Pedro Adrián Zuluaga, autor en Razón Pública

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Escribo esta columna apertrechado en el balcón de una casita campesina con vista al hermoso valle de Tenjo. Todo es tan apacible que alcanza a ser inquietante. En el horizonte, Bogotá la horrible queda reducida a un reguero de luces, como el eco en el tiempo de una galaxia extinta. Lo único que le falta a esta inminencia de plenitud, pienso, es conjeturar una gran catástrofe.

Desde hace días, voces que respeto en medio del parloteo del periodismo y las redes sociales han reaccionado a una corriente de opinión que califican como catastrofismo. “El catastrofismo de [Alejandro] Gaviria y los tecnócratas, el oportunismo violento de Claudia López y su sector verde y el cinismo enfermo del uribismo hoy copan el debate público. Los medios se sienten afines a esas tres tendencias y la explotan políticamente desde su difusión”, escribió el documentalista César García Garzón en X.

García Garzón tiene la razón. Las franjas matutinas de la radio informativa comercial, por ejemplo, se han vuelto casi imposibles de escuchar —e inútiles si uno lo que busca es elementos para entender la realidad—. Su agenda setting (nombre en inglés de una teoría que busca explicar el papel de los medios en la formación de la opinión pública y su manera de establecer prioridades informativas) está definida por las narrativas del desastre.

La catástrofe seduce y sobrecoge, en igual medida, al público y al periodista. Ofrece, paradójicamente, el paliativo de una explicación moral del mundo que permite al uno y al otro (al periodista y al público) erigirse en jueces. Los medios se vuelven púlpitos; escuchar la radio es como ir a una misa, de apariencia civil y democrática, cuyo núcleo es el sermón de un cura indignado (hay casos que rayan en lo caricaturesco, como el de Juan Pablo Calvás en La W). Más que loable, esa indignación es irrelevante. Al menos cuando se trata de erradicar el mal que señala, que casi siempre es la corrupción.

La imaginación catastrófica, además, parece ser un punto de encuentro interideológico. La democracia colombiana lleva un buen tiempo bajo los efectos de esta embriaguez del sentimiento y el pensamiento. Uribe, un gran determinador de la política nacional de las últimas décadas, fue catapultado al poder cuando logró convencer a sus millones de votantes de un cataclismo con nombre propio: las Farc. La derecha ha creado, sucesivamente, enemigos internos dotados de características monstruosas. Hay que reconocer su capacidad fabuladora y su sagacidad para cubrir (y para que no lo veamos) lo que está mal en el presente, con la estrategia de sobreponerle lo que podría pasar en el futuro.

Gustavo Petro, otro gran creador de emociones y de relatos, cae rendido ante el discreto encanto del desastre. En su brillante carrera como senador desplegó una voz profética y agonística que causó temor y temblor, pero también admiración y esperanza. Como presidente, persiste en un tono maximalista. En escenarios internacionales Petro ha hecho un uso consumando de las narrativas del desastre. Prefiere la contradicción a la conciliación, y la paradoja a la transparencia. Su autosaboteo suma y queda servido en bandeja para una derecha que lo sabotea con una falta total de límites y de escrúpulos.

A lo que asistimos en la actualidad es a una intensificación del uso de la catástrofe como herramienta política. Todo lo que ha salido mal, o incluso medianamente bien en el gobierno de Petro, es presentado por sus contradictores como una hecatombe. Según estos marcos de interpretación, están bajo amenaza la economía, las instituciones, el orden democrático entero. La libertad, la autonomía y la vida misma de los colombianos penden de un hilo maniobrado por un titiritero (el señor presidente) salido de control.

Sabíamos que los extremos políticos, a los que hay que diferenciar rotundamente en el fondo, con frecuencia coinciden en ciertos envoltorios formales. Lo llamativo de esta hiper sinestesia actual es el papel del centro político, aparentemente representado por Gaviria o López. Políticos y líderes de opinión que hablan desde un lugar de enunciación liberal e ilustrado, han mostrado la misma proclividad a la catastrofización que la de los fanáticos de derecha e izquierda. Un buen ejemplo, esta misma semana, nos lo ha ofrecido el exrector de la Universidad Nacional, Moisés Wasserman, con sus alarmas sobre una supuesta pérdida de la autonomía universitaria por la participación del gobierno en el caos institucional tras la anómala elección del rector.

La abogada y columnista Cristina Carrizosa mencionó “los dientes que está afilando el presidente”, con la clara intención de construirlo como monstruo: el vampiro que se alimenta de nuestra sangre. Es apenas un ejemplo entre miles posibles que permite ver el funcionamiento de una triangulación narrativa: monstruos, desastres y melodrama. Se trata de que la imaginación política de los ciudadanos entre en modo cruzada: en disposición para una lucha de tintes religiosos entre el bien y el mal.

En semejante estado de la sensibilidad pública es imposible no estar confundido. Y la desorientación es el caldo de cultivo para que crezca el fanatismo. El columnista español Arcadi Espada ha hablado muchas veces sobre la única fe que el periodismo debería suscribir: la verdad de los hechos. Pero la verdad no consiste en saber qué cosas pasan, para inmediatamente después, como acto reflejo, emitir juicios sumarios. La verdad es, por el contrario, la construcción paciente del sentido de los hechos.

Ha amanecido, entre tanto, en el valle de Tenjo. La mañana es radiante. En realidad nada invita a pensar en un desastre. Y, sin embargo, suponer desastres es irresistible. Es fácil constatar que, entre menos estemos expuestos a tragedias, más proclives somos a imaginarlas. El catastrofismo es un lujo. Por el contrario, quienes viven diariamente en el centro de una devastación (de cualquier tipo), encuentran la manera de lidiar con ella. Esto hace que el uso de la imaginación catastrófica con fines electorales, o de cualquier otro tipo, sea más sospechoso y deshonesto.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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No entren en pánico, queridos y desocupados lectores. No voy a hacer una defensa del placer de releer a la usanza de las que cada tanto perpetran los lectores nostálgicos de un reino o un orden anterior. No se trata de volver la vista atrás para recoger los escombros de lo perdido, y escribir elegías del tiempo pasado, sino de pararnos ante los libros como frente a una materia viva, un cuerpo menos perecedero que la carne.

Ha terminado una nueva versión de la Feria del Libro de Bogotá, y este texto tampoco pretende ser un balance de un evento cada vez más grande, excitante e inabarcable. A las clientelas de esos ejercicios de síntesis les recomiendo los análisis que publica en su cuenta de Facebook un editor consumado, Nicolás Morales.

Las relecturas fueran protagonistas de esta edición de la FILBo y una de las posibles maneras de no ser devorados por su vorágine de acontecimientos, invitados, eventos y lanzamientos. La central fue, por supuesto, la invitación a leer con ojos nuevos la obra de José Eustasio Rivera, que muchos leímos por primera vez hace tiempo y como si fuera la emisaria de un horror del pasado, pues no disponíamos de las herramientas y la sensibilidad para darnos cuenta de que hablaba, también, del futuro.

La conmemoración en la FILBo del centenario de La vorágine fue ejemplar. Para empezar, se multiplicaron las nuevas ediciones, lo que convirtió al libro mismo de Rivera en el protagonista de la feria, por encima de otros best-sellers previsibles como En agosto nos vemos de García Márquez. “El apetito comercial de los herederos de García Márquez fue totalmente opacado por la fórmula libre de derechos de José Eustasio Rivera”, escribió —precisamente— Nicolás Morales.

La edición cosmográfica de La vorágine, al cuidado de Margarita Serje y Erna von der Walde, publicada el año pasado por la Universidad de los Andes, sembró las bases para una lectura urgente y presente del libro de Rivera. “Hoy estamos entendiendo que la violencia en La vorágine no viene de la selva, sino de la explotación extractivista”, dice Erna von der Walde, quien junto con Ximena Gama fue también curadora de la exposición “El árbol que devoró un mundo: Los rumbos del caucho en La vorágine”, que se podía visitar en el auditorio José María Vargas Vila de Corferias. No es la selva la que devora a los hombres, sino los hombres a ella.

La Universidad Nacional, por su parte, encaró el desafío de reeditar la primera edición del libro de Rivera y recuperar un material fotográfico que el autor en su momento consideró esencial. En una edición de 1928, el poeta huilense también incluyó mapas. Tanto estos como las fotografías fueron eliminados de ediciones posteriores y ahora son recuperados por las ediciones universitarias, que más que conmemorativas son críticas.

El último esfuerzo institucional que merece reconocerse es el del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes que, en cabeza de la conmemoración, decidió poner a disposición, tanto en formato digital como físico, la Biblioteca Vorágine, con 10 títulos que amplían la comprensión del libro y proponen una lectura de múltiples capas, para superar los corsés detrás de etiquetas como “novela de la selva” o “novela de la violencia”. El mismo ministerio revivió la revista cultural Gaceta con un número monográfico dedicado a la selva.

Las nuevas lecturas de La vorágine abren también la puerta a reinterpretaciones del universo político, cultural y sensible de principios del siglo XX en Colombia. “Relecturas” es justamente el nombre de una colección editorial en la que participan las universidades de los Andes, Nacional y Eafit. Dentro de esta colección se publicó el año pasado una reedición de La ciudad del dolor. Ecos del cementerio de enterrados vivos y del presidio de inocentes, cuya primera edición fue en 1923. Escrito en el lazareto de Agua de Dios, tanto el libro como el autor (el abogado, político y escritor Adolfo León-Gómez) permanecían en un lamentable olvido, como si el estigma que cayó sobre los enfermos de lepra hubiera triunfado históricamente.

Este libro collage en el que su autor se prodiga en distintos registros (poeta, cronista, conciencia civil de la nación, oído que escucha y ojo que ve para dejar testimonio del horror del confinamiento y los usos y abusos políticos de la enfermedad), nos trae noticias de otra frontera, de otra sombra larga que proyecta la inicua historia de Colombia, de —en fin— otros lugares de pesadumbre. En paralelo con el genocidio causado por la bonanza cauchera, estaban en boga en el país otras maneras de dejar morir, eficientes tecnologías para la eliminación de aquello que no se subía al carro del progreso. Hoy, esos monstruos y fantasmas nos persiguen. Colombia es una realidad espectral.

El prólogo de la reedición de La ciudad del dolor, a cargo de Felipe Martínez Pinzón, es imposible de leer sin sentir un escalofrío epistemológico. Todo aquello que en la década de 1920 parecía corresponder a una sensibilidad tardía o decadente (la profusión de lo macabro y lo gótico) es lo que hoy nos habla con “ojos modernos”. Para acceder al sentido y el significado de la modernidad y el progreso colombianos hay que leer —y releer—su cara enferma y nocturna. Hay que escuchar a sus víctimas (indios, leprosos, tuberculosos como Luis Tejada, otro conmemorado: toda una legión o pueblo por venir) y reconocer sus resistencias. De lo contrario, el país irá de genocidio en genocidio, hasta su fracaso estruendoso y final.

Otra gran protagonista de la feria fue la ensayista y novelista española Irene Vallejo. Motivado por su carisma me acerqué por fin a la lectura de El infinito en un junco. El ensayo de la escritora aragonesa también es una relectura, en este caso de la historia del libro. Es emocionante cómo nos demuestra que los libros no son una distracción para alejarse del mundo; por el contrario, son una forma de estar en él. No deberían servir al entretenimiento sino a la atención concreta e intensificada. No son para olvidarse de lo real, son para entenderlo. Quizá no inventamos los libros. Lo más probable es que ellos hayan inventado a la humanidad, y que le sobrevivirán.

El libro de Vallejo nos trae noticias de campos de batalla, de saqueos y pillajes, de incendios y destrucciones, pero también de sueños de comunidad en torno al libro. Desde que algún antepasado nuestro aprendió a leer sin mover los labios, hemos vivido en la ilusión de una lectura introspectiva. Quizá esas no sean las lecturas que dominarán en lo por venir. O quizá sí. Pero mientras existan el miedo y la muerte, existirá el conjuro de los libros.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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El pasado 3 de abril, la Comisión Séptima del Senado hundió, en una decisión que desde días antes se daba por un hecho, el proyecto más ambicioso presentado por el gobierno ante el congreso: la reforma a la salud. Unas horas antes, la Superintendencia de Salud intervino a Sanitas y la Nueva EPS, que suman cerca de 18 millones de usuarios.

En ese ambiente incendiado, y con una oposición que se sentía en el mejor de los escenarios posibles, el presidente Gustavo Petro publicó en X: «Por aquí rueda una película sobre mi vida, para quien quiera verla en algunas salas de cine». Y horas después:  “Es difícil verse en películas, espero que esta termine bien, pero las películas de la vida no son sino un continuo fluir en el.mar (sic) de las dificultades”. En ambos casos, el mandatario compartió material promocional del documental, dirigido por el cineasta franco-estadounidense Sean Mattison.

El colapso del gobierno en el congreso y el estreno del documental de Mattison (que, más que una película sobre la vida de Petro, es un registro de primera mano de la campaña que llevó al poder, por primera vez en Colombia, a un político de izquierda) también coincideron con el debate sobre lo que se ha querido llamar el “desmantelamiento técnico del Estado”: la llegada a puestos clave de la administración pública de funcionarios de la “primera línea” petrista como Gustavo Bolívar y Cielo Rusinque, o la contratación, en el sistema de medios públicos RTVC, de reconocidos activistas digitales como Wally y Don Izquierdo.

Para la derecha, convenientemente apoyada por los ideólogos principales de Divino Centro con su asqueante higienización de la opinión política, estos hechos significaban la asunción definitiva de un poder activista y antitécnico dentro del petrismo, dedicado (según los miedos, la proyección o los deseos de los desalojados del poder) a la eliminación de enemigos, el revanchismo y la propaganda.

Detrás de la inquietud de los usufructuarios históricos del poder y del Estado en Colombia  hay un intento de desterrar de La República los componentes emocionales de la actividad y la participación política, como si estos fueran —siempre e inexorablemente— falsedad y autoengaño. La película Petro viene a recordarnos, en un momento crucial, el lugar de emociones como la rabia y la esperanza, y su capacidad de transformar entornos dominados por “emociones tristes” como el miedo o el pesimismo, tan rentabilizadas por los extremismos de derecha en una crisis actual del relato democrático que tiene alcances globales.

Yo no soy un espectador neutral. Vi Petro buscando, en la representación de aquello que viví, un eco de las emociones sentidas entonces. No para hacer un inventario de frustraciones, sino para darme cuenta, a través de la distancia de la imagen, que esas emociones fueron verdaderas y no —como quieren hacernos creer hoy los decepcionados de siempre— un producto del embrujo o la propaganda.

El documental de Mattison tampoco es neutral u objetivo, a pesar de que les dé un lugar a voces opositoras de Petro como María Fernanda Cabal o los por entonces candidatos Federico Gutiérrez y Rodolfo Hernández. Es evidente la simpatía de la película con el proyecto político liderado por Gustavo Petro y Francia Márquez (sobre quien está a punto de estrenarse el documental Igualada). Pero —e independientemente de los usos que se hagan de él— no es un documental propagandístico. Hay un cierto sesgo en el enfoque, los materiales escogidos y la narrativa que propone el montaje (a cargo de dos reconocidos profesionales colombianos: Gustavo Vasco y David Rojas), sin que eso signifique que mienta, como lo suele hacer la propaganda política.

Mattison elige un punto de vista que se separa de aquello que el colombianista Herbert Braun llamaba el “deteriorado arte de la razón” ejercido por los políticos tradicionales. “Las decisiones fundamentales de la vida pública las hacían los políticos de la época mediante conversaciones muy rituales, formales y privadas —en el Jockey Club o en el Gun Club—“, escribió Braun en su libro Mataron a Gaitán. En Petro no se ve la tras escena del Pacto Histórico. Los alfiles de la campaña, como Roy Barreras o Armando Benedetti, son relativamente invisibles.

Al documental le interesan otro tipo de vibración y de rituales: lo que ocurrió en espacios tan cerrados como las camionetas en que el candidato se transportaba —una de las cuales recibió dos impactos de bala— o tan abiertos como las plazas públicas, el lugar de la transferencia emocional entre el pueblo y su líder. Estas últimas imágenes, si fuera posible verlas reemplazando la sospecha o el odio por la atención, nos lanzan interrogantes. ¿Es engaño, primitivismo político o barbarie instintiva lo que pasó en plazas y calles?

Los autoproclamados dueños de la razón, que han sido los mismos dueños del poder, dirán que sí, y que ese pueblo está tan oprimido (ellos no lo dirán así pero lo sienten y justifican) que todo sentimiento que nazca de él está viciado. En suma, que ese pueblo no sabe. Por el contrario, se le asigna, como destino, la voluntad de sumisión y acatamiento: “trabaje juiciosa”, “estudien, vagos”.

El documental Petro me recordó que ese pueblo sí sabe, que como individuos podemos reconocer nuestras condiciones materiales de existencia. El pueblo, como conjunto, puede ser una idea abstracta o incluso una ficción —algo de apariencia sólida que se desvanece en el aire—. Pero las ficciones no son necesariamente mentiras. Son el material de nuestros sueños. Y si nos los quitan solo nos queda la obediencia, y un surtidor de emociones tristes, verdaderamente programadas y propagandísticas.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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Conservo, como cualquier mortal, varias estampas diluidas de la infancia. En una de ellas, el niño que yo era oyó decir que el pueblo en el que vivía (un lugar sin horizonte en los vergeles del Oriente antioqueño) se iba a volver un barrio más de Medellín. La razón: una carretera (la vía Medellín-Bogotá) lo cortaría de tajo, facilitando que un mundo temido y a la vez deseado quedara al alcance de la mano. En otra, al mismo niño lo llevan a ver despegar aviones al recién inaugurado aeropuerto José María Córdova de Rionegro, o lo empacan en un Willy 50, arremolinado entre sus numerosos hermanos, de paseo con destino a la represa de Guatapé.

Una última estampa es aún más remota y confusa. Una casa, la mía que es de mis padres, se convierte en el centro de operaciones de una romería o fiesta popular. De esa casa, ubicada en los extramuros del pueblo, salen tamales y empanadas, cajas de cerveza y botellas de aguardiente. Afuera hay juegos y bazares. La fiesta dura todo el día y parte de la noche. En algún momento, casi al final, se va la luz. Al otro día, hay todo tipo de rumores sobre lo que pasó en ese tiempo a oscuras en que ni Dios nos veía.

Con la plata reunida en la romería (que tal vez fueron varias) se pavimentó la calle, que en el tiempo siguiente, pero aún siendo niños, nos tomábamos con todo tipo de juegos en las vacaciones de julio y de fin de año. Todas las casas de esa calle, menos la de mis padres, crecieron hacia arriba como un árbol familiar. Para echar la plancha (es decir, para sentar la base sobre la que se iba a emplazar el piso siguiente) se convocaba a convites de varones (yo, demasiado débil, nunca fui a ninguno). Estos también se hacían para mejorar vías veredales y trabajos varios.

Aunque parezca, no estoy pintando un mundo arcádico y comunal. A pesar de esas juntanzas nunca se vencían del todo las sospechas mutuas. La soledad y el individualismo era nuestra segunda (o verdadera) naturaleza. Un color inesperado en la piel, alguna sombra de inmoralidad sexual o la desgracia de la pobreza, eran motivo de rumor —primero—, de estigma —después— y de exclusión. Para afirmar la unidad de la comunidad había que señalar con obstinación al diferente.

Las tierras del Oriente antioqueño, cuya propiedad fue predominantemente minifundista, servían de despensa agrícola nacional. O eso oía el niño que yo era. Mi primer paisaje mental es una retícula verde hecha por la mano del hombre, pronta a agostarse por el efecto de las semillas Monsanto. He vivido tanto como para ver a una quebrada (La Marinilla) desbordarse, languidecer y revivir. Era el borde vegetal y animal de mi protegido mundo.

Las obras de la vía Medellín-Bogotá, la represa y el aeropuerto encarecieron la tierra. Las disputas por los modelos de progreso, propiedad y desarrollo activaron un movimiento social perseguido a muerte. La vocación agrícola cambió o convivió con la expansión del comercio legal, el contrabando ilegal y el narcotráfico. Especialmente en la década de 1990, guerrillas, paramilitares y agentes del Estado sembraron sangre en el vergel. Mi calle, antes festoneada para romerías o juegos de niños, se convirtió en una Vía Dolorosa.

Andrés Julián Rendón, gobernador de Antioquia y sumiso interlocutor de expresidentes y empresarios de la región, nació en Rionegro, la próspera ciudad a menos de media hora del pueblo en el que nací y crecí. Aunque un poco más joven que yo, Rendón debió haber vivido, en su infancia, experiencias parecidas a las mías. Él es la cara satisfecha y autoconvencida de eso que podríamos llamar el pensamiento hegemónico antioqueño: un conjunto de valores, prácticas y creencias que cubre todos los aspectos de la vida con una energía totalizadora y avasallante. Ese pensamiento está enraizado en Medellín (la venerada “tacita de plata”) y otros municipios que constituyen una zona medular antioqueña de presunta homogeneidad cultural, económica y política. El núcleo de la antioqueñidad es un palco preferencial desde donde se miran con recelo, lujuria y desdén a otros paisajes y geografías. Es un centro encerrado que ha marcado y definido sus límites.

Estos grupos hegemónicos han tenido una relación muy ambivalente con el Estado central (con la Colombia formal), y un aspecto acotado de esta ambivalencia se expresa en su noción de legalidad, como ha quedado retratado, desde muy temprano, en el relato literario antioqueño, tanto el popular como el culto. Un ejemplo emblemático de la capacidad de algunos escritores de la región para mirarse en el espejo de sus propias contradicciones es el cuento “Que pase el aserrador” de Jesús del Corral, cuya versión audiovisual dirigida por Víctor Gaviria inauguró en 1985 el canal regional Teleantioquia. Allí actúa el pícaro o ventajoso, un personaje central de nuestra novela social, y capaz de múltiples metamorfosis.

Sobre la altivez de los antioqueños escribí esta semana en redes sociales: “Sospechan del Estado y lo público (el emprendimiento y el individualismo, colofones del papel de la Iglesia, son expresión de esto). O lo intentan capturar. O buscan alianzas (sanctas o no) para que el Estado central se ponga al servicio de los intereses de sus grupos hegemónicos”. El filósofo Fernando González escribió, en su tesis para graduarse de derecho en la Universidad de Antioquia, la siguiente proposición sobre el papel del Estado: “debe reducirse a la administración de justicia y a la conservación del orden interior y exterior; y puede afirmarse que vendrá un tiempo en que esto no sea necesario”.

El hombre de Otraparte, claro está, pensaba en la autonomía y la responsabilidad individual. Mientras tanto, otros andaban de picardía en picardía. Contra el Estado y sus normas se levantó el contrabandista y el mafioso. Aliado con el Estado o suplantándolo actuó el paramilitar. ¿Para qué subordinarse a las leyes si se gana más subordinando las leyes a la voluntad personal y de mi grupo?

Desde el mencionado palco de autosuficiencia, las cambiantes y acomodaticias élites antioqueñas han mirado también a esos márgenes que bordean su blindado territorio. La hegemonía antioqueña tiene una relación problemática, por decir lo menos, con las así consideradas poblaciones no antioqueñas (mayoritarias en Urabá, Bajo Cauca, Norte y Nordeste de Antioquia o Magdalena Medio). Aunque en varios lugares de Antioquia los valores de las élites han sido compartidos por otras clases sociales, en las mencionadas subregiones el ethos que ha dominado simbólicamente al departamento se fisura con la posibilidad de emergencia de ideas distintas sobre libertad, propiedad, desarrollo económico o buen vivir. Empecinada resistencia social y violenta represión: es el doble movimiento del que somos sobrevivientes.

Toda esta historia de larga duración traída aquí con inevitable generalización y esquematismo se puede leer en los hechos que han tenido a Antioquia (y al gobierno central) como protagonista en las últimas semanas: la vaca promovida por el expresidente Uribe y respaldada por Rendón, la crisis de las vías 4G, la relación rota de alcaldía de Medellín y gobernación de Antioquia con un gobierno como el de Petro, al que consideran contrario a «sus intereses” y la resurrección del fantasma nunca ido del todo, el paramilitarismo.

Hay más que terquedad o errores de lado y lado. Hay, sobre todo, visiones políticas y económicas totalmente enfrentadas. La bandera de la hegemonía antioqueña es la iniciativa empresarial y privada, y la confianza en que ella genere y distribuya riqueza, incluso en la Colombia marginal o periférica. El gobierno Petro tiene, como lo expresó en Facebook el lector e ingeniero barranquillero Samuel Whelpley, una visión “compensatoria”. “Entiende —escribió Whelpley— que el desarrollo de la otra Colombia no es posible sin la mano del estado (recuerden los comentarios de Petro sobre los acueductos en Urabá, el abandono de La Guajira o la vía a Quibdó), ya que el gobierno entiende que si se deja a la mano del capital, estas regiones no salen de la pobreza”.

La “gente de bien” pide tomar el toro por los cuernos. Ciudadanos preocupados claman porque se llegue a acuerdos. Pero como podrán imaginarse, estos no son fáciles cuando hay tanta y tan dolorosa historia personal, familiar y nacional de por medio. Detrás de las denostadas ideologías hay, sobretodo, relatos, vida vivida. Reconocer esas experiencias es otro proceso de reconciliación y reparación por el que debe atravesar el país. No sobra recordar las palabras de Francisco de Roux: “si Antioquia no hace la paz, nunca habrá paz en Colombia”

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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Por Pedro Adrián Zuluaga

“[…] se sintió vista por ella desde la muerte, querida y llorada por ella, hasta que el cuerpo se desbarató en su propio polvo final y sólo quedó la osamenta carcomida que los sepultureros desempolvaron con una escoba y la guardaron sin misericordia en un saco de huesos.” Estas líneas hermosas, casi finales, son de En agosto nos vemos, la novela póstuma de Gabriel García Márquez que hace más de dos semanas nos mantiene ocupados en una conversación que tiende a considerarse extraliteraria, pero tal vez no lo es, pues la literatura se ocupa de todo lo posible, y también de lo imposible.

Los últimos párrafos de la novela son una magistral vuelta de tuerca que nos obliga a desandar los pasos de lo leído, para verlo bajo otra luz. La que ha sido promocionada como una obra sobre la infidelidad, de repente se convierte en una reflexión sobre el cuidado y la fidelidad, sobre la certeza de un vínculo: aquel que une a vivos y muertos, y, en este caso, a una madre y una hija. Un vínculo de secretos compartidos, verdades a medias, pactos de silencios y revelaciones póstumas.

A pesar de esa magia reservada para el final para mí fue difícil superar la frustración que la novela me produjo. Y esta insatisfacción, creo poderlo asegurar, no depende de haberla leído como la última novela del genio que escribió La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Hay, en medio del arduo debate por la publicación de En agosto nos vemos, al menos un consenso de base: que esta novela postrera no está a la altura de los mejores textos del Nobel colombiano. La evidencia, más o menos reconocida por todos, ha servido, sin embargo, para afirmaciones sorprendentes.

Una de ellas fue la que hizo Felipe Ossa, director de la Librería Nacional, en el espacio radial Hora 20. Dijo Ossa que frente a la obra última de García Márquez lo conveniente sería suspender la severidad del juicio crítico y dejarse llevar por el placer de leer, muy en sintonía con lo expresado por los herederos del Nobel en el prólogo de En agosto nos vemos. Hace carrera así un falso dilema según el cual placer y crítica son irreconciliables y se lee mejor y se disfruta más cuando ocurre una especie de apertura y de entrega mística al acto de lectura.

Lo anterior es, al menos, discutible. Leer con intensidad en procura de un mayor placer es leer críticamente, con el uso pleno de los sentidos y de las facultades intelectivas que, además, no se pueden disociar. Por ejemplo, para sentir el esplendor de los párrafos finales de En agosto nos vemos hay que medirlos en la torpeza colegial de muchas frases previas de la novela, en su incipiente estructura narrativa y en el precario desarrollo de sus personajes secundarios y principal. Los personajes aquí son funciones, no verdades ni versiones.

Suspender el juicio crítico ante una novela escrita por un maestro en su crepúsculo no solo sería traicionar de fondo a la literatura (cuya salud depende de que sigan existiendo lectores y lecturas exigentes), sino al propio García Márquez. Para contradecir a Ossa y a todos los que piden condescendencia con un escritor en su senectud, el mejor argumento son los textos críticos que el Nobel escribió, y en los cuales vertió toda su vehemencia de intelectual y de ciudadano que buscaba remover el estado paralizante de la cultura frentenacionalista.

En 1959 y 1960, García Márquez escribió dos artículos feroces e inconformes. El primero se intitula “Dos o tres cosas sobre ‘La novela de La Violencia’” y fue publicado en La Calle, tribuna del MRL de Alfonso López Michelsen. Para descalificar la profusión de novelas con temáticas derivadas del fenómeno histórico de La Violencia, García Márquez repara en que estas obras desacertaron en el enfoque: “La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”.

El segundo, aun más celebre y encendido que el primero, fue “La literatura colombiana, un fraude a la nación”, que vio la luz en abril de 1960 en Acción liberal, una revista que dirigía un gran amigo de García Márquez: Plinio Apuleyo Mendoza. En ese artículo, que intelectuales como Carlos Rincón han calificado como un “parricidio literario”, el Nobel escribió, de manera temeraria, que la literatura colombiana se reducía “a tres o cuatro aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios”. Y se lamentaba de la inexistencia de escritores profesionales, lo que daba como corolario casi inevitable que la nuestra era una literatura de hombres cansados.

Sin duda, el joven García Márquez desbrozaba el camino que lo llevaría a su propia consagración. Estos textos de aquella época pueden ser leídos, entonces, como estrategias de autoafirmación, pero sería una ceguera verlos solo con ese prisma. Sin esas lecturas agudas, sin la posibilidad de revisar el pasado críticamente y de juzgar las obras del presente, quien pierde finalmente no solo es la literatura en abstracto, sino el lector, o el hoy enaltecido placer de leer. Porque todo placer se intensifica si la apuesta es mayor.

En una columna publicada en El Espectador en 2011, donde revisa, con cierta reserva, el texto garciamarquiano de 1960, el escritor William Ospina sugiere que tal vez nuestra literatura, más que mala, ha sido una literatura mal leída. Corregir esas lecturas deficientes, según el autor de Ursúa y Las auroras de sangre “exige no sólo un ejercicio de valoración de ese medio siglo de literatura nacional, en la creación, la crítica, el esfuerzo editorial y la formación de nuevos lectores, sino una mirada desde nuestra época y desde las convulsiones de la historia reciente al legado de esa tradición que Gabo necesitaba ver con ojos tan severos en el mediodía ensangrentado del siglo XX”.

En las dos últimas semanas me encontré en el camino con muchos lectores condescendientes y, valga decirlo, cansados. Quizá se trata de un asunto aún más complejo: estamos leyendo con los parámetros de una época en la que se considera indecoroso el criterio, y donde tácitamente se sugiere que el crítico debe claudicar. ¿Todo criterio es expresión de un privilegio o una asimetría? Un criterio, y por supuesto el criterio de un crítico, es falible. Pero la crítica es, a pesar de sus tropiezos, una barrera ante los dictámenes del mercado. Estos son, en realidad, los que pretenden ser infalibles. Yo prefiero a un crítico, con nombre y responsabilidad individual, al rostro del mercado, que juega pérfidamente a no tener rostro.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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Los medios y la propaganda antipetrista celebran y amplifican a los votantes arrepentidos de la Colombia Humana, con el mismo fervor con que abren sus micrófonos y redes a cada exfuncionario del gobierno que se quiera cobrar una deuda de honor o, simplemente, que necesite un poco de atención para sobrellevar la recién adquirida condición de desempleado.

A quienes votamos por Petro (yo lo hice en primera y segunda vuelta tanto en 2018 como en 2022) se nos tilda de ingenuos o de no haber leído bien las señales del desastre, a pesar de lo evidentes que eran. Y al paso siguiente, en el mejor de los casos, se nos trata con la condescendencia debida a los niños, o con el paternalismo y la pasivo-agresividad que encierra la frase que mejor define a cierto ethos racional: “estaban advertidos”. La razón es la nueva Casandra.

Se procede así a una estigmatización del voto en un país donde ser militante de izquierda ha significado ser objeto de persecuciones, sectarismos y oprobios. Todo estigma se sostiene, en gran parte, en la caricaturización y el estereotipo. Y así, se uniforma a los votantes desconociendo la amplitud de razones posibles detrás de cada voto individual, se proscriben como ajenas al deber ser de la política emociones supuestamente negativas como la rabia, y se minimiza el lugar de la esperanza y del pensamiento utópico en la transformación social.

Además, hay un reclamo de pronunciamientos públicos o de reconocimiento de responsabilidades. Si el voto dejó de ser secreto, parece que ninguna actitud de espera ni ningún gesto de prudencia es aceptable. La época exige rapidez y altisonancia. “¿Qué piensan quienes votaron por @petrogustavo? Fue capaz de hacer que @IvanDuque y @AndresPastrana_ parezcan estadistas”, escribió esta semana Samuel Whelpley en su cuenta de X, como reacción frente al trino de Petro que declaraba la insubsistencia del secretario general de la Cancillería.

¿Cómo puede estar viviendo la desazón frente a un gobierno que tropieza una y otra vez, alguien que no hace parte de la burocracia estatal y que, como ciudadano de a pie, cree sinceramente en la necesidad de cambios estructurales y no solo de reformas para maquillar la continuidad de lo mismo?

Pues bien, esta es mi experiencia. Pero antes, unas aclaraciones: no soy un militante de izquierda, no porque no crea en sus ideales sino porque me ganan la falta de voluntad y la indisciplina. Voté por Petro no por la ilusión de que con él iba a llegar el pueblo al poder (ese pueblo que, en el lenguaje del presidente, va camino a convertirse en una significante vacío), sino por razones –sí, señores del divino centro– también pragmáticas.

Voté por la urgencia de una alternancia democrática que le diera contenido real a una democracia formal y obsesionada con las instituciones. Si el pueblo no iba a llegar al poder, al menos era razonablemente deseable que ocurriera una reconfiguración de las élites, y que se desataran energías sociales represadas por la sensación de inmovilismo.

¿Creen –señores del tribunal de la racionalidad– que en verdad imaginábamos que al primer gobierno colombiano de izquierda le esperaba un lecho de rosas, o que nos soñábamos a la entrada de un paraíso? No, todos en Colombia hemos tenido noticias del poder reactivo de las mafias y de la política tradicional enquistada en todas las instancias del Estado. Sabíamos que habían perdido una elección pero no necesariamente el poder.

El gobierno (y me niego a usar la expresión “gobierno del cambio” con el tono sarcástico con que suele ser usada por la maquinaria ideológica antipetrista) ha incurrido en “deslices” que le quitan la moral a cualquier persona consecuente. El amplio poder otorgado a personas como Laura Sarabia o Verónica Alcocer, cuyo talante conservador va muy en contravía de los ideales que tendría que defender el progresismo. La lealtad (una palabra que resuena de manera incómoda con el lenguaje de la mafia) debida a políticos lábiles como Armando Benedetti, y lo intocables que parecen viejos patricios como Álvaro Leyva.

La lista, por supuesto, sigue: los múltiples errores debidos a la inexperiencia; el gusto del presidente por pronunciamientos megalómanos y anuncios llenos de promesas sin factibilidad; la improvisación en un asunto sustancial como la política de paz. ¿Es esto suficiente para decir que este gobierno “nos ha traicionado”? Sí, pero no.

Sí, porque hay indicios de un presidente con un sentido muy errático del liderazgo y que, a pesar de que invoque al pueblo o pida ser refrendado en las calles, luce ensimismado y atrapado en sus paranoias; y porque se inclina con cierta aquiescencia a la idea de convertirse en el mártir de una causa imposible. En el martirio y el sacrificio se agazapan ideas como la pureza, y el presidente, que parecía muy conciliador en campaña, ahora en muchos casos opta por soluciones extremas antes que mancharse con una transacción o una solución de compromiso.

Y también no. Aún sin logros ostensibles que mostrar a una opinión pública impaciente y a la que segundo a segundo le machacan la idea del fracaso, en el gobierno hay cambios de orientación y de lenguaje que no son menores como el lugar dado a los derechos humanos y a su protección por parte del Estado. Desde el inicio de su presidencia Petro llevó al centro del debate público temas como la salud, los derechos laborales y pensionales, el cambio climático y la confianza en el multilateralismo. Su gobierno habla distinto (no digo necesariamente que sea escuchado con atención) en espacios de decisión global.

Que en todos los temas anteriores el gobierno acierta en identificar problemas pero no en las medidas para solucionarlos, puede ser cierto. Pero ¿parte del remedio contra una enfermedad no empieza por su diagnóstico? Gustavo Petro, según lo que se filtra por la prensa y el cotilleo, ha demostrado frente a su gabinete señales de impaciencia que resultan una especie de eco de la impaciencia de los opositores y de los votantes defraudados.

La pregunta crucial es si este gobierno está preparado para empezar, de manera rápida y eficiente, el tratamiento de sus propios males: los que afectan su cohesión y su buen funcionamiento interno. Por lo pronto, me preocupa que se confunda cohesión con lealtad a pie juntillas. Lealtad sería dar un debate dentro y no fuera del gobierno. Quedan más de dos años (no es mucho, pero tampoco es poco) para dejar un legado que aunque no sea el de las transformaciones milagrosas y radicales, al menos no signifique un lastre. Necesitamos seguir confiando en que nuestro destino inevitable no es ser gobernados indefinidamente por los mismos con las mismas.

Ps. No estoy arrepentido de mi voto. Era un paso que Colombia tenía que dar.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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La hipérbole, por esta vez, confío en que sea justificada. Zona de interés es la gran película de estos últimos meses, pese a que ha llegado a la temporada de premios algo opacada por la pirotecnia, más o menos facilona, de películas como Past Lives y Poor Things. El film del director británico Jonathan Glazer tiene el rigor intelectual y la amplitud sensible que se echan en falta en los otros dos. Y gracias a esas cualidades nos habla con urgencia del presente, sin ser una película sobre la actualidad.

“Zona de interés” es un título ambiguo que puede hacer referencia a la localización de lo que acontece en el film. Una zona adjunta al campo de trabajo y exterminio más grande del nazismo: Auschwitz. Allí la familia del jefe del campo, Rudolf Höss, encontró la oportunidad para ampliar y desarrollar su “espacio vital”. Los dirigentes nazis usaron la idea del lebensraum (cuya traducción más aproximada sería “espacio vital”) para continuar con las políticas de expansión y colonización territorial ambicionadas por el imperialismo alemán desde finales del siglo dicienueve, cuyo foco o zona de interés era el suelo y el aire de otros países de la Europa central y oriental.

Según esta ideología, era un derecho de la raza superior eliminar poblaciones que obstruyeran el propósito de anexión de nuevos territorios para que el destino manifiesto de los arios pudiera llevarse hasta el final. El término lebensraum se escucha subrepticiamente en Zona de interés, en una discusión entre Hedwig Hensel y su esposo Rudolf Höss. Hedwig considera que lo que ha hecho, al actuar como una colona en el territorio polaco donde se instaló Auschwitz, es precisamente un modelo digno de ser mostrado y replicado. Y que ella y Rudolf pueden sacar pecho por su obra ante el mismísimo Führer.

Y es que mientras Höss lideraba y supervisaba el perfecto funcionamiento de la máquina de trabajo forzado y muerte puertas adentro del complejo, su esposa, con igual minuciosidad y eficiencia, dirigió los trabajos para convertir la casa al lado del campo en un espacio cómodo y encantador  para ella, el esposo y los hijos de la pareja. Lo preparó como algo digno de ser visitado (una de las visitiantes fue la propia madre de Hedwig), y en el que se podía admirar la perfecta armonía y domesticación de la naturaleza, con una familia feliz en el centro, guardiana de la felicidad y la normalidad.

Mientras tanto, la naturaleza exacta de lo que ocurría al lado era un secreto herméticamente protegido por un régimen burocrático que distanciaba la acción inmediata e individual del resultado final. La película se mueve pues en una tensión, que en muchos momentos resulta intolerable, entre lo visible y lo obsceno, como registros de la realidad que se sostienen y necesitan mutuamente. Y que también se agrietan y contaminan.

A pesar de los sólidos muros carcelarios, el horror de Auschwitz alcanzaba a llegar al otro lado. Zona de interés es una adaptación, al parecer bastante libre, de una novela del mismo nombre del escritor británico de ascendencia judía Martin Amis, que no he leído. El poder de perturbación que tiene la película, sin embargo, se debe al uso preciso de recursos cinematográficos como el fuera de campo. El sonido de lo que ocurre en el campo de trabajo y exterminio llega hasta los espectadores sin que veamos la fuente de su procedencia: el interior del campo. De esa forma, la inquietud que produce se potencia. El tranquilo intérieur de la familia Hoss, y su aparente felicidad, colisionan desde adentro y sin más estridencia que la de un eco lejano e insistente.

El fuera de campo en la película hace audible lo invisible, al punto de que aquello que sí es mostrado, por efecto de esa contaminación, resulta intolerable. Lo obsceno (y abyecto) no es pues lo que ocurre del otro lado del muro, sino en este lado que vemos: el de una felicidad y tranquilidad éticamente inadmisibles. Las zonas de interés de repente se trastocan. Qué es lo que queremos ver, qué debemos ver y qué podemos ver. Como en toda realidad humana compleja, y en toda obra artística que le haga justicia, la respuesta no está dada de antemano, porque quizá ni siquiera sea una sola.

Decía en el primer párrafo que esta es una película, también, sobre nuestro presente histórico. No hay que forzar las piezas del problema para que encajen en un análisis de los acontecimientos actuales, si nos importara ver en ellos sus raíces históricas, sus síntomas y símbolos. Como formulación ideológica, el lebensraum coincidió con el comienzo de la ambición (y la necesidad) sionista de una patria para los judíos, cada vez más inaplazable mientras más crecía el alcance del antisemitismo en Europa.

La colonización sionista de Palestina empezó también a finales del siglo dicienueve y ha tenido el desarrollo que sabemos, incluido la creación de Israel y la persistencia del settler colonialism (colonialismo de poblamiento), política impulsada por el nuevo Estado y que ha transformado un pedazo de tierra del Oriente Cercano en un territorio en disputa y un polvorín, con un daño extenso e incontable.

La película de Glazer encara (aunque para hacer más radical la aproximación estética aborda su asunto oblicuamente) la singularidad de la shoah como hecho histórico, y el grado de sofisticación, cinismo y eficiencia técnica de la razón instrumental europea. Reconocer un horror singular no puede impedir que un determinado hecho no contenga elementos que permitan entender otro. Que el sionismo radical de hoy exprese ideas sobre el derecho de los judíos a su espacio vital que tienen puntos de conexión inquietantes con las que se formularon antes y durante el nazismo es una siniestra ironía histórica. Y si fue difícil recuperar la fe en la razón (y en la poesía) después de Auschwitz, ¿qué quedará en pie después de la destrucción de Gaza? ¿Qué es lo que resultará, o ya resulta, intolerable o insostenible?

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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La peor persona del mundo, una película noruega de 2021, ofrece un retrato muy preciso de una época –esta época– de inestabilidad y precarización, y en la que resulta improbable, cuando no imposible, madurar sentimientos y relaciones sometidos como estamos a un régimen de desechabilidad y obsolescencia. El film muestra hasta qué punto nuestras vidas privadas son capturadas por fuerzas políticas y económicas.

Sus personajes son un grupo de personas que buscan con torpeza y ansiedad algún tipo de vínculo en un mundo fabricado para que todos vivamos separadamente en nuestros repetitivos círculos narcisistas. La película de Joachim Trier le da la vuelta a su envoltorio de comedia romántica (y al código de “chico conoce chica”) y enfrenta a la pareja protagonista no a la promesa de un matrimonio para siempre, sino a una separación radical: la muerte.

Aksel, un exitoso dibujante de cómics, ya enfermo de un cáncer que no tiene cura, le dice a su exnovia Julie, en un momento en que la enfermedad los vuelve a reunir: “Crecí en un tiempo en que la cultura se transmitía a través de los objetos. Y eran interesantes porque podíamos vivir entre ellos. Podíamos recogerlos, sostenerlos en nuestras manos. Compararlos”. Aksel está en sus cuarenta y es mayor que Julie. Esa diferencia de edad fue, mientras estaban juntos, un motivo de conflicto.

Su edad y la cercanía de la muerte llevan a Aksel a hacer un inventario de su propia vida que, dadas las circunstancias, también es un adiós. Aksel se despide del mundo y se despide de un mundo, el suyo, observando con lucidez y extrañeza aquello que lo hacía particular: la relación con una determinada cultura material. Rodearse de objetos puede derivar en coleccionismo y acumulación obsesiva. También en ese esnobismo que se manifiesta en el deseo de habitar dentro de los marcos de la “cultura legítima”, interacciones que el sociólogo francés Pierre Bordieu analizó en su ensayo La distinción. Criterios y bases sociales del gusto.

Pero rodearse de objetos, convertirlos en repositorios de una memoria cultural de largo plazo, también podía contribuir –y quizá eso siga siendo posible, independientemente de la clase social o la capacidad adquisitiva– a profundizar experiencias e interiorizar significados. Los objetos que nos acompañaban, por lo general, duraban más que una vida humana. Nos sobrevivían y eran el soporte de ideas con las que ya poco contamos: la herencia, la transmisión, el legado. Sin ellas, la vida es en extremo angustiante, inmediatista, carente de horizonte. Despedirnos de ese tipo de experiencia en que se asentaba nuestra relación con los objetos (como correlato de una cierta relación de confianza con la vida) puede llevar, tal como lo sintió Aksel, a un empobrecimiento existencial.

En un mundo de bagatelas tecnológicas (incluso si son bellas), de baratijas para usar y desechar, ¿qué queda –si es que algo queda– de esos viejos objetos que, al ser mirados, también nos miraban? Tal vez solo un remanente de nostalgia por ese viejo mundo tan bien descrito en Los bárbaros: ensayo sobre la mutación, el esclarecedor libro de Alessandro Baricco. El escritor italiano analiza el sistema de valores sobre el que se erigió la cultura burguesa y arroja luces sobre el sentido del interieur, de la domesticación de la naturaleza que ofrecía, según Baricco, el escenario adecuado para desarrollar también una vida interior.

El teatro burgués de autores como Ibsen o Strindberg, o el cine de Bergman o Mike Nichols, por poner unos ejemplos, mostraron el refugio burgués y la vida interior que crecía en tono a este no como un locus amoenus, sino como un espacio conflictivo, desgarrado, es decir, rico en dramaturgia y pathos.

La mutación nombrada por Baricco ha sido advertida por muchos y tiene distintos nombres: desde sociedad líquida (Bauman) hasta necrocapitalismo. Como lo vio el cineasta y poeta Pier Paolo Pasolini antes de morir, el poder es más efectivo en tanto resulte más difícil de identificar. El nuevo poder no actúa de manera vertical sino disfrazando de elección o libertad lo que no es más que una imposición. El éxito es una obligación, y el fracaso, en cualquier ámbito, se carga de culpas, como si se tratara de una deficiencia moral.

Y como todos fracasamos, en mayor o menor medida, todos nos sentimos culpables. A diferencia de las prácticas penitenciales del catolicismo o de otras religiones, las culpas de hoy son indiscernibles. Proliferan como un virus. ¿Qué queda después de la interiorización del fracaso? Creo que es fácil responder: queda un cliente o un consumidor eternamente insatisfecho y deseante, potencial comprador cualquiera que sea el objeto de su deseo.

Julie, la protagonista de La peor persona del mundo, es presentada en el prólogo del film en estos términos: “Julie volvió a decepcionarse. Le pasa a menudo. […] eran demasiadas interrupciones, actualizaciones, agregados, problemas globales sin solución. Sintió una ansiedad punzante que intentaba reprimir con hiperactividad, ahogándola en interacciones digitales. Algo andaba mal. Ella no era así”.

La sensación de que nuestras vidas son ingobernables es generalizada. También son ingobernables los países. Pero es un desastre calculado. A todos nos va mal, a los negocios les va bien. Es decir, le va bien a cierto capitalismo transnacional que es el verdadero deus absconditus (ese dios imposible de conocer o iluminar) de un presente donde la fe es también un simulacro, cuando no un negocio.

Una cultura verdaderamente material sería pues una cultura de la inmanencia, de un aquí y ahora acompañado de objetos que arraiguen nuestro estar en el mundo, señales de pertenencia e individuación (que sería lo contrario al individualismo). ¿Es posible, aún, la duración? ¿Podemos creer, todavía, en la ilusión de que algo nos sobrevivirá, tanto como nosotros somos la estela de lo que nos antecedió?

No es fácil hablar en estos términos; podrían ser entendidos como una “íntima tristeza reaccionaria”. Hoy todo discurso está bajo sospecha y muy pronto, quizá, decir algo será imposible. ¿Veremos el comienzo de otro mundo? ¿Ya estamos en él? ¿Sobraremos o prevaleceremos? That is the question. Las corrientes de autodestrucción y narcisismo son demasiado poderosas dentro de nosotros y la sociedad en su conjunto se rige por las mismas fuerzas y el mismo instinto de muerte. El sistema lo ha comprendido perfectamente y alimenta esos impulsos. Nos dice, de manera infatigable, que algo anda mal alrededor y dentro nuestro, y que somos responsables. Que la única forma de restablecer un lazo con el mundo es la que se puede comprar en el almacén o el dispensario de soma. Verdaderamente es un mundo infeliz, y no lo hemos diseñado nosotros.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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«Dejen a Colombia en paz». Así terminaba el hilo con que Roy Barreras, flamante embajador en Reino Unido, pescó esta semana en el río revuelto del estreno en Netflix de una serie sobre la narcotraficante colombiana Griselda Blanco. La polémica es vieja y se reactiva una y otra vez, al menos cuando un producto cultural —y más aún si viene en un empaque transnacional como la serie protagonizada y producida por Sofía Vergara— enfoca la atención sobre Colombia y la presenta como nido de mafias y crimen organizado. Que en efecto lo seamos parece preocupar menos que el manido argumento sobre el daño que estas representaciones causan al país.

La semana que pasó estuvo además condimentada por el “escándalo” que suscitó la costosa presencia colombiana en Davos, justificada por el gobierno como una inversión encaminada a atraer turismo e inversión al país. «Qué tiene más visibilidad (sic) una serie de NETFLIX donde muestran a Colombia como país de mafiosos y sicarios? O una de las tantas campañas publicitarias que intentan mostrar la riqueza cultural y ambiental, la belleza y el potencial de nuestra patria? Desgraciadamente puede más el aparato comercial que vive de estigmatizar a nuestro país ofendiendo a millones de colombianos de bien», dijo Barreras (quien, según sabemos, es magíster en literatura y funge de poeta) en otro comentario en la misma red social.

Los elementos en juego en las polémicas sobre la imagen de Colombia en el exterior vienen  —realmente— de décadas atrás. Ya en los años veinte del siglo pasado, en épocas de cine silente, los caficultores (y en ese entonces el café era renglón principal de la economía) manifestaron su preocupación por la existencia y difusión de películas colombianas con protagonistas que padecían la lepra, una enfermedad temida por sus orígenes imprecisos y sus (por entonces) no del todo claras vías de transmisión.

Temían los caficultores que estas películas afectaran las exportaciones del grano, presunción entre ingenua y delirante si se tiene en cuenta la precaria difusión de nuestras obras del cine mudo. Hoy, es evidente, hay otros actores en disputa. Por un lado, una lepra social (disculpe, señora Sontag, por la metáfora moralizante y punitiva) como la violencia ocasionada por el narcotráfico que ha generado su propia galería de íconos, y, por el otro, un capitalismo audiovisual internacional presto a barajar sus cartas en el mercado del trauma y la memoria, y ansioso porque contenidos serializados y altamente codificados se conviertan en cifras y rentabilidad.

Aunque Hollywood o Netflix (como otras plataformas de streaming) se precien de ser voceros de una agenda liberal y/o a veces progresista, y quieran venderse como conciencia del mundo, no actúan precisamente como entidades de beneficencia ni hacen trabajo probono. Muchos trabajadores del cine y los medios audiovisuales, con preocupaciones éticas, han tenido pocas opciones distintas a emplearse en la producción y difusión de “contenidos” cuya última razón de ser es que hay un deseo de verlos. Como dice una cínica funcionaria de Procolombia (entidad encargada de la promoción de este país de la belleza) en su respuesta a las críticas por su millonario sueldo: «La costosa luz de Barranquilla no se paga sola».

La discusión trazada por Barreras no es pues traída de los cabellos. Como colombianos tenemos sobradas razones para preguntarnos por qué participamos de un modo tan supino en el mercado mundial de los relatos, y si no hay otras alternativas. Cualquier persona que trabaje con palabras, sonidos e imágenes con una alta carga referencial (es decir, que representen a este país y sus habitantes) debería al menos reparar en la fascinación con el crimen y la violencia que obnubila a una parte de la producción cultural colombiana o sobre Colombia.

No son Andrés Baiz (director de Griselda) ni Sofía Vergara (su protagonista y productora) los únicos beneficiados económicamente con su aporte a las narcoseries o narconovelas. Son incontables los artistas colombianos cuyo pasaporte al mercado de valores del arte pasa por ser voceros de nuestra violencia y nuestro dolor. Esta macronarrativa ha servido para darle a Colombia (y a cierto arte colombiano) un lugar en el mundo, y realmente desconocemos cuántos turistas (si de promoción o propaganda se trata) vienen a Colombia no huyendo del país que vieron en Narcos sino, justamente, atraídos por ese señuelo.

El problema es que Roy Barreras sea un funcionario del gobierno y que, desde ese lugar de poder, lo dicho por él pueda darle alas a una política intervencionista del Estado que, además, iría en contra de la garantía constitucional de la libre expresión y del desarrollo de un campo del arte que goce de autonomía. Barreras, como magíster en literatura, debe estar entrenado en estos debates y en su costo para los artistas. Preocupa, también, que Barreras haya sido secundado por personas como Hollman Morris, quien desde su cuenta de X terció así: «Querido embajador @RoyBarreras (sic) un documental de @NatGeo National Geographic que hable de “Colombia Potencia Mundial de la vida”». Por su cargo en RTVC y su cercanía con el presidente Petro, Morris tiene como convertir sus “brillantes ideas” en política pública.

Por último, la alternativa sugerida por Barreras como respuesta al presunto daño que estas series ocasionan es un clásico ejemplo de buenismo (y de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno): «… hay miles de colombianos esforzados, trabajadores, con historias de vida que merecen ser contadas, hay tanta belleza en Colombia y tanto colombiano bueno, emprendedor, exitoso! Hay tanto buen cine por hacer en la Colombia del Siglo XXI».

Quizá fue por razones así de peregrinas que un embajador en Londres, Carlos Medellín, ordenó descolgar una obra de Wilson Díaz de una exposición apoyada hace unos años por la embajada colombiana. La obra (“Rebeldes del sur”) consistía en dos videos grabados en la zona de distensión del Caguán. Aunque el establecimiento colombiano peregrinó hasta el Caguán, los videos de unos rebeldes bailando distendidamente fueron juzgados como pésimos embajadores de Colombia en el exterior. Fue, simple y llanamente, un acto de censura.

El campo de arte en Colombia tiene que ir encontrando la manera de liberarse de muchos corsés que lo oprimen. El mercado y su falta esencial de ética y responsabilidad social es uno de ellos. Pero es casi seguro que los gobiernos no son los indicados para sugerir de qué debe ocuparse la producción cultural. Garantizar que esta producción exista en un marco de libertades (seriamente constreñidas por las exigencias monetarias), es suficiente reto en cualquier democracia. De impulsar y dar a conocer las maravillas del país de la belleza que se encargue Procolombia. Que sirvan para algo nuestros impuestos, que —por cierto— tampoco se pagan solos.

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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El 21 de marzo de 2020, pocos días después de que Colombia entrara oficialmente en cuarentena por el covid-19, publiqué un post en Facebook que, mirado en retrospectiva, aparece como una forma de refugio o conjuro ante un mundo que se comprimía y nos obligaba a gimnasias mentales para que ese organismo que habitábamos (la casa-cuerpo) se ejercitara.

Escribí entonces: “Hagan listas, por favor hagan listas. De malos amantes y peores películas, de provisiones en la nevera, de libros con hongos, de monedas de países extranjeros, de playas que han visitado, de escarapelas de eventos insulsos a los que nunca volverán, de primos que no conocen. Las listas tranquilizan. Son una reserva del futuro que nos espera encapsulado en el pasado, y señal inequívoca de que aquí estuvimos. Son nuestro paso por el mundo: herida y cicatriz. Nuestras luchas y anhelos, aunque no lo supiéramos, eran, son, serán siempre espirituales. Solo quien acumula es capaz de ver brotar, en esa lista inanimada, la mágica flor”.

Creímos, falsamente, que una pandemia global que nos recordaba que somos dependientes unos de otros, y vulnerables, iba a señalar el camino hacia una expansión de la conciencia, o que nos haría mirar con distancia –y quizá cambiar– algunos hábitos o comportamientos. Pero el mundo pospandémico avanza ciegamente hacia la realización de su ethos y el cumplimiento de su destino.

En las primeras semanas del encierro y la pandemia, la cultura ofreció, al menos a los más privilegiados, una comunidad imaginaria que pudo servir de panacea para compensar el estrechamiento de los encuentros y los vínculos. Algunos bienes culturales fueron liberados y se pusieron a disposición de quienes los necesitaran, y no solo de los que podían pagar por ellos.

Muy pronto, las promesas de la apertura y la generosidad chocaron contra lo evidente: los ahora llamados productores culturales, en gran medida precarizados, estaban como el resto de los mortales acosados por la necesidad de poner pan en su mesa, y de hacerlo gracias a su trabajo. La pandemia, que como sabemos aceleró algunos procesos sociales y económicos, y no detuvo ninguna tendencia, no logró revertir tampoco la mercantilización de los bienes culturales, ni ampliar de forma significativa el acceso público a ellos.

Hablaba, sin embargo, de listas. Y de eso que suscitan: un sueño de organización. Con mayor intensidad y frecuencia que antes, en los últimos tiempos se requiere de los críticos culturales, periodistas o prescriptores que hagamos listas. De libros, películas y series, de hechos y personajes, de discos y conciertos, de errores y aciertos. En últimas –y allí radica la paradoja del gesto–, de ganadores y perdedores. La producción cultural, asociada por algunos románticos a la excelencia del espíritu, sigue, muy a su pesar, atada a su carácter de mercancía y se imponen sobre ella los mismos criterios de competitividad, novedad y obsolescencia de cualquier otro producto.

Cuando me piden hacer listas me enfrento pues a una ambivalencia. La podría resumir así: la imposibilidad de hacerlas y la imposibilidad de no hacerlas. Respecto a lo primero, acecha el peligro de que una opinión, ajustada a los prejuicios y las limitaciones personales, adquiera el rango de declaración general o totalizante, del tipo “las mejores series”, “las mejores películas”, los “mejores libros”. “¿Mejores? Ya no acepto esa denominación mercantilista, ni del cine ni de nada”, escribió hace pocos días, también en Facebook, el crítico de cine español Carlos Losilla. Pero incluso concediendo que en el arte existe la excelencia, y que cualquier obra aspira a ello, establecer esa condición en un rango temporal tan estrecho como suele ser un año, es realmente infructuoso. Lo bueno o lo mejor precisa ser probado con calma y tiempo.

La imposibilidad de no hacer listas se asienta en el atractivo de orden y sentido que ofrecen. También en la precariedad compartida de artistas y críticos, y en que unos y otros dependemos de la atención pública. Aunque la ofrezcamos, los críticos necesitamos, como cualquier otra persona, orientación en nuestro propio mundo confuso y de valores inestables. Las listas, por último, pueden ir en contravía del consenso y del mercado dominante y arrojar luz sobre lo poco visible. Implican pues una toma de posición y, en los mejores casos, una performance de resistencia, siempre que acojan lo frágil y no se dediquen a replicar lo que ya está posicionado (que es lo que suelen hacer los grandes medios en su agenda de entretenimiento).

Ante tanta lista solicitada por el mercado cultural, no estaría mal darse un respiro y probar formas impensadas de esa poética vieja que es la enumeración (con la que se expresa la admiración ante la variedad del mundo y se controla la ansiedad que esta dispersión produce). Introducir la seducción y el juego en la recomendación. O no recomendar nada y, no obstante, probar combinaciones en el tiempo y el espacio, como hacíamos –de puro mecanismo de supervivencia– en los tiempos del covid-19 , solo para saber por qué algunas cosas están ahí y otras faltan, y qué dice esa alternancia de presencia y ausencia sobre nosotros mismos y nuestra historia personal.

Así, las listas o inventarios serían una forma de atención necesaria al espíritu. O el espíritu mismo, que es concentración, detención y discernimiento. Transformar los objetos del mundo, nuestros compañeros de viaje, en flores mágicas.

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Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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