LOS MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES ¿BUEN VIENTO O LASTRE?

LOS MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES ¿BUEN VIENTO O LASTRE?

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Corría el año de 1965. El desembarco de los marines americanos en la República Dominicana desencadenó una oleada de protestas entre la juventud universitaria de la época. En el mundo juvenil se movía una ola de politización intensa impulsada por la Revolución Cubana. En medio de las manifestaciones se produjo una actuación desacertada del rector de la Universidad de Antioquia y se juntaron las reivindicaciones de altísimo vuelo con las inquietudes gremiales del estudiantado. Fue el primer toque de alerta en mi cerebro sobre la naturaleza del movimiento estudiantil: comenzó con la petición del retiro de las tropas invasoras de la República Dominicana y terminó transando el fin del paro por “la libertad de los compañeritos detenidos”. Ascenso y caída de la desmesura.

En esas épocas de la juventud sesentera, el instrumento de protesta mayor era la huelga. Los estudiantes nos negábamos a la asistencia y a las tareas propias de la vida universitaria. Los profesores se quedaban en sus casas con el premio de ponerse al día, si eran juiciosos, o a descansar de la rutina docente. Los directivos se sentían obligados a superar pronto el asunto porque la burocracia debe cuidarse. Los estudiantes nos quedábamos (una pequeña proporción) dedicados a “cuidar el fuerte” y a meter ruido en las ciudades. El ministro de Educación daba declaraciones a la prensa y exponía su versión de la etiología del movimiento.

En la huelga iba la primera equivocación. La huelga copiaba los métodos de la clase obrera. Cuando un sindicato hace un paro en una empresa, hay un afectado claro. El dueño, o los dueños, sienten el golpe en el bolsillo. Cuando los estudiantes se van a la huelga ¿quiénes son los mayores afectados? No lo son los directivos ni los profesores. Lo son los propios estudiantes y lo es la Institución en su entidad esencial. Después de cada huelga la Institución salía debilitada. Como las universidades públicas eran el escenario preferencial, fue ésta, la universidad pública, la que empezó un declive pronunciado cobijada por el desprestigio de la percepción popular. Las Universidades privadas ascendieron para dominar el campo de la educación superior.

La institución para hacer política es el partido. La Universidad es una institución para la producción y difusión del conocimiento. Utilizarla para hacer política es desviarla de su misión. La Universidad puede y debe, ocuparse de la política: investiga y enseña. Los estudiantes pueden y deben  hacer política, pero para eso está el partido político. Desafortunadamente, el sistema político colombiano no tiene partidos políticos bien conformados para servir de correa de transmisión entre Estado u sociedad. Es además un sistema partidista fraccionado y disfuncional que no ha tenido la educación superior entre sus prioridades. 

No se puede negar que hay avances notables de las universidades públicas en las últimas tres décadas, pero hoy vuelve el mulo al establo. El espectáculo de la Universidad Nacional duele. La demagogia propia de los populismos que se presentan como revolucionarios, está a la orden del día para destruir lo alcanzado. 

Una Universidad es una comunidad de saberes. Es por lo tanto una comunidad estamental. Pretender que la gobiernen los estudiantes es invertir la realidad. Creer que la universidad es democrática porque para su gobierno calca la democracia política de una sociedad y un Estado, es un disparate. La Universidad es democrática cuando sirve a las instituciones que encarnan esa democracia, cuando es accesible para todos los que tengan los méritos académicos necesarios con independencia de privilegios sociales, cuando es arena de debate civilizado, cuando fortalece a la sociedad con conocimiento científico y reflexión filosófica orientadora y cuando desecha la ideología en favor del conocimiento.

Para entender de qué se trata, basta con hacer un recorrido por el lenguaje de los estudiantes que bloquean la Universidad. Los viejos profesores jubilados, los que más visitamos las instalaciones de salud, tenemos la tentación, y caemos, en la charla ocasional con los chicos que juegan a la milicia guardiana del fortín. El nivel de formación política es lamentable. Repiten frases hechas sobre la “universidad popular” sobre el “gobierno de las bases” y el “acuerdo constituyente” pero no se les puede sacar algo sobre la misión de la Universidad, sobre el papel de la ciencia y la filosofía, sobre lo que significa como fortaleza para la sociedad tener Universidades sólidas, de alto nivel académico, sobre las conexiones entre política, ciencia y reflexión filosófica.  

Estos muchachos, que no son la mayoría pero si activistas consagrados, usan un lenguaje de fórmulas y conceptos supuestamente progresistas, sin ser conscientes de la carga de pensamiento mágico que  expresan con las loas a los saberes de chamanes y chisgarabises, y esgrimen conceptualizaciones al estilo de “las epistemologías del sur” (¿tendrá el conocimiento diferencias por puntos cardinales?) y otras lindezas por el estilo como la idea de que se aprende más del plomero proletario que del profesor de hidráulica. Dan ganas de llorar.

Acerca del autor

Armando Borrero
armandoborrero@razonpublica.org.co | + posts

Cofundador de Razón Pública.

Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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Armando Borrero

Cofundador de Razón Pública. Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

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