hoy el Estado retrocede en control territorial, estimula la heterogeneidad normativa, rompe vínculos culturales, desarticula y envilece la burocracia administrativa. Débil el Estado, la sociedad languidece. Sin ese integrador fundamental se llega a una situación en la cual se anulan mutuamente las acciones del Estado y los controles de la sociedad civil.

Cuando un Estado es fuerte y eficaz integra a la sociedad. Si, simultáneamente, la sociedad civil es organizada y tiene capacidad de crítica y control, se alcanza una suma virtuosa de civismo. En el reverso de la moneda, si no se da ni lo uno, ni lo otro, la única posibilidad es la caída en un estado de corrupción. Lo que vemos en Colombia hoy, es un desorden infinito en la conducción del Estado. Se hacen diagnósticos, e independientemente de si son correctos o no, no se fijan metas. Se señalan culpables, personales, sociales o metafísicos, pero no hay las definiciones de lo correctivo ni planes para ejecutar. Las reformas se proponen por motivos supuestamente éticos, pero no hay evaluación de los medios, no se comparan costos y beneficios. Se vive la magia de las palabras, se traen “soluciones” que nunca funcionaron y se propone la profecía de una Arcadia feliz que nunca alguien conoció.

Acerca del autor

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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