LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA: UNA REFLEXIÓN INAPLAZABLE

LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA: UNA REFLEXIÓN INAPLAZABLE

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El espectáculo de las izquierdas, o autodenominadas izquierdas, en Latinoamérica y en los tiempos que corren es inquietante, por decir lo menos. Huérfanas de modelos universales y terceros interesados, se debate entre concepciones estatistas y movilizaciones populares sin dirección clara en lo ideológico y lo organizativo. Cuando un analista de lo político se enfrenta a casos como los de Venezuela, el más paradigmático, Nicaragua, Bolivia, Argentina, Cuba (el fósil del siglo anterior) y Colombia, el de perfiles más confusos, no encuentra homogeneidad alguna, ni sustentos ideológicos consistentes. Menos aparatosos y más serenos los de Brasil y Chile, que se decantan por las fórmulas probadas de la socialdemocracia europea.

La izquierda latinoamericana necesita reflexión de fondo. El “socialismo real” del siglo XX, modelo cuasi-religioso, fracasó y no de cualquier manera. Hoy nadie da un peso por la planeación centralizada de la economía y la eliminación del mercado como mecanismo de asignación de recursos. No hay un diseño socialista para los tiempos nuevos, ni un modelo de movilización popular, que al estilo del partido leninista, canalice, y monopolice, los intentos de superar las sociedades capitalistas. Las guerrillas supérstites, sin piso en el mundo de hoy, el de la revolución científica y el cambio acelerado, nunca salieron de la sinrazón de la violencia.

La reflexión debe comenzar por una autocrítica ilustrada. No puede ser que el espectáculo ofrecido sea el de los Chávez delirantes, el de los Ortega tiranos inspirados en brujería ramplona, el de los ministros de salud que se guían por las teorías conspirativas de los anti-ciencia y terraplanistas, el de regímenes represores como el cubano, y el de líderes iluminados, que profundamente ignorantes, amplían el peligro al pretender que saben de todo. La izquierda debe emprender la tarea antes de que el cansancio con los nuevos profetas conduzca al otro extremo, el de propuestas toscas e irracionales. Por cada Chávez puede haber un Milei, un Bolsonaro, o algo peor.

El recorrido por hacer en una autocrítica, debe comenzar por los orígenes de los diseños socialistas del siglo XX. Será un comienzo incómodo porque el diseño radical nace en la misma cuna del fascismo: la cuna es la crisis del Estado de derecho liberal, ampliada por la tragedia de la primera guerra mundial. El socialismo del momento se asume como un colectivismo. El colectivismo es el problema fundamental del fascismo, lo específicamente anti-liberal. La asunción llevó a la construcción de regímenes políticos monstruosos que, al caer, revelaron sus miserias.

Marx, si le sirve a la izquierda volver a él, nunca vio oposición entre individuo y sociedad. Su intento fue superar el dilema, verlos como caras de la misma moneda y no como excluyentes. El siguiente problema fue la santificación del Estado, tema ajeno para un socialismo con horizonte anarquista. La estatización y la burocratización, crearon una sin salida para las economías socialistas, hasta llevarlas al colapso. Las libertades individuales fueron satanizadas como “libertades burguesas”. No se las contempló como producto de las luchas de los pueblos y no se les reconoció su dimensión ética.

Predicar la revolución sin una idea de lo que puede ser un socialismo, sin crítica de la ideología y, sobre todo, sin considerar las transformaciones de las sociedades contemporáneas es esfuerzo estéril: por ejemplo, hoy el trabajo mayoritario está en el sector de servicios, lo que plantea problemas nuevos para las instituciones del trabajo, la educación y la gestión pública. La ciencia y la tecnología imponen una sociedad cambiante sin treguas. En la política, el orden económico nuevo produce una explosión de intereses sociales que supera ampliamente la más sencilla de la época del primer industrialismo. Esto genera la necesidad de un rediseño para los partidos. Antes representaban, cada uno, un interés principal y su correspondiente grupo social. Hoy el problema de los partidos es conciliar intereses muy diversos. Los movimientos sociales son eficaces para movilizar un interés específico, pero no reemplazan a los partidos como correa de transmisión entre sociedad y Estado.

Esta suma de problemas ha llevado las izquierdas a caminos inciertos. En América Latina sus partidos se ven reemplazados por movimientos populistas, algunos con matices fascistoides: caudillo iluminado, estrategias de polarización, ofertas de asistencialismo estatal, identificación simplista de los problemas de la sociedad y discursos de salvación. El caso más notorio es el régimen chavista, que, en medio de la incoherencia y el desorden, produjo la expulsión del 20% de la población, mayormente jóvenes, con la consiguiente aceleración del desplome de la economía y del empobrecimiento generalizado. La peor de las injusticias es la lucha mal concebida contra la injusticia.

La conclusión es clara: andar a ciegas, sin claridad de los límites prácticos de las metas que fija una ideología toscamente asimilada, sin crítica apoyada en la realidad, implica destrucción en lo económico, en lo institucional y lesiona el tejido social.

Espero palo, rayos y centellas. ¡Pero debe decirse!

Acerca del autor

Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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