
Transiciones y turbulencias
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El mundo está embarcado en una transición, en latencia desde los fines del siglo anterior, pero sin manifestarse con la fuerza arrolladora que ha tomado en estos días. Hoy, la recomposición apresurada de los equilibrios de poder existentes, anteriores a la irrupción de las nostalgias imperiales de Rusia, la consolidación de China como poder de primera línea y la revuelta anacrónica de los Estados Unidos, impide ver las oportunidades del futuro y solo el poder emergente, el chino, muestra una estrategia coherente para proyectarse en el mundo.
Los Estados Unidos se pone en manos de una derecha que añora los días de los autos con aletas de los años cincuenta, las chimeneas de las acerías en los años 40 y 50 del siglo pasado, el corte de pelo masculino, uniforme, al ras en la parte superior de la cabeza y el optimismo desbordante de la posguerra. Rusia saca del fondo de su alma atormentada las nostalgias de los imperios zarista y stalinista. Europa creció, creó el Estado de bienestar, intenta avanzar en la consolidación de su unión, pero queda atrapada en su diversidad cultural y en la falta de unidad política que le impide tener músculo militar y no le permite proyectar poder.
Asia levanta vuelo, pero sus modelos políticos no resultan atractivos para el mundo heredero de la Ilustración liberal. El autoritarismo chino y la marcha de la democracia india por el mismo camino, no convencen, Sin embargo, la China se proyecta sobre el mundo con una estrategia de expansión “suave” (hasta cuando las deudas atrapen las presas por el cuello) pragmática, ajena a las diferencias políticas e ideológicas y con una claridad total sobre el poder de la ciencia y la tecnología.
El panorama se torna caótico en estos días del año 25. Los Estado Unidos con una retórica de volver a una grandeza que no había perdido, toma medidas contrarias al propósito: rompe las alianzas que los hicieron más fuertes y ataca una de las fuentes más fértiles del poder de una gran potencia: el que se extrae del conocimiento científico y de los avances tecnológicos. El embate frontal contra la academia, la furia desatada contra las Universidades y la reducción de sus recursos, hace presagiar una pérdida importante de fortalezas. Es algo que apenas comienza y puede ser revertido si las reacciones sociales frenan la decadencia.
Por su parte, Rusia vive una crisis de personal formado en los niveles más altos de la ciencia, tanto por la pérdida de científicos que migraron en la debacle de los años 90, como por la emigración de jóvenes que buscan oportunidades, o en estos años de guerra huyen del reclutamiento y agravan la crisis demográfica que ya es larga y persistente.
Lo que sucede hoy guarda semejanzas con el período europeo que va desde la guerra franco-prusiana hasta la primera guerra mundial. No se trata de encontrar condicionantes ni plantear ciclos establecidos, los que siempre resultan inadecuados como predictores. Es solamente como llamado a una reflexión sobre los períodos de ruptura.
Napoleón III, nostálgico del primer imperio de su tío, rompió el orden europeo con sus intervenciones en Italia y en menor grado con la aventura de un imperio americano. Se dejó llevar a la guerra que necesitaba Bismark para unificar Alemania y el orden del Congreso de Viena fue roto. Bismark, incomprendido hoy, inteligente y visionario, armó de nuevo un equilibrio europeo funcional, hasta cuando entró en escena Guillermo II, personaje resentido que soñó una Alemania imperial dominante y pateó el tablero para poner su imperio en curso de colisión con sus competidores. Lo que vino para el mundo, sería mejor que no se repitiese.
Puede parecer que estas reflexiones, de pronto mal encaminadas por lo súbito de los acontecimientos y su cercanía temporal, se contrapongan a la necesidad de los cambios históricas. No, se trata más bien de prevenir contra el aventurerismo inoportuno y disruptivo, ese que se identifica con la fábula del zorro y el cuervo: las sociedades se ven aduladas y motivadas con halagos de grandeza, como el cuervo. Si no resisten la tentación, abren el pico y pierden el queso que, seguramente, les implicó un esfuerzo considerable. Jugar con imaginarios de grandeza y futuros adornados por poder y gloria, siempre fue contraproducente.
En la política exterior el principio de “contentarse con lo que se tiene” es una regla de estabilidad. La extralimitación conduce a choques innecesarios y muchas veces a la autodestrucción. Los ejemplos abundan: Napoleón no pudo contener sus ambiciones y terminó por padecer la retirada de las estepas rusas. La soberbia de Guillermo II acabó con tres imperios y con una generación de jóvenes europeos. La insania hitleriana, más cercana a los recuerdos, ya sabemos en lo que paró. Los desajustes de hoy tal vez no vayan tan lejos, salvo por la apelación rusa a las armas. Esperemos que las lámparas evocadas por Sir Edward Grey en 1914, no se apaguen por un siglo.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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