
En fútbol y en política, somos un país de malos perdedores
Compartir:
Colombia se ufana de negociar después de matarse, pero no ha aprendido a ganar ni a perder sin destruir al contrario. Ni en la política ni en el fútbol.
El buen perdedor
Mi generación creció en aquella época en que los cantantes reconocidos no eran colombianos. Eran venezolanos: El Puma, setentero, Franco de Vita, Ricardo Montaner, Yordano.
Colombia, la verdad, no competía: Billy Pontoni, Fausto, Galy Galeano, por mencionar algunos, y un imberbe Carlos Vives que por cantar en un evento de la izquierda casi se vuelve objetivo militar de nuestra culta derecha paramilitar.
A mediados de los ochenta fue muy exitosa en Colombia una canción de Franco de Vita: El buen perdedor. Destaco algunas frases:
Claro que sé perder /
No será la primera vez/
Hoy te vas tú, mañana me iré yo /
Seré un buen perdedor /
El mundo no cambiará /
Alguien sin duda ocupará tu lugar.
Retomo estas frases desde una doble perspectiva: la política, a la que dedico algunos párrafos, y la futbolero-deportiva, eje central de esta reflexión sobre nuestro ser nacional.
Ganar y perder a la colombiana
Colombia es un país sin vencedores ni vencidos. Nos matamos sin límite ni piedad, pero al final conciliamos.
Es la buena y triste historia de las guerras civiles del siglo XIX, de la Violencia bipartidista y del largo conflicto armado. Como lo estudia Víctor Guerrero, aquí siempre hay esponsiones y acuerdos, concesiones y realismo: se mata, pero se perdona; se aniquila, pero se le da al derrotado un lugar.
Debe de ser un atávico mandato: mátalo, pero sé cristiano.
Con el tiempo, esto se civilizó. Ya no se mata directamente, pero se genera violencia que mata igual, solo que en tercera persona. El millón de cédulas falsas de Laureano Gómez fue el leitmotiv para mantener la tensión y permitir la Violencia. Los liberales tampoco pueden hacerse las víctimas, al modo de un Ramiro Bejarano, pues hicieron sus cositas o cosotas.
La sociedad y sus élites entendieron que ganar o perder nunca eran hechos ciertos ni definitivos. Ganar-perder, perder-ganar, ganar-ganar, perder-perder: la coexistencia de ambos extremos era una forma funcional de supervivencia.
Paradójicamente, la derrota electoral se ha aceptado casi siempre sin dramas: incluso un Andrés Pastrana, hoy más errático que nunca, reconoció su derrota frente a Ernesto Samper en 1994. Una semana después sacó los narcocasetes, pero el relevo presidencial no estuvo en duda.
Rodolfo Hernández también aceptó su derrota sin cuestionamientos, desde la cocina de su casa.
Por eso, este país de negociadores que se matan sin agüero no sabe cómo ganar en las contiendas deportivas. Sabe y no sabe hacerlo, como en todo.

Dizque el fútbol
El fútbol es el espejo perfecto de estas taras nacionales.
Hoy coinciden dos eventos: la lucha por el tercer lugar en un torneo mundial y la final de la Copa Libertadores.
No importa el desenlace: las reacciones son previsibles. Un país que no sabe ganar —porque, salvo Katherine Ibargüen, Mariana Pajón y, hoy, David Alonso, ha ganado poco— y que, sobre todo, no sabe perder. Pierde y no aprende.
En la Sub-20, que cayó 1–0 ante Argentina, el problema no fue perder, sino la reacción: periodistas, influenciadores, opinadores y fanáticos se ensañaron contra jóvenes de veinte años, exigiéndoles lo que ellos mismos nunca lograron. Reproducen el desprecio hacia los jóvenes y repiten discursos que ya produjeron muertos, como el de Andrés Escobar. Se llenan la boca con la palabra fracaso y destrozan la dignidad de un muchacho de 18 años por una jugada fallida.
Entre análisis futboleros y berrinches de redes sociales, emerge un canibalismo cocinado por décadas. Y, en ese lodazal, las voces más ruidosas siempre encuentran a quién culpar —de Petro a Néstor Lorenzo—, sin lograr el más mínimo aprendizaje.
Porque, en realidad, este es un gran equipo, con proyección hacia los Olímpicos de 2028, con estructura, propósito y calidad. Algo se está haciendo bien cuando las selecciones masculinas y femeninas compiten al nivel continental y mundial.
No ganan —son colombianas—, pero cada vez están más cerca. Hay que aprender a ganar sin cien muertos como en el 5–0 a Argentina, y a perder sin destruir al rival ni pasar por encima de la dignidad.
Aprender, aunque sea tarde
Las razones de fondo para no ganar están en la educación, la socialización, los valores familiares y la violencia como respuesta automática.
Y en otras más simples: nuestros jugadores, manipulados por empresarios oportunistas, van al extranjero en condiciones precarias, mientras los rivales llegan a grandes equipos y aseguran su futuro.
El caso del Deportivo Cali femenino ilustra una paradoja: pese a las malas administraciones, los atrasos salariales y el desprecio institucional, Cali y América han forjado una tradición sólida. Si ganan, ojalá los directivos no repitan la vergüenza del Huila cuando usaron el premio para pagar las deudas del equipo masculino. Si pierden, que sea sin insultos ni prejuicios.
Que seamos terceros y campeonas. Y si no, que al menos aprendamos a perder.
Le recomendamos: Una tregua en tiempos de odio
Acerca del autor
Andrés Dávila
*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.
0 comentarios





