Carlos Ramirez, autor en Razón Pública

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Antes de que despegara el primer vuelo humanitario desde el aeropuerto Ben-Gurion, en Tel Aviv, una de las pasajeras pidió la atención de los demás pasajeros y tomó la palabra. Cerró los ojos y los puños y, en medio de algo parecido a un arrebato místico, agradeció a Dios, a la Embajadora de Colombia y a la Fuerza Aérea la posibilidad de poder salir de Israel. Cinco días antes, el 7 de octubre, Hamas había hecho una violenta incursión en territorio israelí; a causa del contexto de guerra abierta, los vuelos comerciales habían sido cancelados. El operativo en curso era la única alternativa a la mano de retorno a Colombia. Un grupo significativo de pasajeros hicieron eco del gesto de agradecimiento y comenzaron a cantar, durante varios minutos, canciones religiosas: “Solo tú Él es digno de exaltarle, solo Él es digno de alabarle / Solo tú Él es digno de darle gloria / Mi Dios es grande, mi Dios es grande”.

Algunos pasajeros murmullaron que también se hubiera debido mencionar al Presidente Petro en los agradecimientos pero, ante las miradas de censura de los vecinos, esas voces no se elevaron. De lo que no se puede hablar, es mejor callar. Más de 22 horas después, y luego del paso por Lisboa, las Islas Azores y Punta Cana, los 110 colombianos llegaron a Bogotá. Al llegar varios sacaron banderas de Colombia e Israel, agradecieron, de nuevo, a la Fuerza Aérea, y pidieron incluir a Israel en sus oraciones. Para ese entonces la operación militar israelí en Gaza le había costado la vida a unos 1600 palestinos. Pero de eso no hablaban los peregrinos. Las conversaciones giraban en torno a qué tan lamentable era no haber podido visitar la Iglesia de la Natividad en Belem o de haber recorrido la via dolorosa, en Jerusalén.  Jesús estaba muy presente en las conversaciones, pero no su compasión.

El grupo de viajeros incluía un pastor católico y a miembros del grupo de 92 personas que había viajado a Tierra Santa con Jesús Hernán Orjuela, un predicador mediático conocido como el ‘Padre Chucho’. En 2022, él había promocionado el viaje “Las Siete Iglesias del Apocalipsis y tras los Pasos de San Pablo”, en Turquía y Grecia, y, ahora, el destino había sido Israel. El sacerdote venía de un encuentro, en Roma, de la Asociación Internacional de Exorcistas. Días antes del vuelo humanitario, desde Jerusalén, se había convertido en el principal analista geopolítico de varios reconocidos medios de comunicación. Sollozando, en medio de un grupo de feligreses alineados cuidadosamente detrás de su líder espiritual, el ‘Padre Chucho’ contaba desde el lobby de un hotel qué tan dramática era la situación, cómo habían escuchado alarmas de alerta, aludía a la supuesta escasez de alimentos y medicinas –después de 5 días en una ciudad libre de ataques–  y cantó con pasión, junto con su coro plañidero, el himno nacional. Explicó, en su nuevo rol de analista internacional, cómo “los terroristas en Irán” buscaban, a través de la acción de Hamas, “evitar estas alianzas o pactos de hermandad, de paz”, entre Israel y los pueblos árabes. La paz ante todo. Señaló de todas las formas su solidaridad con Israel y criticó la postura de Petro –a quien, en el pasado, había caracterizado como un “Chávez Pequeño”– ante el conflicto en curso.

La simpatías político-religiosas del ‘Padre Chucho’, y de muchos feligreses colombianos, no son nada excepcional en el marco, transversal a católicos y protestantes, del ‘sionismo cristiano’. En EEUU, ante la ofensiva israelí, han aparecido varios pronunciamientos, como, por ejemplo, el “Evangelical Statement in Support of Israel”, firmado por unos 90 pastores, respaldado por unos 2000 y derivado de una asociación con 45.000 iglesias. El Estado de Israel cuenta con fieles apoyos entre las iglesias evangélicas norteamericanas, mexicanas y brasileras. Cabe preguntarse a qué se debe ese apoyo, cuya aparición dista de ser obvia. En Colombia, desde el debate sobre la inmigración judía, en los años treinta, hasta algunos pronunciamientos del exprocurador Ordoñez, inspirados por el Lefevbrismo, ha abundado la hostilidad hacia los judíos desde bases católicas. Del lado protestante, no está mal recordar, entre otros elementos, que Lutero escribió, en 1543, un agresivo panfleto antisemita titulado ‘Sobre los judíos y sus mentiras’. Obviamente los cristianos no católicos no son necesariamente luteranos, y otros reformadores, como Calvino, no parecen tener una relación particularmente conflictiva con el judaísmo, pero, para desnaturalizar la proximidad de muchas iglesias protestantes a Israel, en las cuales no es extraño encontrarse con la estrella de David, la menorah (candelero de 7 brazos), banderas de Israel y hasta uso de la kipá, es importante remontarse a los orígenes de una de las ramas centrales del cristianismo no católico.

Aunque todo esto requeriría un mayor desarrollo, podrían mencionarse al menos 3 razones para ese apoyo incondicional, aún en el contexto de una catástrofe humanitaria en Gaza.  En primer lugar, la presencia, entre muchas de estas iglesias, de posturas marcadamente “gobiernistas” y la simultánea suspicacia ante cualquier forma de desafío a un gobierno establecido –llámese ‘terrorismo’, subversión o, simplemente, protesta–. Que aquí se deslicen con facilidad posturas hostiles a la izquierda y, como significativa excepción a la regla, no se reconozca la legitimidad de gobiernos de izquierda, no es así casual. En ese marco es diciente la mención, en el “Evangelical Statement in Support of Israel”, de un pasaje del capítulo 13 de la Epístola a los Romanos: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo”. El operativo contra Hamas sería así parte de la necesidad de infundir temor a los ‘malos’. Dice el versículo 4: “Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano (el magistrado) lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”. Un esquema de interpretación de todo desafío a un Estado como un acto de impiedad, merecedor de un acto de venganza, legitima aquí la “legítima defensa” de Israel.

En segundo lugar, y sobre todo en relación a las iglesias evangélicas norteamericanas, pueden hallarse razones para el apoyo a Israel en su escatología. Para muchos cristianos no solo el establecimiento del Estado de Israel, sino los conflictos en los cuales este se vea involucrado e, incluso, el sufrimiento del pueblo judío, son signos del cumplimiento de sus expectativas sobre el fin de los tiempos.  El pastor John Hagee sostuvo por eso, en el 2008, que el Holocausto era parte de los planes de Dios para el retorno de los judíos a Tierra Santa. Los judíos, desde esta perspectiva, son un pueblo elegido por Dios cuyo retorno a la zona en la cual tendrá lugar, en el Valle de Jezreel (Israel), el retorno triunfante del mesías y la batalla final entre Jesús y el anticristo, es un signo profético. Se profetiza que un ejército combatirá al pueblo de Dios y sitiará a Jerusalén, de modo que la presencia de los judíos en este lugar, y las amenazas contra ellos, son un momento necesario de la llegada del fin de los tiempos. Con la derrota del anticristo se instaurará, de manera definitiva, el Reino de Dios. Esto se mezcla fácilmente, además, con la islamofobia extendida entre la derecha cristiana, en tanto el ‘falso profeta’ de Apocalipsis 16:13 podría ser, desde esta lectura, nada menos que el profeta Muhammad. Que una organización islamista ataque a Israel encuadra así en la expectativa escatológica.

En tercer lugar, como suele pasar en otros fenómenos que involucran la religión y la política, la forma de interpretación de pasajes de textos sagrados y la selección de tales o cuales pasajes como particularmente significativos y nucleares –y no de otros- , va de la mano con la capacidad de movimientos estructurados, partidos y Estados de generar apoyos ideológicos, tejer redes y satisfacer a sus clientelas, esto es, con razones no puramente hermenéuticas acerca de cómo y por qué se impone una cierta línea de interpretación. En este punto se entrecruzan procesos endógenos, al interior de las iglesias y sus disputas hermenéuticas, con dinámicas políticas más amplias. En ese sentido, cabe decir que el Gobierno actual de Israel ha sido particularmente hábil en establecer redes de solidaridad entre las iglesias evangélicas –como lo muestra, por ejemplo, el encuentro de Netanyahu con la plana mayor de los pastores evangélicos mexicanos en 2017 y con sus pares brasileros en 2018 – y, asimismo, que el Partido Republicano, en los EEUU, ha cultivado eficazmente su apoyo a la par que promueve, de manera sutil o velada, la islamofobia. Bolsonaro, en esa misma línea, promovió una relación muy estrecha con Israel y calculó el respaldo de las iglesias evangélicas haciéndose bautizar, en el 2016, en el Río Jordán. Apoyar incondicionalmente a Israel da votos. Más de 100 miembros del congreso norteamericano actual se declaran evangélicos. No es de sorprenderse, entonces, que ciertas líneas interpretativas prosperen allí donde cuentan con atmósferas institucionales que las estimulan y premian.

El silencio acrítico del Padre Chucho, junto a muchos creyentes, católicos y protestantes, ante el genocidio en Palestina, no es gratuito. Cuando a ciertos criterios metahistóricos convertidos en el núcleo de una fe se suman coyunturas propicias para su aplicación, están dadas las condiciones para omitir o relativizar la información adversa a las propias expectativas. Incluso si eso violenta otros elementos de la propia tradición, tal como preceptos morales con una vocación universal. Para muchos creyentes solo cabe decir, por eso, respecto al Estado de Israel: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan” (Génesis 12:2).

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Foto: Wikimedia Commons - ¿Qué se hará para recuperar el río Bogotá?

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Las cifras del DANE muestran que el 77 % del suelo agropecuario en Colombia se destina a la ganadería, y apenas el 9,2 % se destina a la producción agrícola

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Carlos Ramirez

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Carlos Ramirez

Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.

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Para muchos judíos, en Colombia y en el mundo, la simpatía hacia el Estado de Israel es parte de su identidad. Celebraciones religiosas, públicas y privadas, suelen incluir la bandera de Israel, un símbolo indisociable del sionismo. El hecho no es sorprendente. Conceptos religiosos prescritos en el judaísmo, como el de arevut, señalan la importancia del cuidado recíproco de todos los miembros de la comunidad y, por tanto, se hace extensiva a los judíos israelíes. Además, en la medida en que el significado de ser judío no se reduce a la profesión de una fe, pues puede incluir una dimensión étnica, también están allí en juego solidaridades y lazos no necesariamente religiosos. Desde sus inicios, la Ley de retorno, gracias a la cual cualquier judío del mundo tiene derecho a inmigrar a Israel, posibilitó además tejer un vínculo fuerte entre el nuevo Estado y las comunidades judías dispersas por todo el mundo. La existencia del Estado de Israel, luego de la Shoah, representa, para muchas de esas comunidades, una compensación histórica, un refugio y un signo de resiliencia irrenunciables.

La crisis desencadenada por los ataques de Hamas del 7 de octubre debería abrir, sin embargo, para los judíos mismos, la pregunta en torno a los costos de haber estatizado su sentido de comunidad y llamar a pensar en la necesidad de un judaísmo postsionista. Pero eso no parece estar pasando.  El 2 de noviembre, luego de 9000 muertos en Gaza, un comunicado de la Confederación de comunidades judías de Colombia sigue hablando del ‘derecho a la legítima defensa’ y recordando, una vez más, la larga historia del antisemitismo. Marcos Peckel, profesor y director ejecutivo de la confederación, sazona además esa perspectiva, en su columna más reciente de El Espectador, con un ataque al ‘progresismo’, desenmascarado ahora, a su juicio, como “odio a los judíos”. Las protestas contra lo que está ocurriendo en Gaza, solo son, según esto, una injustificada propaganda antisemita de la izquierda.

Se añora, ante ese tipo de voces, algo de reflexión.

Tal vez sea la hora de que las voces críticas, dentro del judaísmo, respecto a los efectos nocivos que ha tenido la existencia misma del Estado de Israel para la identidad judía, se hagan más fuertes dentro de sus comunidades. El acto reflejo de hacer pasar toda crítica al Estado de Israel como una variante de antisemitismo, puede ser particularmente debilitado si son los judíos mismos quienes toman distancia respecto a la estatización de su identidad. Al respecto pueden hallarse opciones muy sugestivas, tanto desde una perspectiva religiosa como desde de una perspectiva secular.

Respecto a la primera, vale mencionar a Neturei Karta (Guardianes de la ciudad). El radicalismo religioso judío suele ser asociado, en términos políticos, con el tipo de mesianismo que mueve a los colonos paramilitarizados en Cisjordania a reclamar, como propio y prometido por Dios, ese territorio. Ocuparlo, a su juicio, y expulsar a los no judíos, es un mandato divino por encima de cualquier obligación legal. La geografía sagrada usada en torno al término de Eretz Israel, de la Tierra de Israel, incluye a Judea y a Samaria y, por tanto, a territorio palestino. La reivindicación del derecho sobre ese territorio es el terreno teológico en el que operan, como descendientes directos o indirectos del pensamiento de Gush Emunim (El bloque de los creyentes), un grupo surgido en 1967 en torno a las ideas del rabino Zvi Yehuda Kooka, algunos de los ministros y aliados del Gobierno de Netanyahu.  De esa línea proviene, por ejemplo, Bezalel Smotrich, el Ministro de Finanzas, conocido por su plan de expulsión de los palestinos y sus continuas legitimaciones del uso de la violencia.

En contraposición a esta línea, Neturei Karta (Guardianes de la ciudad) sostiene una postura mesiánica radicalmente antisionista. Resultante de las ideas de Rabbi Amram Blau, y fundado en 1938, este grupo encarna la paradoja de tener que hacer política para sostener una postura anti-política. La venida del mesías, para el genuino creyente, debería quedar al margen de toda acción humana y, por tanto, cualquier pretensión de acelerar, a partir de la propia acción, el curso de los tiempos, debe ser vista como herética. Solo queda esperar pasivamente el fin del exilio y cumplir fielmente, mientras tanto, donde quiera que sea, los mandatos religiosos. El exilio no puede ser revocado voluntariamente y, por tanto, por medios político-militares. El sionismo, como una ideología nacionalista, y, en particular, el sionismo religioso, serían así pecaminosas doctrinas del autoempoderamiento humano que convierten a los judíos en una imitación de los no creyentes, de los ‘gentiles’, y obedecen a la lógica de un mundo secularizado.

Sobre esta base teológica-política, los miembros de Neturei Karta rechazan públicamente cualquier participación de los judíos en los asuntos del Estado de Israel y, por supuesto, su defensa. Si la idea misma de un Estado judío sería necesariamente contradictoria, más lo es aún la invocación de su ‘legítima defensa’.  El rabino Yisroel Dovid Weiss, líder del grupo, dice por eso lo siguiente en conexión con lo que está sucediendo hoy día en Gaza: «El judaísmo se trata de someterse a Dios Todopoderoso, mientras que el sionismo es el nombre del nacionalismo extremo que pretende poseer todo lo relacionado con la formación de una nación”. La defensa de una nación, por parte de un Estado, no puede usurpar el cumplimiento de obligaciones religiosas: “nosotros, como judíos, hicimos un pacto con Dios en el Monte Sinaí para obedecerlo y nunca violar la Torá. Este pacto sigue vigente. Nos adherimos a él, ser judío lo requiere. Pero el sionismo se estableció hace aproximadamente 150 años, e iguala ‘el territorio de Israel’ con el judaísmo. No tiene conexión alguna con la religión del judaísmo». Y añade: “por eso lloramos con los palestinos”.

Dentro de las voces antisionistas seculares, una muy sugestiva es la del matemático y activista político Moshé Machover. El trasfondo biográfico de este autor es revelador, pues es firmante de un texto, publicado el 22 de septiembre de 1967, poco después de la Guerra de los Seis Días, en el cual se sostiene lo siguiente: “La ocupación implica un gobierno extranjero. El dominio extranjero implica resistencia. La resistencia implica represión. La represión implica terror y contraterrorismo. Las víctimas del terror son en su mayoría personas inocentes. Aferrarnos a los territorios ocupados nos convertirá en una nación de asesinos y víctimas de asesinatos». Suena profético y lo es. El 7 de octubre de 2023 también se cumplió lo previsto. Se trataba de una declaración de Matzpen, la organización socialista a la que Machover estaba vinculado.

Desde una perspectiva socialista e internacionalista, que incluye, entre otras, el rechazo de la Ley de Retorno, Machover considera que el Estado de Israel – y no el Gobierno actual de Netanyahu – es la consumación del proyecto colonialista y nacionalista que es el sionismo. El núcleo de este último es construir el mito de que todos los judíos del mundo constituyen una única nación – no una única religión – y que la colonización de Eretz Israel, por parte esa nación, legitima la expulsión de otros grupos. La limpieza étnica, dentro de esta suerte de Destino Manifiesto, no es aquí un azar: “los no judíos que viven en la patria judía son meros intrusos extranjeros. La colonización sionista se justifica como ‘retorno a la patria’, un derecho que poseen los judíos pero que se niega a los intrusos extranjeros, los refugiados palestinos, que han sido desalojados legítimamente de la patria judía”. A partir primordialmente del análisis de documentos de ideólogos significativos en la historia del sionismo, Machover busca mostrar esa conexión de la ideología sionista con la política israelí reciente y, como parte de ella, con la violenta represalia israelí sobre toda la población de Gaza y, cada vez, sobre la población de Cisjordania. Más allá de los motivos desencadenantes, se trataría de la prosecución consecuente del sentido original del proyecto político sionista.

Obviamente, como toda argumentación, secular o religiosa, posiciones como las de Neturei Karta y Machover, están sujetas a controversia. Entran en juego complejos debates hermenéuticos e históricos que no viene al caso comentar aquí. El punto es que este tipo de posiciones, arraigadas, en todo caso, en la pertenencia a una comunidad y, por tanto, en la inserción en su historia y su tradición, deberían hacerse fuertes al interior de las comunidades judías. Ahí pueden operar como puente respecto a los intereses palestinos, con miras a una solución del conflicto, y como un desafío a las lealtades ciegas y la legitimación acrítica de la propaganda pro-israelí. Bien dice Machover: “los judíos en la diáspora, incluido este país, están profundamente divididos en su actitud hacia el sionismo e Israel. Muchos han hecho del apego a Israel parte de su identidad judía, como un suplemento y en algunos casos como un sustituto de su religión. Apoyan a Israel en ‘lo correcto y lo incorrecto’ y tienden a suponer que la hostilidad al sionismo debe estar motivada por el antisemitismo”. El autor añade, en ese panorama oscuro, la importancia creciente de hablar de los judíos, religiosos y no religiosos, que rechazan convertirse en cómplices de los crímenes de Israel. Solo cabría añadirle el deseo de que ojalá, en Colombia y en el mundo, su número crezca. La necesidad histórica de un judaísmo post-sionista es imperativa.

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Carlos Ramirez

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Carlos Ramirez

Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.

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¿El entusiasmo de la guerra?

Los hechos son conocidos: Petro condenó como ‘genocida’ la retaliación de Israel en Gaza y no hizo lo mismo, en principio, respecto al atentado de Hamas. Las reacciones han sido enérgicas o furibundas. Apareció la carta de los 12 excancilleres acusándolo de separarse “de manera radical de la tradición de nuestro país por el respeto al derecho internacional y al multilateralismo”. Unas 100 personalidades públicas, pertenecientes primordialmente al centro o a la centro-derecha, publicaron un comunicado en el cual señalaron no sentirse representadas por el Gobierno Nacional e instaron a condenar “de modo inequívoco” la acción de Hamas.

Ya en otro rango de indignación, la Confederación de Comunidades Judías de Colombia acusó a Petro de justificar el terrorismo de Hamas y ponerse del lado de la “tiranía iraní” mientras el Embajador de Israel en Colombia, como parte de una crisis diplomática entre ambos Estados, calificó los pronunciamientos de Petro como “hostiles y antisemitas”. Con un nivel añadido de dramatismo o, mejor, de melodrama, la Revista Semana dijo, en la portada de su última edición, que Petro puso a Colombia del lado del “eje del mal”. Pero Semana se quedó corta. La escritora Carolina Sanín, una desconsolada expetrista, soltó una frase digna de Miguel Polo Polo: “el presidente sigue siendo el sanguinario o el sangre fría que fue. Se le nota el entusiasmo de la guerra”.

Como siempre se precisa ante una oleada de certezas y juicios carentes de mesura, vale la pena preguntarse si Petro está equivocado o no. Mi respuesta anticipada es que su postura es políticamente comprensible, así sea moralmente problemática.

Lo primero que parece implicado en ella es el rechazo de una politización del moralismo. La acción de Hamas fue brutal, sin duda, pero de ahí no se puede seguir ni una legitimación de la no menos brutal reacción israelí ni, tampoco, una equiparación de todas las violencias. No es posible lo primero al menos por 3 razones:

En primer lugar, porque parte de un problemático “presentismo”. La operación Inundación de al-Aqsa, llevada a cabo por Hamas, no es el inicio de una historia sin antecedentes. Es parte de un círculo de violencias que no arrancó el 7 de octubre, con unos milicianos ejecutando civiles indefensos, y que arrastra tras de sí una larga historia de retaliaciones, provocaciones, medidas gubernamentales temerarias, legitimaciones ideológicas del uso de la violencia y resentimientos colectivos e individuales acumulados. Aislar la masacre, como un evento independiente, es moralmente engañoso. Supone una muy estratégica amnesia.

En segundo lugar, porque, pese a todo el aparato mediático orientado a despertar solidaridad con Israel, incluyendo las historias – aún no verificadas – de violaciones y niños decapitados, no tiene que existir un vínculo directo entre compasión y compromiso político. Saltar de la experiencia de compasión ante las víctimas a la solidaridad con el Estado de Israel y la catalogación de su acción como “legítima defensa” no es un paso necesario en la construcción de un juicio político-moral ante lo sucedido. La compasión puede permanecer perfectamente como un sentimiento moral válido, e incluso puede dar lugar a solidaridades públicas, al margen de esas consecuencias políticas. La trampa mediática consiste en convertirla en capital político para el Estado de Israel.

En tercer lugar, y a no ser que se identifique la justicia con la ley del talión, la respuesta justa a un acto brutal no tiene que ser un acto igualmente brutal. Ese es el esquema de razonamiento moral que, en Colombia, aún alimenta la legitimación del paramilitarismo y no da cuenta, entre otras, de las normativas sobre la conducción de la guerra a las que, por encima de cualquier otro actor, deben someterse los Estados contemporáneos. No se puede juzgar la conducta de un Estado, y menos cuando se viola toda proporcionalidad, como si fuera un acto personal de venganza. Muchas de las reacciones al atentado, incluyendo en primera instancia las de varios ministros israelíes, no parecen ver la diferencia y terminan avalando, bajo la excusa de que Hamas utiliza a los civiles como ‘escudos humanos’, un indiscriminado castigo colectivo a la población de Gaza. En ese sentido Petro, o el historiador israelí Raz Segal, hablan de ‘genocidio’.

Tampoco es plausible poner todas las partes en el mismo lugar o, para decirlo con un acertado término en inglés, el “bothsidesism”. Decir, de manera global, que todas las violencias son iguales y que hace falta, en consecuencia, ponerse del lado de las víctimas de lado y lado, y condenar por igual los actores armados en contienda, tiene el aire bonachón del humanitarismo liberal. Suena moralmente ecuánime y cancela la toma de posición política en nombre de una compasión extendida. Esta es una estrategia de despolitización, pues pretende ponerse por encima de ambos bandos y asumir una neutralidad sin opuestos. Desde esta perspectiva, se sigue una postura “metapolítica” que llama vagamente a la paz y el entendimiento entre israelíes y palestinos con abstracción de la naturaleza de los actores involucrados, su historia y su relación de fuerzas.

El problema con esta perspectiva, centrada nuevamente en la compasión ante todas las víctimas, es que nivela las partes, oculta su desigualdad estructural, invisibiliza las dimensiones geopolíticas y deshistoriza el conflicto. Ya no se trata aquí de las consecuencias de un proyecto colonial amparado por “Occidente”, de las consecuencias de una visión racializada del nacionalismo que es parte del proyecto sionista, de los efectos del ‘settler colonialism’ impulsado por el gobierno de Netanyahu, de la naturaleza de las guerras asimétricas y la violencia anticolonial, de las dinámicas de los procesos de radicalización y el lugar en ellas de ideologías islamistas o de los efectos, propiciados por Israel, de debilitar sobre esa base la Autoridad Palestina, sino de una eliminación simétrica del sufrimiento de individuos sin comunidad, pasado, organización, ideología o sentido de justicia. Esta es una postura que se aleja, ciertamente, del belicismo justiciero – con su diente por ojo y su ojo por cabeza – pero que convierte un intenso conflicto político en una pálida y sentimental exigencia moral.

La postura de Petro, como político y cabeza de un Estado, puede entenderse en ese marco. Resulta moralmente problemático, sin duda, callar ante el asesinato y secuestro de civiles, pero este silencio es el costo de deshacer el consenso, de Biden para abajo, en torno a la legitimidad de la reacción de Israel y posicionar, a la vez, como una postura contrahegemónica, el carácter político del conflicto. Que la reacción de Petro sea en sí misma una mala jugada política, porque margina al país del consenso en torno al “derecho internacional” y resquebraja sus lealtades tradicionales, tal como lo supone la carta de los excancilleres y otros pronunciamientos, solo se deja sostener desde una mirada consensualista y “pragmática” sobre el sentido de la acción política. El gaseoso “escándalo” en torno al costo, militar y comercial, de una eventual ruptura de relaciones con Israel, es parte de ese mismo escenario.

Obviamente se puede discutir qué tan útil puede ser para la consistencia de la política exterior colombiana y para los intereses acumulados, en términos políticos, militares y comerciales, adoptar la perspectiva de Petro. Sobre todo, lo cual no es necesario, si se identifica ese acumulado con los ‘intereses nacionales’. Tal vez la salida del gobierno resulte inútil y contraproducente. Puede ser un cálculo fallido. No es claro, por ejemplo, al menos hasta este momento, que otros Estados se vayan a terminar sumando a la perspectiva colombiana. No obstante, dejando de lado que es muy temprano aún para juzgar los efectos de los pronunciamientos de Petro, el punto es desde dónde se plantea el argumento en contra. Y la cuestión es si criterios como los de consistencia de la política exterior, utilidad de una decisión y preservación de un consenso jurídico-moral deben ser siempre los dominantes.

La carta supone que la acción política, en el plano internacional, consiste en hacer jugadas dentro de reglas supuestamente compartidas y, en cierto modo, ajenas a revisión. La cuestión es si esa es la única forma de acción posible y si Colombia no le puede apostar, más bien, en esta coyuntura específica, a la posibilidad de liderar un orden hegemónico alternativo. Uno que se establezca, en clave latinoamericana, sobre la base del antagonismo respecto al respaldo rotundo a Israel en el cual coinciden Europa Occidental y los Estados Unidos. Se trata de una cuestión, como corresponde a la noción de hegemonía, de liderazgo político-moral y, en ese sentido, Petro está siendo consecuente con sus intervenciones sobre temas ambientales, las relaciones norte-sur o el narcotráfico en escenarios internacionales. Como todo proyecto hegemónico este tiene sus puntos ciegos y sus cegueras – no hay unificación carente de exclusiones –  pero ese es el costo de apostarle a romper el consenso que los excancilleres reclaman e instaurar, en su lugar, con Colombia como núcleo, una red de solidaridades alternativas – distinta a la división bipolar entre el “eje del mal” y, por implicación, el “eje del bien” (¡?). La política internacional también es un escenario para el antagonismo político. No sugiero con ello que el camino adoptado sea la mejor opción – la acción política opera con altos grados de incertidumbre y, por tanto, sus consecuencias son difícilmente predecibles – pero sí cuál es su horizonte y desde dónde surgen las críticas a la supuesta irresponsabilidad de los pronunciamientos de Petro. No casualmente todos los excancilleres firmantes son, sin excepción, miembros del establecimiento.

La construcción de ordenes hegemónicos alternativos parte de una visión de lo político como posibilidad de un disenso expandido y generación de una red generalizada de identificaciones a partir de un discurso inicialmente particular. En este caso el del gobierno colombiano. Es arriesgado (pero no es descabellado) pensar que el tema palestino sirva como aglutinante de una red de solidaridades internacionales, sobre todo considerando la desproporción y la brutalidad de acción israelí en Gaza. La irritación ante la reacción de Petro se nutre, en parte, de la politización irreflexiva de una mirada moralista sobre la acción de Hamas y, en parte, de una mirada altamente convencional, por no decir conservadora, sobre el sentido de la política exterior colombiana. Para esa mirada ni las rupturas ni la pretensión de un liderazgo moral contrahegemónico son parte del escenario. Petro quiere romper con esa tradición y lo hizo al costo de invisibilizar, por un momento, la violencia de Hamas y, por tanto, a las víctimas de sus ataques. En los más recientes pronunciamientos de Petro esta posición se matiza e incluye un elemento de compasión. Esto es lo moralmente correcto.

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Carlos Ramirez

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Carlos Ramirez

Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.

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En una columna dedicada a conmemorar la publicación de 199 columnas más, en el diario El País de España, el escritor Javier Marías se preguntaba lo siguiente: “Al cabo de doscientos domingos, me doy cuenta, ignoro qué clase de trato, tráfico, transacción o trajín existe entre ustedes y yo. Hasta ignoro cuál es mi función, si es que esa palabra es adecuada. ¿Entretener? ¿Aleccionar? (…) ¿Criticar? ¿Ayudar a razonar y a entender mejor nuestro tiempo?”. La escritura de una columna siempre deja la duda acerca de qué espera el lector del autor y cómo, sobre esa base, este último puede buscar establecer una relación cooperativa entre ambas partes. El lector, al fin y al cabo, es un perfecto desconocido y, a diferencia de la comunicación presencial, el autor ignorará la gran mayoría de las reacciones a sus textos. Toda columna es una botella lanzada al mar.

Ahora, estando a cargo de una columna, quisiera acoger la incertidumbre de Marías y basarme, para intentar aclararla, en mi propia experiencia de lector de columnistas interesados en temas políticos. Se me ocurren 6 motivos por los cuales un lector y un autor, en relación a ese género de escritura periodística que es una columna, pactan iniciar una comunicación: la pertenencia ideológica, el desprecio moral, el placer, la valoración de la agudeza, el saqueo y la contemporaneidad.

Una primera forma de pacto remite a las credenciales ideológicas del autor y las simpatías del lector. Se lee a quien corrobora, explicita o amplía la propia perspectiva. En mi caso leo con simpatía, por ejemplo, a Lisandro Duque o a Cecilia Orozco. Son muy distintos pero sus antipatías, o sus odios, son también los míos. Las ideologías no son discursos privados, pero verlos en escena, saber que alguien está pensando como uno también podría haberlo hecho, genera una inevitable complicidad. Pensar, al fin y al cabo, es hacer uso en silencio de signos públicos.

El pacto también se puede basar en todo lo contrario: el desprecio moral. En ciertos momentos he leído con regularidad a autores que me resultan indigeribles. Los Montenegro o el señor Botero, por ejemplo, en El Espectador. En el pasado remoto curioseé los textos de D’Artagnan en El Tiempo. Una mezcla de masoquismo y curiosidad ante formas de pensar lejanas como la Galaxia de Andrómeda me ha motivado a hacerlo. Tal vez algunos compartan esa práctica insana y yo consiga lectores entre quienes me detesten

El placer también es un móvil del lector que el autor puede saber estimular. En mi caso, pero respecto a un pasado también lejano, leí con gusto a Antonio Caballero. No me parecía un tipo agudo. Sus ideas eran repetitivas y simples. Pero tenía una voz propia, un estilo, refunfuñaba con gracia. Su escritura, poblada de ironía y referencias culturales reconocibles, mantuvo viva mi fidelidad hasta cierto momento. Pascual Gaviria, en sus orígenes, antes de volverse un periodista bastante convencional, escribía textos experimentales y poéticos, a pesar de aparecer en un medio periodístico.  No lo leí, en ese entonces, por informarme. Lo leía por gusto.

La valoración de la agudeza también puede hacer parte del pacto. Álvaro Forero y Francisco Gutiérrez Sanín me parecen impecables y lúcidos en sus análisis de coyuntura. Alejandro Gaviria, en este sentido, también fue un columnista de mis afectos. Rodrigo Uprimny me parece el rey del aburrimiento, pero es claro y preciso en sus conceptos jurídico-políticos. Si quiero entender mejor una decisión de las altas cortes o tener una visión más completa sobre si se debe o no reformar la procuraduría o la fiscalía, acudiré a sus columnas.

El afán de saqueo también es motivo del pacto. Dado que los lectores, a través de las redes sociales, somos autores potenciales, lo que otros dicen también puede servirnos para producir nuestros propios textos. Pero no todas las fuentes son útiles. Yohir Akerman o Daniel Coronell no tienen ni una escritura seductora, ni una agudeza labrada en el trabajo académico, pero su modalidad de periodismo investigativo me surte de datos útiles. No los valoro como autores, pero sí como fuentes.

Resta un último motivo del pacto: la contemporaneidad. Uno no solo comparte con otros creencias y fines sino, antes de esto, comparte un mismo tiempo. Los contemporáneos son sencillamente esos otros, con los que no se tiene contacto directo y quienes, en su mayor parte, permanecen siendo unos desconocidos, pero quienes viven en el mismo presente. Un presente siempre escurridizo que, sin embargo, emplaza a los participantes en una forma de existencia compartida y unos dilemas comunes. Todos somos nuestro presente y el periodismo es un oficio dedicado exclusivamente a él.

Sin excluir los otros puntos mencionados, sino, más bien, como integración de todos ellos, el pacto entre columnista y lector puede basarse en la búsqueda común de captar el sentido del presente. Este es un pacto frágil. La caducidad del presente siempre está al acecho y, por tanto, siempre puede surgir la pregunta, para salseros y no salseros, de para qué leer un periódico de ayer. Una columna siempre corre el riesgo de ser extemporánea. No obstante, a falta de una comunidad basada en la memoria común o en una expectativa compartida, aquí también surge un nosotros. Una comunidad efímera, sin duda, pero una comunidad. Una familia, quizás disfuncional, en la cual uno encuentra hermanos pasajeros. Ojalá así lo piense usted, estimado lector o lectora, y regrese a esta columna.

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Carlos Ramirez

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Carlos Ramirez

Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.

ISSN 2145-0439

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