Historia, identidad, valores e inseguridad - Razón Pública

Historia, identidad, valores e inseguridad

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Hace 4 años escribí un artículo para la revista digital “Pensar la Ciudad” de la Universidad Distrital, sobre el tema que trataré en esta columna y tomaré para introducirlo un párrafo breve de aquella nota. Reza así: “En la complejidad urbana “vive” una comunidad de difuntos que sufre también la inseguridad cotidiana. No tienen celular que los haga atractivos como víctimas de la rapiña callejera, más violenta que nunca, ni son objeto del cosquilleo u otras artimañas. Insensibles al clima, no duermen bajo llave y abrigo, pero están en la mira de un grupo de vándalos de nuevo tipo. Armados de juicios moralistas, ignorantes de los avatares del tiempo pasado y de las culturas en que han vivido, se dedican a destruir monumentos recordatorios del pasado nacional o local”
Los méritos para estar en bronce o en el más modesto cemento estucado, no están siempre bien distribuidos, pero toda estatua tiene su razón de ser y su permanencia, salvo la de tiranos sin méritos, se debe a la calidad de representantes de algún valor, no necesariamente de todos. Tampoco los valores de hoy pueden ser la medida para quienes vivieron otras épocas, con otros valores y otras reglas. Si no fuera así, deberíamos aplaudir a los talibanes que encuentran pecado en toda representación y destruyen legados invaluables de la historia.
Para ilustrar el asunto, un par de ejemplos no sobran: en las noches blancas de San Petersburgo, se ve cabalgar a Pedro el Grande. Está allí por sus empeños para modernizar a Rusia y por haber engrandecido el imperio. Sus crueldades de represor feroz ameritarían desmontarlo y dejar solo el caballo, pero intente alguien hacerlo. No habría habitante de la ciudad que lo tolerara, no podrían imaginarla sin Pedro en el lugar que ocupa y tendrían que olvidar al mismísimo Pushkin. ¿Aceptarían los parisinos que fuera removido Enrique IV de su lugar junto al Sena? Ni las feministas francesas más bravas se atreverían a proponerlo por causa de lo “gocetas” que fue el monarca. Las masas rodearían a Henri Quattre y lo defenderían… con todo y su catre.
Ni el uno ni el otro están en sus pedestales por ser políticamente correctos en los términos de hoy. Son parte de un acumulado que pesa en la identidad y en la cultura. Pero en Bogotá rigen otras normas. La inseguridad los ronda y no son solamente los vándalos ignorantes o los ladrones de bronce. Proviene del Estado mismo. Las autoridades trasladan, guardan y esconden los símbolos de la historia y de la identidad con criterios que no solamente demuestran ignorancia: también, incapacidad y mezquindad.
Cristóbal Colón y la Reina Isabel fueron alejados en la Avenida Colón, hoy parte de la Avenida Jiménez, entre las carreras 16 y 18. Cuando irrumpió el transporte aéreo se les encomendó la recepción y saludo a los viajeros. Cumplieron el destino en la Avenida de las Américas por causa del aeropuerto de Techo y después en la Avenida 26 cuando se entronizó Eldorado. Allí disfrutaron de una ubicación de excelencia visual y urbanística, hasta cuando un grupo de vándalos obligó a desplazarlos porque el Estado colombiano no puede proteger ni a una estatua.
En el costado sur de la Casa de Nariño estuvo el recuerdo de Ayacucho. Para facilitar una obra de ampliación de la calle 7ª, se trasladó al patio del edificio administrativo de Presidencia y décadas después sigue allí vigilando burócratas, sin que alcalde alguno lo devuelva a su digna ubicación primera.
Un grupo de indígenas caucanos decidió castigar a Don Gonzalo Jiménez de Quesada por las violencias de la conquista, que en la Sabana, por lo menos, no fueron tan graves como en otros parajes y derribó su estatua, sin que el Estado dé muestras de seriedad en el mantenimiento de la misma. Nunca entendieron los indígenas, que estaba allí por haber fundado la ciudad de todas las etnias colombianas.
Por una necesidad evidente, se debió cambiar de sitio el monumento recordatorio de las batallas de la independencia, con el Bolívar de Frémiet al frente, como puerta de entrada a Bogotá. No se tomó la precaución de cortar el cubo con técnicas al alcance de la mano, sino que se le demolió como a cualquier estorbo urbano atravesado en una calle. En su momento, la alcaldesa de turno mencionó un proyecto para reponerlo que califiqué de equipamiento para jugar a las escondidas en un parque infantil. Pero de esto no se volvió a mencionar cosa alguna.
En la Universidad Nacional, la estatua del General Santander, entronizado allí por su devoción a la educación pública y por haber fundado la Universidad Central, antecedente inmediato de la Nacional, fue derribada por “tropeleros” supuestamente de izquierda, calificándolo de enemigo del pueblo (?) porque, seguramente, no leyó el manifiesto escrito 8 años después de su muerte por Marx y Engels.
Pronto la ciudad quedará sin recuerdos del pasado nacional y local. Las referencias de culto cívico que dan identidad y comunican ejemplos por seguir, habrán sido condenadas a más de cien años de enbodegamiento.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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