América latina en contravía | Armando Borrero Mansilla

América latina en contravía

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Es muy difícil decidirse por un tema para escribir una columna. El mundo arde en crisis de todo tipo y en nuestra América se refleja el fenómeno de la demolición de las instituciones que aseguraban un mínimo de consensos y de posiciones políticas para actuar de consuno en un orden multilateral. Se asiste a la decadencia de las Naciones Unidas como el más notorio de los fracasos en el anhelo de un mundo regulado y pacífico.

La política internacional regresa a la competencia sin arbitraje de los Estados y al juego de las alianzas de conveniencia. Un observador de la crisis mundial debe enfrentarse a la diversidad de fenómenos sin elementos de referencia para ubicarlos en un orden. América Latina tuvo instrumentos para la actuación multilateral en el pasado, así fueran impuestos por una gran potencia, pero orden, al fin y al cabo. Hoy reina el caos.

Entre tanto, una amenaza se cierne sobre nuestro entorno. El Crimen Organizado Transnacional (COT) crece, destruye órdenes económicos, deslegitima las instituciones, gobierna sobre grupos amplios de población desamparada y estimula las violencias resultantes de la lucha por apropiarse de rentas ilegales cuantiosas, a costa, además, de destruir el mundo de las economías legales y de los órdenes estatales.

Un vistazo a la geografía del crimen internacional organizado en el hemisferio es ya, de por sí, un toque de alarma. En el mapa se distinguen México, Colombia y Brasil como centros de los negocios ilegales y como sedes de los grupos organizados para administrar las rentas obtenidas. Los hilos que conectan estos tres gigantes del COT. Esos hilos saltan fronteras, actúan en planos transnacionales, construyen gobernanzas paralelas y debilitan todo los que se ha construido en dos siglos de construcción institucional. 

En México se obtienen rentas extraordinarias del comercio de sustancias ilegales que exigen una proyección de control sobre las fuentes de sus riquezas. En Colombia se recibe esta influencia con el progresivo desplazamiento de las violencias políticas hacia la competencia por las ganancias de la producción. En Brasil se han constituido organizaciones muy poderosas para copar los mercados del sur del continente.

En medio de estas corrientes se desarrolla una red de actividades que logra construir legitimidades paralelas a los Estados. La legitimidad se crea y se fortalece por la vía de las satisfacciones de necesidades en segmentos importantes de la población. En este punto se llega a un estímulo muy grande para el desarrollo del COT. Se trata de la informalidad laboral que en grados diversos afecta a las sociedades latinoamericanas.

La relación es obvia. El crimen se beneficia de la oferta de mano de obra para la distribución de los productos de los tráficos ilegales. Además de obtener esa mano de obra, puede reducir los costos de formar instrumentos de control para vigilar y asegurar sus rentas. La competencia de grupos y micro grupos por el favor de los capos del negocio, regula la disciplina. 

Los tráficos ilegales forman unas redes de poder que amenazan a los Estados. Las poblaciones incluidas en las redes delincuenciales acaban enfrentadas al Estado. La desconfianza en las instituciones cunde. La cara visible del Estado es la represión de las fuentes de ingresos. Las redes de defensa que se construyen en los barrios pobres de las ciudades y las que se desarrollan en los medios rurales para proteger las fuentes primarias del negocio, se multiplican.

En Colombia, para poner un ejemplo claro, se asiste al ritual de los paros armados decretados por organizaciones criminales para facilitar el transporte de los cargamentos de coca. En el Chocó forman parte de la vida de las comunidades. El Estado se ve impotente para impedirlos y la confianza en las instituciones se pierde. El crimen carcome la política y la paz interna de las comunidades.

La democracia se vuelve una ilusión lejana y puede llegarse a verla como una amenaza. Los liderazgos políticos son cooptados por las mafias de los tráficos ilegales. Lentamente el Estado, sobre todo el regional y local, se pone al servicio del crimen. Las instituciones se asfixian y mueren. Las gobernanzas mafiosas se consolidan.

La conclusión es que el Estado latinoamericano en solitario, no puede contralar el avance del COT. La amenaza es transnacional y requiere enfoques de acción colectiva para combatirla. Mientras el mundo se hunde en el desorden de los conflictos desregulados, en América Latina surge un estímulo poderoso para la acción multilateral. Es dilema es claro: a las organizaciones supranacionales se les combate con instrumentos igualmente colectivos, o la democracia perece. El panorama alterno a ésta última son los gobiernos mafiosos. Escojamos: o por encima de las diferencias ideológicas se construye institucionalidad multilateral, o se perece en una lucha sin posibilidades de victoria.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

1 comentarios

Armando Borrero

Escrito por:

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

Comentarios de “América latina en contravía”

  1. El primer párrafo del artículo invita a, ¡y, ni qué decir a qué lo hacen los siguientes!, una lectura de repaso a la “Carta de las naciones unidas”, para decidir si se comulga o no con el punto, según el cual, asistimos a “la decadencia de las Naciones Unidas como el más notorio de los fracasos en el anhelo de un mundo regulado y pacífico”. Sugestiva afirmación que se deja de lado para atender otras contenidas en los provocativos párrafos subsiguientes.

    Expreso mi respeto al columnista y agradezco el que nos ofrezca una lectura que invita a ocuparnos de reflexiones tan valiosas. Manifiesto mi interés por comentar el fragmento de texto referido.

    En primer lugar, comparto mi impresión sobre que, sin desentramar filigranas lingüísticas, acaso semánticas, no es posible asistir a una decadencia, excepto por omisión. Como proceso, puede ser analizado o estudiado y señalarse las condiciones o propiedades que se endilgaban a “la organización” y que decayeron, fueron a menos. En segundo lugar, aunque en la misma frase, se afirma que en el conjunto de los fracasos notorios en el anhelo de un mundo regulado –regulación de los armamentos, que no de otra cosa se habla en dicha carta– y pacífico –en el arreglo de controversias– (aunque, para los efectos, hoy estaríamos más de acuerdo en ir hacia uno convergente en principios de convivencia) destaca la decadencia de “la organización”.

    La afirmación, parafraseada, ´lo que viene a menos es más notorio´, es cautivadora. En todo caso, vale la pena pensar que, siendo las grandes incapacidades de “la organización” para garantizar sus propias resoluciones, acuerdos o normas un subconjunto del subconjunto que son los fracasos mediante arreglos institucionales, en particular el multilateralismo, implica, que hay más un fracaso del mecanismo institucional que de nuestros anhelos, de ese anhelo concreto, anhelo motriz, de un mundo regulado y pacífico.

    Gracias por la columna.

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