La vaca de llorente. el regionalismo como factor de desinstitucionalización
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LA VACA DE LLORENTE. EL REGIONALISMO COMO FACTOR DE DESINSTITUCIONALIZACIÓN

Escrito por Vladimir Montana

Ya llevamos varias semanas hablando de la “vaca” para terminar una vía 4G a través de una curiosa estrategia de tributación para-estatal. Por supuesto, no es comparable con el bazar del barrio para hacer la cancha de fútbol o una placa-huella financiada por una comunidad veredal; en este caso, se hace, fundamentalmente, para generar una crisis de gobernabilidad en la región con el segundo PIB del país. “Si Antioquia resiste, Colombia se salva”, proclaman los inspiradores de esta peligrosa estrategia política que incentivará un patrioterismo preexistente en ciertos sectores de la sociedad antioqueña.

El regionalismo paisa es un aspecto de la cultura nacional bien conocido, y no vale la pena a irnos al patriarcado de la colonización antioqueña, a la literatura de Tomás Carrasquilla, hacerle barra al equipo Orgullo Paisa o turistear en Día de la Antioqueñidad, para demostrar que existe y está vigente. Hasta ahora, no ha logrado ser, de manera creíble una amenaza al proyecto nacional, tal como ocurrió a principios del siglo XX en Brasil por cuenta de un ferrocarril carretera y que llevó a una guerra cívico religiosa (con profetas incluidos) denominada la Guerra del Contestado, que tiene raíces en la rebelión liberal de los Farroupinhas procurando la independencia del reinado conservador de Pedro I, y que es la base de un discurso marginal conservador separatista en las provincias de Paraná, Santa Catarina y Rio Grande del Sur.

Ahora bien, aunque, hay algunos puntos de comparación, el regionalismo paisa tampoco ha alcanzado el separatismo de la “media luna” oriental boliviana que, en 2006, al oponerse al gobierno de Evo Morales y su reforma constitucional, amenazó con la separación de las provincias de Santa Cruz, Pando y Beni, que reunidas suman el 60% del territorio nacional y cerca del 40% del PIB al encontrarse allí las mayores reservas petroleras. Tampoco tiene que ver con el secesionismo étnico del sur del Perú, que en cada elección se asoma con la idea de una República Peruana del Sur, que se revivió en el golpe de Estado a Castillo, y que tiene hoy en día la golosina del litio para facilitar la injerencia de intereses extranjeros tal como ocurrió en Panamá.

Aunque la agenda separatista forma parte del imaginario de las extremas derechas más marginales, no puede negarse que en ciertos momentos de crispación política afecta la agenda política de sectores derechistas fundados en la identidad, la tradición y el rechazo a lo foráneo, ergo lo capitalino. El triunfo de Milei no ocurrió en Buenos Aires, como sabemos, sino en unas provincias hastiadas del centralismo porteño. Mendoza, para el caso, luego del triunfo de Alberto Fernández, revivió la vetusta idea de la capacidad de la provincia de convertirse en un país independiente. Esta idea se impone también en sectores minoritarios mapuches, que enarbolan, en momentos de crisis, un relato independentista poco creíble.

Como podemos ver, el regionalismo nacionalista, es un factor presente en la política latinoamericana, y aunque no tiene los niveles que hay en Cataluña, Escocia, Quebec o el País Vasco, es el crisol de la mencionada “vaca” de la carretera Medellín-Turbo, cuyo propósito fundamental es generar la ingobernabilidad del gobierno central; similar a como el separatismo de la media luna oriental boliviana intentó boicotear el gobierno de Evo Morales. Esta semilla, sería sin lugar a dudas la base de una radicalización de la oposición frente a la improbable continuidad de la izquierda en el poder central, y genera dudas sobre la gobernabilidad de otro gobierno relacionado con el Pacto Histórico

La supremacía de la derecha en Antioquia, y que tuvo una breve ruptura en la administración del alcalde Quintero, ha revivido un orgullo identitario que recientemente se ha sentido afectado por la arremetida de los foráneos Gilinski en el corazón del Grupo Empresarial Antioqueño. Hay factores de diversa índole, incluido el juicio al expresidente Uribe, que generan una piquiña identitaria particular. Bien valdría repetir, en la actual coyuntura, un estudio semejante al que realizó EAFIT en 2013, donde se preguntaron: ¿Cómo somos los antioqueños y las antioqueñas hoy?, y que demostró, según afirma de manera dudosa, que el regionalismo antioqueño “es más mito que realidad”.

La irresponsabilidad de llevar a cabo una oposición política apelando al regionalismo pone en riesgo una comunidad imaginaria nacional que no ha tenido mayores quebrantos en la historia de Colombia. No me refiero a un separatismo, pero sí al impulso de una agenda política nacional que con el nombre de “federalismo”, en lo sustancial, facilitaría la insolidaridad de las regiones ricas con las pobres.  La idea ha tomado curso entre la derecha antioqueña, y si bien fue el caballo de batalla solamente de uno de los candidatos a la gobernación, fue una propuesta que generó consenso entre todos los candidatos.  Famoso por haberse lanzado a fondo con el tema de la federalización, el candidato Tobón (2% de los votos) se promocionaba con una peculiar cadena de hashtag aludiendo a la libertad”. “#AntioquiaLibre#JusticiaSocial#AntioquiaFederal”. En medio de ese debate, el excandidato a la gobernación Esteban Restrepo (quien obtuvo el 9% de la votación), compartió en redes sociales un mapa de Antioquia que borraba al Chocó y remitía el hashtag “#Antioquia federal y autónoma”. Hoy en día Julián Rendón, el gobernador elegido, en medio de la famosa “vaca”, ha retomado con nuevos bríos el tema de la federalización incluyendo un plebiscito sobre autonomía fiscal.

Como podemos ver, lo de la carretera, es quizás el “florero de Llorente” de un proceso de oposición radicalizado y regionalmente situado. Y así, la que podría ser a lo sumo una “obra con sesgo regional” busca terminar mucho más lejos de lo que genere la “vaca” facilitando una agenda de “resistencia” al gobierno central y las políticas de izquierda que ganaron en 2022. Se trata de un peligroso proyecto que, alentando una oposición regionalmente, acrecentará los sentimientos de una mayoría patriotera y conservadora. Esta iniciativa está, muy lejos, por ejemplo, de la Liga Costeña de principios del siglo XX, que buscaba contener problemas estructurales del centralismo de la reforma de 1919; no pretendía, en todo caso, generar ingobernabilidad al gobierno de Marco Fidel Suárez.

Si bien es cierto que la identidad y el regionalismo antioqueño es un mito que se renueva, esperemos que no sea a costa de la comunidad imaginaria nacional. Mejor retomar las palabras de Francisco de Roux: “En Colombia habrá paz si Antioquia quiere”.

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