
De Kiev a Moscú y a Beijing
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El camino emprendido por el dictador ruso Vladimir Putin en febrero de 2022, ilustra el acierto de la frase manida sobre lo fácil que es comenzar una guerra y lo difícil que es terminarla. Las guerras tienden a cobrar una dinámica de bola de nieve: en la cuesta de la guerra la bola cobra tamaño y velocidad. Putin imaginó una operación que en semanas lo llevaría a la gloria de entrar en Kiev y él, originario de San Petesburgo, seguramente soñó con ser un nuevo “caballero de bronce” con su lugar propio en la ciudad que hizo Pedro el Grande.
La lógica de la guerra empañada por la niebla de la misma, como lo sancionó Clausewitz, torció los planes de la operación y desnudó la realidad de Rusia como un gigante en decadencia. Una gran potencia sí, pero solamente por el arsenal atómico que heredó de la extinta Unión Soviética. La arrogancia se tradujo en bluf y la operación de corto plazo y alto rendimiento se convirtió en una guerra en regla. Detenida la ofensiva en el envión de entrada, el orgullo herido se tradujo en una persistencia tenaz que ya va para los tres años. Ese es un factor que juega contra Rusia y que pesa como todo lo que se empieza sin las condiciones exigidas por la realidad.
En los últimos días ha comenzado a sentirse en el ambiente que el conflicto ya maduró lo suficiente para abrirle espacio a la posibilidad de la paz. Esa sensación de estar en la meseta, no nace solamente de la realidad de los frentes de batalla, sino de los encadenamientos que un conflicto del siglo XXI puede llegar a producir. Intentar el dibujo de un futuro es una empresa arriesgada. Pero jugar con las hipótesis tiene sentido cuando se trata de terminar una guerra desgarradora.
¿Cuáles son los hechos relevantes que revelan una realidad cambiada por la aventura rusa? En primer lugar, el hecho de haber puesto en guardia a los vecinos en el entorno geopolítico de Rusia. Durante décadas el flanco norte ruso fue relativamente estable. Suecia permaneció neutral por más de 2 siglos y Finlandia era una nación condicionada por la política soviética desde 1945 y por la política rusa desde 1991 en adelante. El despertar imperialista de Rusia causó tal alarma, que estas dos naciones cayeron en los brazos protectores de la OTAN. El Báltico ha cobrado el carácter de área crítica para Rusia y las naciones que abandonaron la neutralidad son un aporte de fuerza muy valioso para la alianza atlántica. Son ambas potencias industriales y Suecia tiene una industria de defensa muy avanzada que se desarrolló por la autarquía que demandaba una neutralidad creíble.
En el conjunto de las naciones europeas de la OTAN, la agresividad rusa tuvo el efecto de ponerlas en guardia. Durante décadas la capacidad defensiva de Europa occidental se mantuvo por debajo de lo que exigiría una conciencia alerta frente al gigante oriental. Los Estados Unidos asumieron la carga de la disuasión durante la guerra fría y, terminada esta, los europeos siguieron cómodos en la modorra producida por la disolución del imperio soviético. Sólo los países que fueron satélites de la Unión Soviética mantuvieron la aprensión y el temor ante una posible resurrección de los apetitos rusos.
Hoy, el efecto Ucrania ronda por el mundo y las antiguas democracias populares tomaron el rumbo de fortalecer sus capacidades defensivas. Polonia, en la primera línea, se ha convertido en una potencia militar convencional. En el flanco sur, Rumania encabeza el rearme y el aprestamiento. Grecia y el resto de los Balcanes se decantan por el occidente. Turquía se hace más y más independiente, se convierte en una potencia media y juega con sus intereses en los dos mundos. En el Cáucaso, Rusia pierde influencia y le da respiro a Turquía. En los organismos multilaterales, es claro el aislamiento ruso. En términos de influencia en su área adyacente, Rusia perdió como potencia y se trastocó en amenaza para la vecindad.
El balance no podría ser peor para Moscú. Pero, y aquí viene lo arriesgado de la hipótesis: una fuerza creciente, la de China que parece respaldar a Moscú, al menos en posiciones política declaradas y en respaldo financiero, puede ser una perdedora por los efectos que ha causado Rusia con su aventurerismo irresponsable. El mismo efecto que se concretó en Finlandia y Suecia, se produce el mundo entero por la desconfianza que producen los regímenes autocráticos. China ha jugado la partida de expandir su influencia en el mundo por medio del pragmatismo económico. Después de la invasión rusa a Ucrania ya no produce el mismo efecto y la cercanía a Rusia indispone al mundo entero. El juego silencioso se acabó y es posible que sea la China, la potencia que lleve la razón y la mesura a Rusia.
Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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