LA GUERRA EN LAS CIUDADES - Razón Pública
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LA GUERRA EN LAS CIUDADES

Escrito por Armando Borrero

Jerusalem, Athens, Alexandria, Vienna, London…unreal… (T. S. Elliot: The Waste Land)

La tierra devastada. Las ruinas de Gaza traen a la memoria la asociación con el título del gran poema  de la modernidad. La pantalla del televisor muestra esqueletos de concreto. Gaza, como antes Aleppo, más atrás Sarajevo y Grozny, Sabra y Chatila, Balata… El tema me ha dado muchas vueltas desde unos 10 años atrás, pero estaba destinado a la serena reflexión y a la modesta difusión de los trabajos académicos. Hoy ganó el activismo periodístico. La guerra en el tejido urbano será atrapada  en 800 palabras.

Cuando comienza la primera guerra mundial, la población urbana del mundo no llega al 20% del total mundial. De 1918 en adelante comienza el ascenso del humano citadino. La más grande revolución de la historia, demográfica y morfológica social estaba en marcha. Cien años después, el porcentaje de población que vive en áreas urbanas se estima en un 57% y para el 2050 se proyecta un 70% . La ciudad se convirtió en el escenario de la política y si la guerra es la política misma  hecha a cañonazos, pues el plato está servido. De más en más, la guerra se resuelve, no a campo abierto con maniobras elaboradas y movimientos de ajedrez, sino en combates callejeros simultáneos y difícilmente coordinados. La guerra ha pedido su puesto en un escenario que todavía no se ha podido asimilar ni regular.

Distinción, proporcionalidad, congruencia y protección de los bienes civiles, se estrellan contra la velocidad de reacción , contra las armas disponibles en el momento y contra la imposibilidad de distinguir entre combatientes y no combatientes.  Las dificultades para regular los combates dentro de un tejido urbano, están implícitas en casi todas las acciones y etapas de los mismos.

En primer lugar, frente a la complejidad física y social del escenario, el despliegue de los defensores no es del todo previsible para la mirada del atacante. Se puede tener buena información de inteligencia, pero el defensor tiene mucha flexibilidad para acomodos y reacomodos permanentes. El atacante debe superar las nieblas de la información, con golpes contundentes para avanzar con la mayor seguridad posible. El defensor tiene la ventaja táctica, pero las maniobras de los atacantes pueden revertir la geometría de una progresión y cambiar las reglas. Luego, el trazado impone lógicas inciertas. Un vehículo atacante da la vuelta en una esquina y puede encontrar una sorpresa mayúscula o un alivio inesperado.

En segundo lugar, cumplir con el principio de distinción entre combatientes y no combatientes se hace un ejercicio borroso, y más cuando se combate contra irregulares. Un francotirador agazapado y un civil desarmado pueden ser indistinguibles. Los principios de congruencia y proporcionalidad también se pierden en la incertidumbre. Como la elección de las armas no se precisa con las viejas reglas, como sucede en el planeamiento para la batalla a campo abierto, su uso no es fácilmente regulable. Un solo enemigo puede amenazar un grupo. Quien  comanda la agrupación tiene el deber de proteger a sus subordinados y entonces, otro principio aflora, el de necesidad militar. La amenaza se repele con lo que se tiene a mano: si es un cañón de alta potencia el que equipa un vehículo blindado, pues sin tiempo para pensarlo, será eso contra la ventana desde donde se recibe fuego. Se va medio edificio al suelo para eliminar uno o dos enemigos allí apostados.

En tercer lugar, la población no combatiente es convertida en escudo humano, de manera consciente o inconsciente. Si se combate dentro la densidad poblacional de las ciudades de hoy, la tragedia está servida. Se pueden tomar precauciones, pero la batalla urbana no da tiempo para pensar ni para generar confianza. La vida se juega en un instante. Con miedo se les dispara hasta a las sombras.

Las comunicaciones típicas del ámbito militar se trastocan: la verticalidad que puede ser factor de contención, no es eficaz. Dada la flexibilidad de las defensas y la visión parcial de los escenarios del combate, la comunicación más práctica es la horizontal, que tiene el agregado de aprendizaje en tiempo real. Estructuras flexibles reemplazan la rigidez de las unidades de gran tamaño. Grupos de tamaños variables pero con estructuras semejantes, conforman un juego de fractales que se apoyan mutuamente con información, movimientos y fuego. La conducción de las batallas es congruente con las tecnologías de las sociedades urbanas.

La conclusión es la dificultad mayúscula de respetar el derecho internacional humanitario. En el supuesto de haber voluntad para respetarlo, la realidad se atraviesa para negarle espacio. Pero lo frecuente en las guerras contemporáneas ha sido la del abandono del derecho. La decisión de entrar en combate en ese medio, implica una intención de poner punto final por el terror a las capacidades que pueda tener un enemigo. Grozny, Sarajevo, Aleppo, Gaza, son el testimonio de la nueva barbarie.

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