Recuerdo de un dirigente que oía - Razón Pública

Recuerdo de un dirigente que oía

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La sordera política existe. También el autismo institucional. A lo largo de la historia la dirigencia política ha sido puesta a prueba según su capacidad de oír tanto los clamores del pueblo, como los ruidos, que oreja en el suelo, suelen producir las emociones y los sentimientos de las masas. En mis recuerdos está, y no sé muy bien porqué saltó de nuevo en mi memoria lo sucedido una tarde de hace 35 años, cuando un grupo de invitados del mundo entero se reunió para una fotografía con el entonces Secretario General del Partido Comunista de China.

La Asociación China para el Entendimiento Internacional convocó en 1989 un simposio sobre estrategias de desarrollo para países del tercer mundo y temas adyacentes como el papel de los Estados y el de las ciencias y tecnologías en el mismo. La invitación llegó al Instituto de Estudios Liberales, el inolvidable IEL fundado por el expresidente Alfonso López Michelsen y ¡zuaz! este columnista se vio metido en un periplo de 2 semanas largas al otro lado del planeta.

Como escribió Milan Kundera “no es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos”. La casualidad hizo que en la madrugada del 15 de abril de 1989, al hacer una escala breve en Shanghai, el grupo de latinoamericanos, que pronto nos reconocimos como tales en el aeropuerto de San Francisco, nos enteramos de la muerte de Hu Yao Bang, el exsecretario general del partido comunista chino, destituido en 1986 por su complacencia ante un movimiento estudiantil. La historia se repetiría ante nuestras narices, pero no podíamos verlo así en ese momento.

El martes siguiente a nuestra llegada a Beijing vimos una manifestación estudiantil encabezada por un chico que portaba una gran fotografía de Hu Yao Bang. Fue la primera campanada de lo que se cocía en las Universidades chinas. El jueves, bañados y peinados, cerca de 50 personas de todos los rincones del planeta fuimos conducidos al Gran Salón del Pueblo en la sede del Partido Comunista Chino para una “foto de familia” con el Secretario General del Partido Zhao Ziyang, reconocido hoy como el cerebro principal de las reformas chinas que pusieron a ese gigante en la ruta del desarrollo y de la superación de la pobreza.

El encuentro protocolario estaba previsto para 15 minutos. Tomada la imagen nos disponíamos a salir, cuando de pronto vimos al dirigente haciendo señas al personal de servicio presente. En dos minutos hizo entrar sillas y se formó un círculo. Los intérpretes nos hicieron tomar asiento y nos informaron que Zhao quería conversar sobre un tema urgente en ese momento en China: el control de la inflación. En ese momento el Estado reconocía un 18% anual, pero un economista “salido de la línea” (nunca faltan) nos sopló que realmente se acercaba al 51%.

De manera sencilla y afable se sentó en el círculo y nos dijo en inglés que aprovechaba el encuentro para charlar sobre las experiencias de nuestros países en la materia. Los 15 minutos se transformaron en 2 horas. Lo que sentí fue la presencia de un hombre culto, cálido, afable capaz de generar confianza al primer momento. Fue una especie de tertulia de amigos de café, sin ceremonia ni protocolo, entre desconocidos que la casualidad juntó. El rígido ordenamiento del simposio no anunciaba algo así. Es respeto a las jerarquías era asfixiante en todas las reuniones. El encuentro de ese jueves mostró otra tónica, impuesta por la jerarquía máxima.

Lo sucedido a continuación en China es bien sabido. Zhao Ziyang mostró de nuevo su capacidad de comunicación y su calidad humana cuando acudió a la plaza de Tien An Men para hablar con los estudiantes acampados allí. En ese encuentro Zhao lloró al oír las quejas de los estudiantes, lo que ratifica lo dicho sobre este hombre. Lo demás es historia. La dirigencia conservadora lo destituyó y lo condenó a prisión domiciliaria de por vida. Como en “El Nombre de la Rosa” de Humberto Eco, la risa, la bonhomía, la sensibilidad ante la desgracia y la escucha del quejoso, no tienen cabida en los mundos de las mentes de quienes siempre están en guardia contra lo que amenaza sus rígidas concepciones del poder.

La lección está allí para ser aprendida. Cuántos encuentros violentos, cuántas guerras, cuantas polarizaciones pugnaces se habría evitado en la historia si los poderosos hubieran puesto la oreja en el suelo para sentir las pisadas de sus conciudadanos. En Colombia hasta la antinomia intelectual, que no se entiende como conflicto, se convierte en declaración de guerra. Las ideas fijas, inamovibles del gobernante se ven como mandato celeste. Los argumentos están por debajo del improductivo “y usted también” que busca cerrar la puerta al autoexamen y a la rectificación.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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