La estigmatización del voto petrista | Gustavo Petro | Pedro Adrián Zuluaga
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La estigmatización del voto petrista

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

Los medios y la propaganda antipetrista celebran y amplifican a los votantes arrepentidos de la Colombia Humana, con el mismo fervor con que abren sus micrófonos y redes a cada exfuncionario del gobierno que se quiera cobrar una deuda de honor o, simplemente, que necesite un poco de atención para sobrellevar la recién adquirida condición de desempleado.

A quienes votamos por Petro (yo lo hice en primera y segunda vuelta tanto en 2018 como en 2022) se nos tilda de ingenuos o de no haber leído bien las señales del desastre, a pesar de lo evidentes que eran. Y al paso siguiente, en el mejor de los casos, se nos trata con la condescendencia debida a los niños, o con el paternalismo y la pasivo-agresividad que encierra la frase que mejor define a cierto ethos racional: “estaban advertidos”. La razón es la nueva Casandra.

Se procede así a una estigmatización del voto en un país donde ser militante de izquierda ha significado ser objeto de persecuciones, sectarismos y oprobios. Todo estigma se sostiene, en gran parte, en la caricaturización y el estereotipo. Y así, se uniforma a los votantes desconociendo la amplitud de razones posibles detrás de cada voto individual, se proscriben como ajenas al deber ser de la política emociones supuestamente negativas como la rabia, y se minimiza el lugar de la esperanza y del pensamiento utópico en la transformación social.

Además, hay un reclamo de pronunciamientos públicos o de reconocimiento de responsabilidades. Si el voto dejó de ser secreto, parece que ninguna actitud de espera ni ningún gesto de prudencia es aceptable. La época exige rapidez y altisonancia. “¿Qué piensan quienes votaron por @petrogustavo? Fue capaz de hacer que @IvanDuque y @AndresPastrana_ parezcan estadistas”, escribió esta semana Samuel Whelpley en su cuenta de X, como reacción frente al trino de Petro que declaraba la insubsistencia del secretario general de la Cancillería.

¿Cómo puede estar viviendo la desazón frente a un gobierno que tropieza una y otra vez, alguien que no hace parte de la burocracia estatal y que, como ciudadano de a pie, cree sinceramente en la necesidad de cambios estructurales y no solo de reformas para maquillar la continuidad de lo mismo?

Pues bien, esta es mi experiencia. Pero antes, unas aclaraciones: no soy un militante de izquierda, no porque no crea en sus ideales sino porque me ganan la falta de voluntad y la indisciplina. Voté por Petro no por la ilusión de que con él iba a llegar el pueblo al poder (ese pueblo que, en el lenguaje del presidente, va camino a convertirse en una significante vacío), sino por razones –sí, señores del divino centro– también pragmáticas.

Voté por la urgencia de una alternancia democrática que le diera contenido real a una democracia formal y obsesionada con las instituciones. Si el pueblo no iba a llegar al poder, al menos era razonablemente deseable que ocurriera una reconfiguración de las élites, y que se desataran energías sociales represadas por la sensación de inmovilismo.

¿Creen –señores del tribunal de la racionalidad– que en verdad imaginábamos que al primer gobierno colombiano de izquierda le esperaba un lecho de rosas, o que nos soñábamos a la entrada de un paraíso? No, todos en Colombia hemos tenido noticias del poder reactivo de las mafias y de la política tradicional enquistada en todas las instancias del Estado. Sabíamos que habían perdido una elección pero no necesariamente el poder.

El gobierno (y me niego a usar la expresión “gobierno del cambio” con el tono sarcástico con que suele ser usada por la maquinaria ideológica antipetrista) ha incurrido en “deslices” que le quitan la moral a cualquier persona consecuente. El amplio poder otorgado a personas como Laura Sarabia o Verónica Alcocer, cuyo talante conservador va muy en contravía de los ideales que tendría que defender el progresismo. La lealtad (una palabra que resuena de manera incómoda con el lenguaje de la mafia) debida a políticos lábiles como Armando Benedetti, y lo intocables que parecen viejos patricios como Álvaro Leyva.

La lista, por supuesto, sigue: los múltiples errores debidos a la inexperiencia; el gusto del presidente por pronunciamientos megalómanos y anuncios llenos de promesas sin factibilidad; la improvisación en un asunto sustancial como la política de paz. ¿Es esto suficiente para decir que este gobierno “nos ha traicionado”? Sí, pero no.

Sí, porque hay indicios de un presidente con un sentido muy errático del liderazgo y que, a pesar de que invoque al pueblo o pida ser refrendado en las calles, luce ensimismado y atrapado en sus paranoias; y porque se inclina con cierta aquiescencia a la idea de convertirse en el mártir de una causa imposible. En el martirio y el sacrificio se agazapan ideas como la pureza, y el presidente, que parecía muy conciliador en campaña, ahora en muchos casos opta por soluciones extremas antes que mancharse con una transacción o una solución de compromiso.

Y también no. Aún sin logros ostensibles que mostrar a una opinión pública impaciente y a la que segundo a segundo le machacan la idea del fracaso, en el gobierno hay cambios de orientación y de lenguaje que no son menores como el lugar dado a los derechos humanos y a su protección por parte del Estado. Desde el inicio de su presidencia Petro llevó al centro del debate público temas como la salud, los derechos laborales y pensionales, el cambio climático y la confianza en el multilateralismo. Su gobierno habla distinto (no digo necesariamente que sea escuchado con atención) en espacios de decisión global.

Que en todos los temas anteriores el gobierno acierta en identificar problemas pero no en las medidas para solucionarlos, puede ser cierto. Pero ¿parte del remedio contra una enfermedad no empieza por su diagnóstico? Gustavo Petro, según lo que se filtra por la prensa y el cotilleo, ha demostrado frente a su gabinete señales de impaciencia que resultan una especie de eco de la impaciencia de los opositores y de los votantes defraudados.

La pregunta crucial es si este gobierno está preparado para empezar, de manera rápida y eficiente, el tratamiento de sus propios males: los que afectan su cohesión y su buen funcionamiento interno. Por lo pronto, me preocupa que se confunda cohesión con lealtad a pie juntillas. Lealtad sería dar un debate dentro y no fuera del gobierno. Quedan más de dos años (no es mucho, pero tampoco es poco) para dejar un legado que aunque no sea el de las transformaciones milagrosas y radicales, al menos no signifique un lastre. Necesitamos seguir confiando en que nuestro destino inevitable no es ser gobernados indefinidamente por los mismos con las mismas.

Ps. No estoy arrepentido de mi voto. Era un paso que Colombia tenía que dar.

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2 Comentarios

Anónimo marzo 3, 2024 - 9:13 am

También vote por Petro… estoy arrepentida pero volviendo atrás era el menos peor… De verdad que seguimos al abismo: La corrupción a flor de piel y total impunidad

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Enrique marzo 6, 2024 - 5:53 pm

Maromas argumentativas desesperadas, infantiles, románticas, insulsas…su lectura del pragmatismo es tan acomodaticia como nociva…el señor Presidente de turno se asemeja al culebrero, como todos… Pero lo distingue su talante de desbocado agitador, violento en su verbo e incluso en sus métodos, un eterno diagnosticador con nulas dotes para la administración…Pero estoy de acuerdo, era él o la primera línea en las calles destrozándolo todo, y los bodegueros fertilizando las semillas del odio…bastante costoso le saldrá al país la probadita de la izquierda en el poder…

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